Mas, sin hablar ya del mérito intrínseco que tienen las historias de este género (pueden ser necesarias para alguien o para algo), las historias de la cultura, a las cuales se van reduciendo cada vez más las historias universales, son notables porque al estudiar detenida y seriamente las diversas doctrinas religiosas, filosóficas y políticas, como causa de los acontecimientos, siempre que describen un hecho verdaderamente histórico, como la guerra de 1812, lo explican, aun sin querer, como un producto del poder, afirmando abiertamente que dicha campaña no es más que el resultado de la voluntad de Napoleón. Al hablar así, los historiadores de la cultura se contradicen a sí mismos en contra de su voluntad y demuestran que esa nueva fuerza, inventada por ellos, no expresa los hechos históricos y que la única manera de entender la historia está en admitir ese poder que ellos, al parecer, no reconocen.
III
La locomotora marcha y nos preguntamos por qué se mueve. El mujik contesta que el diablo la empuja; otro afirma que se mueve porque sus ruedas giran; un tercero asegura que la causa del movimiento está en el humo arrastrado por el viento.
Nada podemos objetar al mujik: ha imaginado una explicación completa. Para refutarla sería necesario que alguien le demostrara que el diablo no existe o que otro mujik le explicara que no es el diablo sino un alemán quien hace correr la locomotora. Sólo entonces, gracias a la contradicción de sus afirmaciones, verían que ambos estaban equivocados.
Pero quien dice que la causa es el movimiento de las ruedas se refuta a sí mismo porque, al haber emprendido el camino del análisis, debe proseguirlo, hasta explicar el origen del movimiento de las ruedas. Y mientras no llegue a la última causa del movimiento de la locomotora, la compresión del vapor en la caldera, no tendrá derecho a detenerse en la búsqueda de la causa. El mujik que explicó el movimiento de la locomotora atribuyéndolo al humo arrastrado hacia atrás por el viento debió de razonar del siguiente modo: al comprender que la explicación sobre las ruedas no proporcionaba causa alguna, tomó el primer indicio observado y lo presentó, por su parte, como la causa.
El único concepto capaz de explicar el movimiento de la locomotora es el de la fuerza igual al movimiento visible. Por tanto, la única idea válida para explicar el movimiento de los pueblos es el de una fuerza igual a todo el movimiento de los pueblos.
Sin embargo, los historiadores comprenden bajo ese concepto fuerzas absolutamente diversas entre sí y nada parecidas al visible movimiento de la fuerza. Unos ven en él la fuerza de los héroes —igual que el mujik ve al diablo en la locomotora—; otros, una fuerza derivada, como el movimiento de las ruedas; los terceros, la influencia de la mente, como el humo llevado por el viento.
Mientras se siga escribiendo la historia de algunos personajes, sea la de César o Alejandro, la de Lutero o Voltaire, y no la historia de todossin excepción, de todoslos hombres que han participado en el hecho, es imposible no atribuir a determinados personajes las fuerzas que obligan a otras personas a dirigir sus actividades hacia una sola meta. Y el único concepto que conocen los historiadores es el poder.
Ese concepto es el único medio que permite conocer a fondo los hechos históricos, tal como se exponen actualmente, y aquel que renuncie a él, sin conocer otro, como hizo Buckle, se verá privado de la última posibilidad de estudiarlos. Los historiadores dedicados a la historia universal y a la cultura son los que mejor demuestran la inevitable necesidad del concepto de poder para explicar los hechos históricos, y aunque renuncien a él en apariencia, lo utilizan a cada paso, sin poderlo evitar.
Respecto a los problemas de la humanidad, la ciencia histórica se asemeja a quienes tienen relación con el dinero, billetes de banco y moneda metálica. Las biografías y las historias de un país son como billetes de banco: pueden circular y desempeñar su papel sin dañar a nadie y hasta con cierta utilidad, mientras tengan garantía. Basta con olvidar cómo la voluntad de los héroes origina los acontecimientos, y las historias de los Thiers resultarán instructivas, interesantes, y hasta tendrán un matiz poético. Pero igual a como surge la duda sobre el valor real del papel moneda, ya porque es fácil fabricarlo y pueden hacerlo en grandes cantidades, ya porque querrán cambiarlo por oro, también surge la duda sobre el valor real de esas historias, ya porque sean demasiado abundantes, ya porque alguien, en la simplicidad de su alma, puede preguntar: ¿Con qué fuerza lo hizo Napoleón? Es decir, cuando se desea cambiar el billete de banco por el oro puro del concepto real.
Los autores de historias universales y de la cultura son semejantes a los hombres que, habiendo reconocido la incomodidad de los billetes de banco, decidieran fabricar una moneda metálica sonante que no tuviera la densidad del oro. Esa moneda metálica sería desde luego sonante, pero no pasaría de ahí. El papel moneda podría aún engañar a los ignorantes; pero la moneda sonante, sin valor, no engañaría a nadie. Así como el oro solamente es oro cuando puede ser empleado, además del cambio, para otros menesteres, así las historias universales valdrán como el oro cuando puedan contestar a la pregunta esencial de la historia: ¿Qué es el poder? Los autores de historias universales responden a la pregunta de manera contradictoria, mientras que los historiadores de la cultura descartan del todo la pregunta y contestan otra cosa completamente distinta. Y así como las fichas que se parecen al oro no pueden valer más que en una reunión de personas que consientan en considerarlas como si lo fuera, o entre aquellas otras que ignoran las cualidades del oro, así también los historiadores dedicados a la historia universal y la cultura, sin contestar a las preguntas esenciales de la humanidad, utilizan para sus ignorados fines la moneda en curso con la cual satisfacen a las universidades y a numerosos lectores aficionados a los libros serios, como ellos los llaman.
IV
La historia que reniega de la antigua concepción que atribuía la sumisión de la voluntad del pueblo a un elegido, y la sumisión de esa voluntad a un designio divino, no puede dar un paso sin contradecirse si no toma uno de estos dos caminos: volver a creer en la influencia directa de la divinidad sobre las obras humanas o explicar claramente el sentido de la fuerza que origina el hecho histórico, que se llama poder.
Es imposible volver al primer camino: esa creencia ha caducado, razón por la cual es necesario explicar el significado del poder.
Napoleón ordena que se reúna el ejército y comience la guerra. Este hecho nos resulta tan habitual, tan familiar, que la pregunta “¿Por qué seiscientos mil hombres van a la guerra cuando Napoleón pronuncia esas o aquellas palabras?” nos parece absurda. Tenía el poder, y ésa es la razón de que se cumplieran sus órdenes.
He aquí una respuesta absolutamente satisfactoria, si creemos que el poder le fue otorgado por Dios. Pero, puesto que no lo admitimos, es preciso definir en qué consiste ese poder de un hombre solo sobre los demás.
Ese poder no puede basarse en una preponderancia directa y física de un ser fuerte sobre uno débil, en el empleo o en la amenaza del empleo de la fuerza física, como en el caso de Hércules. Tampoco puede fundarse en la preponderancia de la fuerza moral, como ingenuamente piensan algunos historiadores que aseguran que sus personajes son héroes, es decir, hombres dotados de una especial fuerza de ánimo e inteligencia, llamada genialidad. Ese poder no puede fundarse en la superioridad de la fuerza moral, puesto que aun sin hablar de héroes como Napoleón, cuyas cualidades morales son muy discutibles, la historia nos demuestra que ni Luis XI, ni Metternich, que dirigieron a millones de hombres, tenían especiales cualidades anímicas; al contrario, en la mayoría de los casos se trataba de seres moralmente inferiores a cualquiera de los hombres que dirigían.