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Los motivos que impulsaban a los hombres que desde todas partes corrían hacia Moscú, después de la huida del enemigo, eran variadísimos, personales y, en los primeros días, salvajes y bestiales sobre todo. Un solo objetivo empujaba a todos: llegar lo antes posible al lugar llamado antes Moscú y reemprender su propia actividad.

Una semana más tarde había en Moscú quince mil habitantes; a las dos semanas eran veinticinco mil, etcétera. Aumentando cada vez más, la cifra llegó a superar en el otoño de 1813 a la población de 1812.

Los primeros rusos que entraron en Moscú fueron los cosacos del destacamento de Wintzingerode, los mujiks de las aldeas cercanas y los habitantes de la capital que se habían escondido en las proximidades. Y lo primero que hicieron esos rusos que entraron en la ciudad arruinada y saqueada fue entregarse también al pillaje, prosiguiendo así la obra de los franceses. Los campesinos acudían con carros para llevarse a sus aldeas todo lo que aún podían encontrar abandonado en las casas destruidas o en las calles. Los cosacos cargaron con cuanto pudieron; los propietarios llevaban a sus casas lo que lograban encontrar en otras, con el pretexto de que les pertenecía.

A los primeros saqueadores sucedieron otros y otros; cada día, a medida que crecía su número, el saqueo se hacía más y más difícil y tomaba formas precisas.

Los franceses habían encontrado una Moscú vacía que conservaba todavía su forma de ciudad organizada con diversos servicios de comercio, artesanía, objetos de lujo, gerencias estatales y eclesiásticas. Eran formas carentes de vida que, a pesar de ello, existían. Había tiendas, almacenes, bazares, la mayoría con mercancías; había fábricas, talleres de artesanos, palacios, casas lujosas, llenas de objetos de gran valor; había hospitales, presidios, oficinas públicas, iglesias y catedrales. Cuanto más se prolongaba la estancia de los franceses en la ciudad, mayor era la destrucción de esas formas de vida urbana y, al final, todo quedó reducido a un campo indiviso de pillaje, carente de vida.

Cuanto más se prolongaba el saqueo de los franceses, más se destruían las riquezas de Moscú y menores eran las fuerzas de los saqueadores. El saqueo de Moscú por los rusos comenzó cuando sus tropas llegaron a la capital, y cuanto más duraba su estancia, cuanto mayor el número de sus participantes, más rápida era la reconstrucción de las riquezas y de la vida regulada.

Además de los saqueadores afluían a Moscú las gentes más diversas, arrastradas ya por la curiosidad, ya por los deberes de trabajo, ya por el cálculo: eran propietarios de casas y clérigos, funcionarios altos y pequeños, mercaderes, artesanos, campesinos.

Al cabo de una semana los mujiks que iban a la ciudad con sus carros vacíos, para volver con ellos llenos de toda clase de objetos, eran ya detenidos por las autoridades y obligados a retirar los cadáveres. Otros, enterados de lo sucedido a sus compañeros, acudían con los carros cargados de trigo, avena y heno; en pugna unos con otros bajaban los precios, dejándolos por debajo del precio anterior. Cooperativas de carpinteros acudían con la esperanza de un trabajo bien retribuido, y por todas partes reparaban las casas incendiadas y construían otras nuevas. Los comerciantes abrían sus puestos. Tabernas y posadas se instalaban en casas medio destruidas por el incendio. El clero restablecía el culto en las numerosas iglesias que habían quedado intactas; algunas personas donaban objetos de culto para sustituir a los robados. Los funcionarios instalaban sus oficinas, con tapetes y armarios, en pequeñas habitaciones. Los jefes superiores y la policía se dedicaban a distribuir los bienes dejados por los franceses. Los propietarios de las casas donde se habían acumulado objetos procedentes de otras viviendas se quejaban de que todo fuera concentrado en un sitio. Otros decían que no era justo dejar al dueño de la casa todos los objetos hallados en ella, pues los franceses que vivían en diversas mansiones reunían las cosas en una de ellas. Se insultaba a la policía, la sobornaban, se decuplicaba en los presupuestos el valor de las cosas quemadas pertenecientes al Estado, se exigía ayuda y el conde Rastopchin escribía sus proclamas.

XV

Pierre llegó a Moscú a fines de enero y se instaló en un pabellón que se conservó intacto en su casa. Visitó al conde Rastopchin y a varios amigos que habían regresado a la ciudad con el propósito de salir al tercer día para San Petersburgo. Todos festejaban la victoria; la vida bullía en la arruinada capital, que poco a poco iba renaciendo. Todos se alegraban de ver a Pierre, deseaban hablar con él y conocer lo que había vivido y visto. Pierre se mostraba especialmente amable con todos pero, sin darse cuenta, procuraba no comprometerse con nadie y conservar su libertad. A las preguntas que le hacían —importantes o sin importancia— acerca de dónde pensaba vivir, si iba a reconstruir su casa, cuándo partiría para San Petersburgo y si podía encargarse de llevar un paquete, se limitaba a contestar de un modo vago: “Sí... tal vez... lo estoy pensando, etcétera".

De los Rostov supo que estaban en Kostromá y pensaba raras veces en Natasha. Y si acudía a su memoria no pasaba de ser un grato recuerdo de un pasado ya muy lejano. Se sentía libre no sólo de todas las trabas sociales, sino también de aquel sentimiento que según creía se había impuesto voluntariamente.

Tres días después de su llegada a Moscú supo por los Drubetskói que la princesa María estaba en la capital. La muerte, los sufrimientos, los últimos días del príncipe Andréi acudían con frecuencia a la memoria de Pierre y ahora volvieron a su mente con nueva fuerza. Cuando supo, durante la comida, que la princesa María estaba en Moscú, en su casa de la calle Vozdvíshenka, no afectada por el incendio, decidió ir a visitarla aquella misma tarde.

Por el camino Pierre no dejó de pensar en el príncipe Andréi, en su amistad con él, en sus diversas entrevistas y, sobre todo, en la última de Borodinó.

“¿Será posible que haya muerto con la acritud de entonces? ¿Y que antes de morir no le fuera revelado el sentido de la vida?”, pensaba. Se acordó de Karatáiev y de su muerte; y sin advertirlo él mismo, comparó aquellos dos hombres tan diferentes y al mismo tiempo tan parecidos por el cariño que les tuvo y porque ambos habían vivido y habían muerto.

En la más grave disposición de espíritu llegó Pierre a la casa del viejo príncipe. El edificio había sufrido poco. Se veía alguna que otra señal de la guerra, pero conservaba el carácter de antes.

El viejo mayordomo salió al encuentro de Pierre con rostro grave y serio, como si quisiera darle a entender que la desaparición del príncipe no cambiaba en nada el orden allí establecido. Lo informó que la princesa se había retirado a sus habitaciones y que recibía los domingos.

—Anúnciame; tal vez me reciba— dijo Pierre.

—Bien, señor. Hágame el favor de pasar a la sala de retratos.

Unos instantes después el mayordomo volvió con Dessalles, quien informó a Pierre, en nombre de la princesa, que se alegraba mucho de verlo y le rogaba, si le perdonaba su exceso de confianza, que subiera a sus habitaciones.

En una estancia de techo más bien bajo, iluminada con una sola vela, estaban la princesa y otra persona vestida de negro. Pierre recordó que la princesa siempre tenía consigo alguna señorita de compañía, pero no las conocía ni las recordaba. “Es una de sus señoritas de compañía”, pensó, mirando a la dama vestida de negro.

La princesa se levantó rápidamente y salió a su encuentro, tendiéndole la mano.

—Ya ve cómo volvemos a encontrarnos— dijo la princesa, después de que Pierre le hubiera besado la mano, fijándose en los cambios que había experimentado el rostro de su visitante. —Hasta los últimos días hablaba con frecuencia de usted— añadió, volviendo los ojos hacia la señorita de compañía con una timidez que por un momento sorprendió a Pierre. —¡Me sentí tan feliz cuando supe que usted vivía! Es la única buena noticia que hemos recibido en estos tiempos.

De nuevo, y con mayor inquietud, la princesa miró a su señorita de compañía y quiso añadir algo, pero Pierre la interrumpió.