Desde que Pierre empezó a vivir con su familia en una casa grande que requería importantes sumas de dinero, se dio cuenta, con gran asombro suyo, de que gastaba dos veces menos que antes y que su situación financiera, algo precaria últimamente (en particular por las deudas de su primera esposa), comenzaba a mejorar.
Vivir costaba menos porque era una vida regulada. Pierre ya no llevaba, ni deseaba llevar, aquel lujoso y caro nivel de vida que podía cambiar en todo momento. Sabía que su modo de vivir estaba determinado para siempre, hasta su muerte, y que él no podía modificarlo, y por ello ese género de vida resultaba barato.
Satisfecho y sonriente, Pierre enseñaba sus compras.
—No está mal, ¿verdad?— dijo, desdoblando, como lo haría un vendedor, un corte de tela.
Natasha, sentada enfrente de su marido con la mayor de sus hijas sobre las rodillas, miraba con ojos brillantes ya a Pierre, ya las cosas que él iba sacando.
—¿Es para Bielova? ¡Perfecto! Te habrá costado a rublo la vara, ¿no?— preguntó, palpando la tela.
Pierre dijo el precio.
—Es caro— observó Natasha. —¡Cómo se van a alegrar los niños y maman! Pero no valía la pena que me compraras eso— añadió sin contener una sonrisa y admirando una peineta de oro y perlas, que entonces empezaban a estar de moda.
—Fue Adèle quien insistió que te lo comprara— explicó Pierre.
—¿Cuándo podré ponérmela?— y se la puso en la trenza. —Tal vez cuando Máshenka empiece a frecuentar la sociedad se vuelvan a llevar. Bien, vamos.
Tomaron los regalos y se dirigieron primero a la habitación de los niños y después en busca de la condesa.
Cuando Pierre y Natasha entraron en la sala, con los paquetes bajo el brazo, la condesa estaba con la señora Bielova y hacía un solitario, según su costumbre.
La condesa había pasado ya de los sesenta y sus cabellos eran totalmente blancos; una pequeña cofia enmarcaba su arrugado rostro; tenía hundido el labio superior y los ojos apagados.
Después de la muerte de Petia, casi seguida por la de su marido, se sentía un ser sin objeto ni razón, olvidado por casualidad en este mundo. Comía, bebía, hablaba, pero no vivía. La vida no le proporcionaba emoción alguna. No pedía más que tranquilidad, y esa tranquilidad podía encontrarla solamente en la muerte. Pero entretanto había que vivir, es decir, aplicar en algo las fuerzas vitales. Se advertía en ella —en su grado más alto— lo que suele darse en niños muy pequeños y en personas muy viejas: la carencia de toda razón externa; era evidente, sin embargo, que necesitaba ejercitar sus diversas inclinaciones y facultades. Necesitaba comer, dormir, pensar, hablar, llorar, entretenerse con algo, enfadarse, etcétera, porque tenía un estómago, un cerebro, músculos, nervios e hígado. Hacía todas las cosas sin un estímulo externo, no como lo hacen los hombres en la plenitud de su vida, cuando el objetivo a que aspiran oculta otro: la aplicación de sus fuerzas. Hablaba porque físicamente tenía necesidad de hacer funcionar sus pulmones y su lengua; lloraba como una niña porque necesitaba sonarse, etcétera. Aquello que para las personas en la plenitud de sus energías era un objetivo en ella no pasaba de ser un pretexto.
Así, por la mañana, sobre todo si la víspera había cenado algo grasiento, necesitaba enfadarse, y tomaba como pretexto inmediato la sordera de la señora Bielova.
Desde el otro extremo del cuarto empezaba a decir en voz baja:
—Me parece, querida, que hoy hace más calor— murmuraba. Y cuando la señora Bielova contestaba: “Pues sí, han llegado”, ella gruñía enfadada: —¡Dios mío! ¡Qué sorda y estúpida es!
Otro pretexto para su mal humor era el rapé, al que encontraba seco, húmedo o mal triturado. Después, su rostro se ponía bilioso; y sus doncellas de servicio sabían por indicios ciertos cuándo la señora Bielova volvería a estar sorda, el rapé húmedo y el rostro de la condesa amarillo verdoso. Del mismo modo que debía dar curso a su bilis, sentía a veces la necesidad de usar el resto de su capacidad de pensar y la empleaba en hacer solitarios. Cuando necesitaba llorar hablaba del difunto conde. Cuando tenía necesidad de inquietarse por algo el pretexto era Nikolái y su salud; cuando quería hablar sarcásticamente, el pretexto escogido solía ser la condesa María; cuando necesitaba ejercitar los órganos vocales —cosa que por lo general ocurría hacia las siete de la tarde, después de haber hecho la digestión en su habitación, a oscuras— el pretexto eran siempre las mismas historias contadas a idénticos oyentes.
Todos los familiares comprendían el estado de la anciana, aunque nadie jamás lo mencionara; todos se esforzaban por satisfacer esas necesidades suyas. Sólo las miradas sonrientes y tristes a un tiempo que a veces intercambiaban Nikolái, Pierre, Natasha y la condesa María daban a entender que se daban perfecta cuenta de su situación.
Pero esas miradas decían además otra cosa: querían decir que la anciana había cumplido su papel en este mundo, que no era en realidad como ahora se la veía, que todos llegarían a estar como ella y que era motivo de satisfacción someterse a sus deseos, saber contenerse ante aquella persona, antes querida, convertida ahora en un ser lastimero. Memento mori, decían esas miradas.
Entre las personas de casa, sólo los niños y la gente de malos sentimientos o estúpida no alcanzaban a comprenderlo y se alejaban de ella.
XIII
Cuando Pierre y su mujer entraron en la sala la condesa sentía la necesidad —habitual para ella— de una actividad cerebral y hacía solitarios; y aunque, por pura costumbre, pronunciara las palabras que siempre decía a la vuelta de su yerno o su hijo: “Ya es hora, querido, llevamos esperándote mucho tiempo, pero ya estás aquí, etcétera. ¡Bendito sea Dios!”, y aunque añadiera al recibir los regalos otras palabras habituales: “No es el regalo lo que me agrada, querido: gracias por acordarte de esta vieja”, era evidente que en ese momento la llegada de Pierre no le agradaba, porque la distraía del solitario aún no concluido.
Sólo cuando hubo terminado el juego se puso a examinar los regalos que le traía Pierre. Consistían en un estuche para los naipes, magníficamente trabajado, una taza de Sèvres azul oscuro, con su tapadera, donde estaban dibujadas unas pastorcillas, y una tabaquera de oro con el retrato del conde, encargado por Pierre a un miniaturista de San Petersburgo (la condesa deseaba tenerlo hacía tiempo). En aquel momento no tenía deseos de llorar y por eso miró el retrato con indiferencia y dedicó más atención al estuche.
—Gracias, querido, todo me ha gustado mucho. Pero lo mejor es que hayas vuelto tú mismo. Ya puedes regañar a tu mujer; sin ti se pone como loca; no ve ni recuerda nada— dijo, como siempre hacía en circunstancias semejantes. —Mira, Anna Timoféievna, qué estuche nos ha traído mi hijo.
La señora Bielova admiró el regalo y se mostró entusiasmada con la tela que traían para ella.
Aunque Pierre, Natasha, Nikolái, la condesa María y Denísov tenían muchas cosas que contarse, no podían hablar delante de la condesa; no porque le ocultaran nada sino porque se trataba de asuntos de los que ella no estaba al corriente, y si comenzaban a hablar en su presencia habrían debido contestar a preguntas que no venían a cuento, repetir cosas ya archisabidas sobre alguien que había muerto o sobre otro que se había casado, cosas todas que la condesa había oído antes y que era incapaz de recordar. Sin embargo, como de costumbre, se reunieron en el salón en torno al samovar, y Pierre contestó las inútiles preguntas de la condesa, que no interesaban ni a ella ni a nadie, acerca de que el príncipe Vasili había envejecido, de que la condesa María Alexéievna la recordaba y mandaba sus saludos, etcétera.