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Un jubiloso sentimiento de libertad —de esa libertad plena, inalienable, connatural al hombre, de la que por primera vez tuvo conciencia a la salida de Moscú— colmaba el espíritu de Pierre durante su convalecencia. Lo asombraba que su libertad interna, independiente de las condiciones exteriores, rodease de un lujo, a todas luces excesivo, su libertad externa. Se encontraba solo, en una ciudad desconocida, sin amigos. Nadie exigía nada de él; nadie lo hacía ir a lugares desconocidos; poseía todo cuanto deseaba; lo que pensaba antes de su mujer y lo había atormentado tanto ya no existía puesto que ella tampoco existía.

“¡Ah, qué bien! ¡Qué maravilla!”, se decía cuando le acercaban la mesa cubierta de un mantel limpio, sobre el cual habían puesto una taza de oloroso caldo; o cuando para dormir se echaba en un lecho blando, o cuando se acordaba de que todo había acabado, lo de su mujer y lo de los franceses. “¡Qué bien! ¡Qué maravilla!”

Siguiendo su vieja costumbre, solía preguntarse: “¿Y después, qué voy a hacer?”. Y en seguida se respondía: “Nada: viviré... ¡también eso es maravilloso!”.

Ya no existía aquel objetivo vital por el que había sufrido tanto y que siempre buscaba. Y no se debía a una simple casualidad si ese objetivo había dejado de existir en aquellos momentos, se daba cuenta de que no existía ni podía existir. Y esa ausencia de un fin determinado le proporcionaba esa conciencia perfecta y alegre de libertad, que entonces lo hacía tan feliz.

No podía tener un objetivo, porque ahora poseía la fe: no la fe en determinadas normas o palabras, ni la fe en unas ideas, sino la fe en un Dios vivo siempre presente. Hasta entonces lo había buscado en los objetivos que se planteaba; porque aquella búsqueda de un fin no era más que la búsqueda de Dios. Y de súbito, en el cautiverio, había conocido, sin necesidad de palabras ni de razonamientos sino por sentimiento directo, lo que su niñera le había dicho muchos años atrás: Dios está aquí, en todas partes. Pierre había aprendido que el Dios de Karatáiev era más grande, infinito e inconcebible que el Arquitecto del Universo reconocido por los masones. Y experimentaba el sentimiento de un hombre que ha encontrado de pronto bajo sus pies lo que había buscado durante mucho tiempo, mientras dirigía la vista a lo lejano. Durante toda su vida Pierre había mirado a un punto distante por encima de las cabezas de los hombres que lo rodeaban. Y ahora sabía que no era necesario fijar la vista allí, sino mirar sencillamente ante sí.

Hasta entonces no había sabido ver en nada lo grande, lo inconcebible e infinito. Sabía que estaba en alguna parte y lo buscaba. En todo lo cercano, comprensible, veía únicamente la limitación, lo mezquino, la vulgaridad, lo absurdo; procuraba, utilizando mentalmente una especie de anteojo, ver a lo lejos, allí donde lo mezquino y vulgar se perdían de vista en medio de una bruma difusa, pareciéndole por ello grande e infinita. Así veía la vida europea, la política, la masonería, la filosofía, la filantropía. No obstante, también entonces, en los instantes que él consideraba como una debilidad suya, su mente superaba aquella lejanía y veía, también allí, lo mezquino, lo vulgar y lo absurdo. Ahora, en cambio, había aprendido a ver lo grande, infinito y eterno en cada cosa; y como algo lógico, para verlo bien, para gozar de su vista, apartó de sí el anteojo con el que había mirado por encima de sus semejantes y contempló alegremente la vida eternamente mudable, eternamente grande, inconcebible e infinita que lo rodeaba. Y cuanto más de cerca la miraba, tanto más tranquilo y feliz se sentía. Aquella terrible pregunta del “¿por qué?”, que echaba abajo todas sus construcciones mentales, había dejado de existir para él. En su alma había desde entonces una simple respuesta; porque existe Dios, ese Dios sin cuya voluntad no cae ni un solo cabello de la cabeza del hombre.

XIII

Pierre no había cambiado apenas en su manera de ser. Seguía siendo, aparentemente, el mismo de antes: distraído, ocupado, al parecer, no en lo que tenía delante sino en algo peculiar y suyo. La diferencia entre su estado anterior y el de ahora consistía en que antes, cuando olvidaba lo que tenía delante o lo que le decían, dolorosas arrugas surcaban su frente, como si tratara de ver y no consiguiera distinguir algo demasiado alejado de él. Ahora olvidaba también lo que tenía delante o le decían; pero fijaba su atención en lo que le decían con una imperceptible sonrisa irónica, aunque era evidente que veía y escuchaba algo absolutamente distinto. Antes parecía una buena persona, pero desgraciada; por ello la gente se alejaba de él aun sin darse cuenta. Ahora, su rostro estaba siempre iluminado por una sonrisa jubilosa y en sus ojos se transparentaba la simpatía por los hombres, la pregunta de si estaban todos tan a gusto como lo estaba él. Y los demás se encontraban siempre bien en su presencia.

Antes hablaba mucho; se acaloraba en las discusiones y escuchaba poco; ahora rara vez se apasionaba y sabía escuchar de tal manera que todos le confiaban de buen grado sus más íntimos secretos.

La princesa, su prima, que nunca había manifestado afecto por él, afecto convertido en hostilidad después de la muerte del viejo conde, pues se sentía en deuda con Pierre, ahora, después de una breve estancia en Orel a donde había ido para demostrar que, pese a su ingratitud, consideraba como un deber suyo cuidarlo, sintió con asombro que lo quería. Pierre no hacía nada para ganarse su simpatía; se limitaba a observarla con curiosidad. Hasta entonces, la princesa siempre había notado que Pierre no sentía por ella más que una burlona indiferencia a la cual oponía la faceta defensiva de su carácter, encerrada en sí misma, lo mismo que hacía con otras personas; ahora, en cambio, le parecía que él trataba de comprenderla, de escuchar atentamente cuanto le decía, y —al principio con desconfianza, después con gratitud— no ocultaba ante él las íntimas y excelentes cualidades de su alma.

El hombre más astuto no habría logrado ganar más hábilmente la confianza de la princesa; Pierre lo consiguió reanimando los recuerdos del mejor período de su juventud y mostrando por ellos profunda simpatía. Pero toda la sabiduría de Pierre se reducía a buscar su propia satisfacción, despertando en la seca princesa, orgullosa a su manera, sentimientos humanos.

“Sí, es un hombre muy bueno, cuando no se encuentra bajo la influencia de gentes malas, sino de personas como yo”, se decía la princesa.

También los criados Terenti y Vaska habían observado, a su modo, el cambio ocurrido en Pierre. Les parecía que el amo era mucho más sencillo. Con frecuencia, Terenti, después de haberlo desvestido y haberle deseado una buena noche, se detenía antes de salir, con las botas en una mano y el traje al brazo, en espera de que el señor iniciara con él alguna conversación. Y casi siempre Pierre lo retenía, al ver que su criado tenía deseos de hablar.

—Y bien, cuéntame... ¿cómo conseguíais lo necesario para comer?— preguntaba.

Y Terenti le hablaba de las calamidades de Moscú, del difunto conde, y se quedaba así durante largo rato, con el traje de su amo en el brazo, hablando y a veces escuchando los relatos de Pierre; y después salía de la habitación con la grata conciencia de la intimidad con su señor y lleno de cariño hacia él.

El médico que cuidaba de Pierre iba a verlo cada día; y aun cuando, según la costumbre de los médicos, creyera un deber asumir el aire de un hombre cuyos minutos son preciosos para el bien de la humanidad que sufre, se quedaba horas junto al paciente, le refería sus historias favoritas y sus observaciones sobre el comportamiento de los enfermos en general y de las damas en particular.

—Con un hombre como usted, da gusto conversar— decía. —No es lo mismo que con la gente provinciana...

En Orel vivían algunos oficiales del ejército francés, prisioneros, y un día el médico llevó a uno de ellos a casa de Pierre; era un joven italiano. Ese oficial acudía con frecuencia, y a la princesa le hacía gracia el cariño que el italiano mostraba hacia Pierre.

El oficial italiano parecía únicamente feliz cuando podía ir a casa de Pierre, conversar con él, contarle su propio pasado, su vida familiar, sus amores, y expresarle su indignación contra los franceses y especialmente contra Napoleón.