La princesa María callaba. A ninguno se le ocurrió pensar que ya eran las tres y había que ir a dormir.
—Se suele hablar de desgracias y sufrimientos— comenzó Pierre. —Pero si me dijeran ahora: ¿qué prefieres, volver a ser lo que eras antes de tu cautiverio o vivir de nuevo todo lo que has padecido? ¡Dios mío, de nuevo la cautividad y la carne de caballo! Cuando nos apartan de nuestro camino trillado, creemos que todo está perdido, siendo así que sólo entonces comienza lo nuevo y lo bueno. Mientras hay vida, existe la felicidad. Por delante aún queda mucho, mucho... Se lo digo yo— dijo, volviéndose a Natasha.
—Sí, sí... También yo desearía volver a vivirlo todo de nuevo— dijo ella, refiriéndose a algo muy diferente.
Pierre la miró con atención.
—Sí, y nada más que eso— confirmó Natasha.
—¡No es verdad! ¡No es verdad!— exclamó Pierre. —Yo no soy culpable de haber quedado vivo y de querer vivir. Y usted tampoco.
De pronto, Natasha ocultó su cara entre las manos y rompió a llorar.
—¿Qué te pasa, Natasha?— preguntó la princesa.
—Nada, nada— y sonrió a Pierre a través de sus lágrimas. —Adiós, ya es hora de dormir.
Pierre se puso en pie y se despidió de ellas.
La princesa María y Natasha se reunieron, como siempre, en el dormitorio y se pusieron a hablar de lo que había contado Pierre. La princesa María no expresó su opinión sobre él y tampoco Natasha lo hizo.
—Buenas noches, Mary— dijo Natasha. —¿Sabes? A veces tengo miedo de una cosa: no hablamos de él— se refería al príncipe Andréi, —como si temiéramos rebajar nuestros sentimientos, y lo vamos olvidando.
La princesa suspiró profundamente, y ese suspiro confirmó la exactitud de la observación de Natasha, aunque de palabra no confirmó su opinión.
—¿Acaso lo podemos olvidar?— dijo.
—Me ha causado tanto bien contarlo hoy todo... Era doloroso, pero me ha producido mucho bien; estoy segura de que él lo quería de veras. Y por eso se lo he contado... No hice mal, ¿verdad?— preguntó, ruborizándose de pronto.
—¿A Pierre? ¡Oh, no, es tan bueno!
Natasha habló de nuevo con una sonrisa juguetona que hacía tiempo no iluminaba su rostro.
—¿Te has fijado, María? Pierre se ha hecho... no sé cómo decirlo... Más lozano, más limpio y fresco; como si saliera del baño, ¿entiendes? En sentido moral, claro. ¿No es cierto?
—Sí, ha ganado mucho.
—Y su levita es ahora corta, y se ha cortado el cabello; sí, como si saliera de un baño... Como papá algunas veces...
—Comprendo que él— dijo la princesa, refiriéndose a Andréi— no quisiera a nadie como a Pierre.
—Sí, y al mismo tiempo son muy diferentes. Dicen que los hombres son amigos cuando son por completo diferentes. Así debe ser, sin duda. ¿No es verdad que no se parece a él en nada?
—Sí, es verdad; pero Pierre es magnífico.
—Bueno, adiós— dijo Natasha.
Y la misma sonrisa juguetona de antes quedó durante algún tiempo como olvidada en su rostro.
XVIII
Esa noche Pierre tardó mucho en dormirse. Paseó de un lado a otro de su habitación, ya sumergido en algún pensamiento difícil, que le hacía fruncir el ceño, ya encogiéndose de hombros y estremeciéndose, ya sonriendo dichoso.
Pensaba en el príncipe Andréi, en Natasha y en su amor; estaba celoso de su pasado; se hacía reproches y se perdonaba. Dieron las seis de la mañana y Pierre seguía andando por la habitación.
“Pero, ¿qué puede hacerse si es imposible vivir sin eso? ¿Qué hacer? Entonces, así debe ser”, pensó. Y desnudándose rápidamente, se echó en la cama, conmovido y feliz, apartadas ya las dudas y vacilaciones.
“Por extraña e imposible que me parezca esta dicha, tengo que hacer todo lo posible para ser su marido y ella mi mujer”, se dijo.
Unos días antes había fijado para el viernes su salida de Moscú. Cuando se despertó, el jueves, Savélich entró en su habitación para recibir sus órdenes respecto al equipaje.
“¿Por qué a San Petersburgo? ¿Qué falta me hace San Petersburgo? ¿Quién está allí? —se preguntó a sí mismo—. Sí, hace tiempo que lo decidí, antes de que eso sucediera pensé en ir —recordó—. ¿Y por qué no? Tal vez vaya... ¡Qué bueno es, qué atento y qué presente lo tiene todo! —pensó mirando el viejo rostro de Savélich—. ¡Y qué sonrisa más agradable la suya!”
—Bien, Savélich, ¿sigues sin desear la libertad?— le preguntó.
—¿Para qué necesito la libertad, Excelencia? Viví muy bien en los tiempos del viejo conde y con usted no tengo motivos de queja.
—Sí, sí, pero ¿y los hijos?
—También ellos vivirán, Excelencia. Con amos así se puede vivir.
—¿Y mis herederos?— preguntó Pierre. —¿Y si, de pronto, vuelvo a casarme...? Podría ocurrir— añadió con involuntaria sonrisa.
—Me atrevo a decirle que haría muy bien, Excelencia.
“Qué sencillo le parece —se dijo Pierre—. No sabe qué terrible y peligroso es. Demasiado pronto o demasiado tarde... ¡da miedo pensar!”
—¿Cuándo desea salir, señor? ¿Mañana?— preguntó Savélich.
—No; retrasaré un poco el viaje. Ya te avisaré. Perdona la molestia.
Y ante la sonrisa de Savélich pensó: “Es muy extraño que no sepa que ya no me interesa para nada San Petersburgo. Lo más importante ahora es que se decida lo otro. Debe saberlo, estará fingiendo. ¿Y si le hablase? Sabría lo que piensa. No, después, en otra ocasión”.
Durante el almuerzo Pierre contó a su prima que la víspera había estado en casa de la princesa María y se había encontrado, imagínese a quién, ¡a Natasha Rostova!
La princesa no demostró mayor asombro que si el encuentro hubiera sido con Anna Semiónovna.
—¿La conoce?— preguntó Pierre.
—He visto a la princesa y he oído que quieren casarla con el joven Rostov. Sería una gran cosa para los Rostov; dicen que están absolutamente arruinados.
—No, no, le pregunto si conoce a Natasha.
—Oí entonces hablar de ella en relación con esa historia. Fue una lástima.
“O no comprende o está fingiendo —pensó Pierre—. Es mejor no decirle nada.”
La princesa había preparado también algunas provisiones para el viaje.
“Qué buenos son todos —pensaba Pierre—, ocupándose ahora de esos asuntos míos que ya no pueden interesarles.”
Aquel mismo día recibió a un jefe de policía que venía a rogarle que enviara a un hombre de confianza para recoger objetos que se iban a distribuir entre los propietarios.
“También éste —pensó Pierre, mirando al policía—. ¡Qué oficial tan simpático y guapo! Ahorase preocupa de estas bagatelas, y decían que no era honrado, que se aprovechaba de su posición. ¡Tonterías! Aunque, ¿por qué no iba a hacerlo? Se ha educado así, y todos hacen lo mismo. ¡Qué simpático parece, qué cara más agradable, me mira y sonríe!”
Pierre fue a comer a casa de la princesa María.
Al cruzar las calles entre los edificios incendiados admiró la belleza de aquellas ruinas. Las chimeneas de las estufas, las paredes derruidas, que le recordaban los pintorescos lugares del Rin o el Coliseo, se sucedían ocultándose unas a otras en los barrios ennegrecidos. Los cocheros y peatones con quienes se encontraba, los carpinteros que aserraban las vigas, los tenderos y vendedores ambulantes, todos miraban con rostros alegres y sonrientes a Pierre y parecían decir: “¡Ahí está! ¡Veremos lo que resulta de todo eso!”.
En el umbral de la casa de la princesa María, Pierre dudó de pronto. ¿Se habría visto aquí con Natasha? ¿Había hablado con ella? “Tal vez lo he soñado —se dijo—, quizá entre y no encuentre a nadie.” Pero apenas hubo entrado en la habitación sintió, con todo su ser, la presencia de Natasha por la inmediata pérdida de su libertad. Natasha vestía el mismo traje negro, de amplios pliegues, y estaba peinada como la víspera, pero no era la misma. Si el día anterior la hubiera visto así, la habría reconocido en seguida.