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La boda de Natasha ocupó durante algún tiempo su atención: ordenaba comidas y cenas y parecía esforzarse por mostrarse alegre. Pero esa alegría suya no era contagiosa como en otros tiempos, sino, por el contrario, suscitaba la conmiseración en todos cuantos lo conocían y amaban.

Tras la marcha de Pierre y su esposa, volvió a su abatimiento y empezó a quejarse de postración. Unos días después enfermó y tuvo que acostarse. Desde el principio de su enfermedad, a pesar de las frases animosas de los médicos, comprendió que ya no se levantaría más. La condesa, sin desvestirse, permaneció durante dos semanas a su cabecera. Cada vez que le daba la medicina, el conde, sollozando, le besaba en silencio la mano. El último día, deshecho en llanto, pidió perdón a su esposa y también a su hijo Nikolái —aunque estaba ausente— por la pérdida de su fortuna, de lo cual se consideraba el primer culpable. Después de haber comulgado y recibido la extremaunción, murió apaciblemente. Al día siguiente una multitud de amigos y conocidos, llegados para rendirle el último tributo, llenó el piso que los Rostov habían alquilado. Todas aquellas personas que tantas veces habían cenado y bailado en su casa y tanto se habían reído del conde, ahora, con un sentimiento unánime de ternura e íntimo reproche, decían como para justificarse: “Fuera como fuese, era un hombre excelente. Ya no se encuentran hombres como él... Además, ¿quién no tiene defectos?...”.

Murió cuando sus asuntos estaban tan embrollados que, de vivir un año más, nadie podría imaginar cómo habría terminado aquello.

Nikolái estaba en París, con las tropas rusas, cuando recibió la noticia de la muerte de su padre. Inmediatamente pidió la baja en el ejército y, sin esperarla, solicitó un permiso y regresó a Moscú. Un mes después de la muerte del conde la situación económica estaba aclarada y todos quedaron asombrados de la enorme suma alcanzada por diversas y menudas deudas de cuya existencia nadie sospechaba. Las deudas se elevaban al doble de los bienes.

Parientes y amigos aconsejaban a Nikolái que renunciara a la herencia, pero hacerlo significaba para él un reproche a la, para él, sagrada memoria de su padre y no quiso ni oír hablar del asunto. Aceptó la herencia paterna con la obligación de pagar las deudas.

Los acreedores, que habían callado durante tanto tiempo durante la vida del conde, por la influencia indefinible y poderosa de su desorganizada bondad, acudieron todos a los tribunales. Hubo, como siempre ocurre, rivalidad entre ellos por ser los primeros en cobrar, y personas como Míteñka y otros, que tenían recibos no por dinero, sino por regalos, fueron ahora los acreedores más exigentes. No concedieron a Nikolái ni tregua ni dilaciones; y los que parecían compadecerse del viejo conde autor de sus pérdidas (si había alguna), ahora, sin piedad, se encarnizaban contra el joven heredero, inocente ante ellos, que voluntariamente había contraído la obligación de pagarles.

Ninguno de los arreglos propuestos por Nikolái fue aceptado. Se vendieron a bajo precio los bienes en pública subasta, y aun así quedó sin cubrir la mitad de las deudas. Nikolái aceptó treinta mil rublos que le ofrecía su cuñado Bezújov para saldar aquellas obligaciones monetarias que él consideraba ciertas y comprobadas. La amenaza de los acreedores de meterlo en la cárcel por lo que aún quedaba lo decidió a buscar un empleo.

Volver al ejército, donde estaba propuesto para la primera vacante de jefe de regimiento, era imposible, porque su madre se aferraba a él como a la única razón para vivir. Por eso, a pesar de su poco deseo de permanecer en Moscú entre aquella gente conocida de otros tiempos, y a pesar de su aversión a los cargos civiles, aceptó un empleo en la capital y, dejando el uniforme que tanto amaba, se refugió en un pequeño piso de Sívtsev Vrázhek con su madre y Sonia.

Natasha y Pierre, establecidos entonces en San Petersburgo, no tenían una idea precisa de la vida de Nikolái, que, habiendo aceptado el préstamo de su cuñado, procuraba ocultarle su difícil situación económica; con sus mil doscientos rublos de sueldo tenía no sólo que sostener a su madre y a Sonia, sino vivir de tal manera que su madre no advirtiese que eran pobres. La condesa no podía concebir la vida sin las condiciones de lujo que le eran habituales desde la infancia, y a cada instante, sin darse cuenta de lo difícil que era para su hijo, exigía ya un coche —puesto que no lo tenía propio— para ir a visitar a una amiga, ya algún manjar sumamente caro, ya un buen vino para su hijo, y dinero para hacer regalos inesperados a Natasha, a Sonia y aun al mismo Nikolái.

Sonia se ocupaba de la casa, cuidaba de su tía, le leía en voz alta, sufría sus caprichos y su oculta animadversión y ayudaba a Nikolái a ocultar ante la condesa la situación de pobreza en que se hallaban. Nikolái se reconocía deudor eterno de todo lo que Sonia hacía por su madre. Admiraba su paciencia y devoción, pero procuraba alejarse de ella.

En el fondo de su corazón parecía reprocharle el ser demasiado perfecta y no hacer nada censurable. Poseía todo lo preciso para despertar la estimación, pero poco de aquello que obligara a sentir amor por ella. Nikolái se daba cuenta de que cuanto más la estimaba, menor era el amor que sentía por ella. Se había aferrado a la carta en la que Sonia lo libraba de su compromiso y se portaba ahora como si todo cuanto hubo entre los dos estuviera olvidado hacía ya mucho, mucho tiempo y en ningún caso pudiera ser reanudado.

La situación de Nikolái empeoraba cada vez más. Resultaba un sueño la idea de ahorrar algo de su sueldo. No era sólo que no lograra economizar, sino que, para satisfacer las exigencias de su madre, contraía alguna pequeña deuda. Era, para él, una situación sin salida. Le repugnaba la idea de casarse con una rica heredera, tantas veces propuesta por sus parientes. Y la otra solución —la muerte de su madre— no podía ni ocurrírsele. Nada deseaba ni esperaba; y en lo más íntimo de su alma experimentaba un placer amargo y sombrío en la aceptación pasiva de su propia suerte. Trataba de evitar a sus antiguas amistades, con su compasión y sus ofrecimientos de ayuda que lo ofendían; evitaba igualmente todas las distracciones y placeres de antaño y hasta en su propia casa sólo se ocupaba de hacer solitarios con su madre, pasear silenciosamente por su habitación o fumar una pipa tras otra, como si estuviera dedicado a cultivar celosamente aquel humor sombrío, el único que le permitía soportar la propia situación.

VI

A principios de invierno llegó a Moscú la princesa María. Por los chismes de la ciudad conoció la situación de los Rostov y supo que “el hijo se sacrificaba por su madre”, como decían todos.

“No esperaba otra cosa de él”, se dijo la princesa, dándose cuenta con alegría de que eso confirmaba su amor por Nikolái. Dadas las relaciones amistosas y casi familiares con toda la familia Rostov, creyó un deber suyo ir a visitarlos. Pero recordando su relación de amistad, cordial, con Nikolái en Vorónezh, tenía miedo de volver a encontrarse con él; por último, haciendo un gran esfuerzo sobre sí misma, fue a verlos algunas semanas después de su llegada a Moscú.

Nikolái fue el primero en recibirla, puesto que para entrar en la habitación de la condesa debía pasar por la suya. El rostro de Nikolái, no más verla, en vez de expresar la alegría que la princesa María esperaba, manifestó frialdad, dureza y orgullo, que ella nunca había conocido en él. Nikolái preguntó por su salud, la acompañó a la habitación de su madre y cinco minutos después salió.

Cuando la princesa María se despidió de la condesa, Nikolái la acompañó a la antesala con una gravedad y frialdad especiales. No contestó una sola palabra a las observaciones de ella acerca de la salud de la condesa. “¿Qué le importa? ¡Déjeme tranquilo!”, parecía decir su mirada.