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—Figúrese que yo no supe nada de él. Lo creía muerto. Todo cuanto supe fue por otros. Sabía solamente que estaba con los Rostov... ¡Qué destino!

Pierre hablaba rápida y animadamente; volvió una vez los ojos hacia el rostro de la señorita de compañía, que lo miraba fijamente con atención, ternura y curiosidad y, como suele ocurrir en las conversaciones, sintió, sin saber por qué, que esa señorita de compañía con vestido negro era un ser amable, bondadoso, cordial, que no turbaría su conversación íntima con la princesa María.

Mas cuando dijo sus últimas palabras sobre los Rostov se acentuó la turbación de la princesa. De nuevo su mirada fue de Pierre a la señorita de compañía.

—¿Es que no la reconoce?— preguntó.

Pierre volvió a mirar aquella cara pálida y delicada, de ojos negros y boca extraña. Algo entrañable, olvidado desde hacía tiempo, y más que entrañable lo miraba con aquellos ojos atentos.

“No, no es posible —pensó—. Ese rostro severo, delgado, pálido, envejecido no puede ser de ella. No es sino un recuerdo.” Pero en aquel instante la princesa dijo: “Natasha”. Y aquel rostro de ojos atentos sonrió con esfuerzo, con fatiga, igual a como se abre una puerta herrumbrosa y a través de aquella puerta entreabierta irrumpió y envolvió a Pierre el hálito de una felicidad olvidada hacía tiempo, en la cual, sobre todo en aquellos momentos, ni siquiera pensaba. Cuando ella sonrió, ya no hubo duda: era Natasha y él la amaba.

En ese primer instante, involuntariamente, Pierre confesó a Natasha, a la princesa María y, sobre todo, así mismo un secreto que ni él conocía. Trató de ocultar su emoción, pero cuanto más esfuerzos hacía, más evidente —más evidente si lo hubiera dicho con palabras— era para él, para ella y para la princesa que amaba a Natasha.

“No... Es el efecto de la sorpresa”, pensó Pierre.

Pero cuando intentó reanudar la conversación iniciada con la princesa y miró de nuevo a Natasha, más intenso fue su rubor y una emoción más intensa de alegría y temor se apoderó de su ánimo. Se embrolló en sus palabras y tuvo que detenerse a mitad de la frase.

No había reparado en ella porque ni se le había ocurrido pensar que pudiera hallarse en aquel lugar; ni la había reconocido porque, desde la última vez que la viera, Natasha había cambiado enormemente. Estaba más delgada y pálida; pero no era eso lo que la convertía en otra: no pudo reconocerla porque en sus ojos relucía siempre la alegría de vivir y ahora, en cambio, no tenían ni la sombra de una sonrisa, eran unos ojos atentos, bondadosos, interrogantes y tristes.

En Natasha no se reflejó la turbación de Pierre, a no ser por una casi imperceptible satisfacción que apenas iluminó su rostro.

XVI

—Natasha vino para estar conmigo— explicó la princesa María. —Los condes llegarán un día de éstos. La condesa se encuentra en un estado terrible. Pero también Natasha necesitaba que un médico la viera. Han tenido que obligarla a venir.

—Apenas hay una familia que no tenga su propio dolor— dijo Pierre volviéndose a Natasha. —¿Sabe que lo de Petia sucedió el mismo día que nos liberaron? Yo lo vi. ¡Qué magnífico muchacho!

Natasha lo miraba fijamente y, como respondiendo a esas palabras, sus ojos se iluminaron, se hicieron más grandes.

—¿Qué se puede decir o pensar como consuelo?— siguió Pierre. —Nada... ¿Por qué había de morir un joven tan bueno y rebosante de vida?

—Sería difícil vivir en estos días si no se tuviera fe...— dijo la princesa María.

—Sí, sí, ésa es la pura verdad— la interrumpió rápidamente Pierre.

—¿Por qué?— preguntó Natasha mirándolo a los ojos con mucha atención.

—¿Cómo, por qué?— dijo la princesa. —Solamente el pensamiento de lo que nos aguarda allí...

Natasha, sin atender a la princesa María, siguió mirando interrogativamente a Pierre.

—Sólo quien cree— respondió —en la existencia de un Dios que nos guía puede soportar una pérdida como la suya y... la de usted. Natasha abrió la boca para decir algo, pero se contuvo. Pierre se volvió con rapidez hacia la princesa y le preguntó sobre los últimos días de su amigo.

Casi había desaparecido la turbación de Pierre, pero se daba también cuenta de que había perdido por completo su libertad de antes. Sentía que cada palabra, cada acto suyo, tenían ahora un juez cuyo juicio era para él más valioso que la opinión del resto del mundo. Al hablar, lo hacía pensando en el efecto que sus palabras causarían en Natasha. No es que dijera a propósito lo que podía agradarle, pero cuanto decía lo juzgaba desde el punto de vista de ella.

Con desgana, como es tan frecuente en esos casos, la princesa María comenzó a contar en qué situación había encontrado a su hermano Andréi. Pero las preguntas de Pierre, su mirada inquieta, interesada, el emocionado temblor de su rostro, la obligaron a entrar en detalles cuyo recuerdo temía.

—Sí, sí... eso es...— decía Pierre, inclinado hacia la princesa y escuchando ávidamente sus palabras. —Sí, sí... ¿Entonces, se calmó...? ¿Se apaciguó? Él que buscaba siempre una sola cosa con todas las fuerzas de su alma: ser absolutamente bueno, no podía temer a la muerte. Sus defectos, si los tenía, no procedían de él... ¿Entonces se apaciguó?— repitió. —¡Qué felicidad que la hubiera encontrado!— dijo volviéndose de pronto hacia Natasha y mirándola con los ojos llenos de lágrimas.

El rostro de Natasha se estremeció. Frunció el ceño y bajó instantáneamente los ojos. Por un instante dudó si hablar o no.

—¡Sí, una felicidad!— dijo con voz profunda. —Para mí fue una verdadera felicidad— y añadió tras unos instantes de silencio: —Y él... él... dijo que lo deseaba justo en el momento en que me acerqué...

La voz de Natasha se quebró. Enrojeció, crispó las manos sobre sus rodillas y, superando su vacilación, alzó la cabeza y comenzó a hablar rápidamente.

—No sabíamos nada cuando salimos de Moscú. No me atreví a pedir noticias de él. Y de pronto Sonia me dijo que iba con nosotros. No pensé en nada, no podía imaginar su estado. Lo único que sentía era la necesidad de verlo, de estar a su lado— concluyó, temblando y ahogándose. Y sin dejar que la interrumpieran, contó lo que nunca había dicho a nadie, todo lo que había sentido durante las tres semanas de viaje y de su estancia en Yaroslavl.

Pierre la escuchaba absorto y sin apartar de ella los ojos, llenos de lágrimas. Oyendo su relato, no pensaba en el príncipe Andréi ni en la muerte, ni en lo que ella decía. La escuchaba y sólo sentía compasión por todo el dolor que le provocaba aquel recuerdo.

La princesa, sentada junto a Natasha, contraído el rostro y reprimiendo a duras penas sus lágrimas, escuchaba por primera vez la historia de los últimos días de amor de su hermano y Natasha. Era evidente que Natasha necesitaba contar ese placentero y doloroso relato.

Hablaba mezclando los más pequeños detalles con los secretos más íntimos y parecía que no iba a terminar nunca. Varias veces repitió un mismo hecho.

Se oyó tras la puerta la voz de Dessalles que preguntaba si Nikólushka podía entrar a dar las buenas noches.

—Eso es todo... todo...— dijo Natasha.

Al entrar Nikóleñka, se levantó rápidamente y se acercó casi corriendo a la salida, tropezó con la cabeza en la puerta disimulada tras una cortina y dejó escapar un gemido, bien por el dolor físico o moral, y huyó de la estancia.

Pierre se quedó mirando hacia la puerta por donde ella había salido, sin comprender por qué, de pronto, se había quedado solo en el mundo.

La princesa María puso fin a su abstracción haciendo que se fijase en su sobrino, que entraba en aquel momento.

La vista del muchacho, parecido a su padre, influyó aún más en el estado emocional de Pierre: besó a Nikóleñka, se levantó presuroso y con un pañuelo en la mano se acercó a la ventana.

Pensaba despedirse de la princesa María, pero ella lo retuvo.

—No, no... Natasha y yo no nos acostamos nunca hasta después de las dos. Quédese, por favor; haré servir la cena. Baje usted y nosotras iremos en seguida.