Si analizamos al individuo aislado, sin relacionarlo con el mundo que lo rodea, todos sus actos nos parecen libres. Pero si advertimos la más pequeña relación entre ese hombre y el mundo circundante (con otro hombre que habla con él, con el libro que lee, con el trabajo que realiza y hasta con el aire que lo envuelve y la luz que cae sobre los objetos vecinos), vemos que cada una de esas condiciones influye sobre él y rige por lo menos un aspecto de su actividad.
Y en relación con esas influencias disminuye nuestra idea sobre su libertad y aumenta la idea de la necesidad a que está sujeto.
La segunda base consiste en la relación temporal, más o menos visible, entre el hombre y el mundo; la idea más o menos clara del lugar que ocupan en el tiempo los actos de ese hombre. Según esta base, la caída del primer hombre —que tuvo por consecuencia el origen del género humano— nos parece menos libre que el matrimonio de un hombre coetáneo nuestro; en virtud de esta base, la vida y la actuación de hombres que vivieron hace siglos y están ligados a nosotros por el tiempo no pueden parecemos tan libres como la vida moderna, cuyas consecuencias desconocemos todavía.
La idea sobre la libertad y la necesidad —su gradualidad— depende del tiempo mayor o menor que transcurre entre la realización de un acto y nuestra opinión sobre el acto.
Si examino un acto que acabo de realizar, en unas circunstancias parecidas a las que me encuentro ahora, ese acto me parece indudablemente libre. Pero si analizo un acto realizado hace un mes en circunstancias distintas de las actuales, deberé reconocer que de no haberse llevado a cabo aquel acto no existirían muchas cosas útiles, gratas y hasta necesarias, derivadas de él.
Si con el recuerdo me traslado a un acto más lejano aún, de hace diez años o más, entonces me parecerán más evidentes sus consecuencias y me será difícil representarme qué habría ocurrido si aquel acto lejano no se hubiera realizado. Cuanto más retroceda en mi recuerdo o, lo que es lo mismo, cuanto más retrase mis opiniones sobre las consecuencias de mi acto, tanto más inseguras serán mis opiniones acerca de su libertad.
La historia confirma la participación cada vez mayor del libre albedrío en las acciones comunes de la humanidad. El acontecimiento moderno nos parece, una vez cumplido, el resultado indiscutible del esfuerzo de todos los hombres famosos. Pero en los hechos más alejados de nosotros podemos observar ya sus inevitables consecuencias, fuera de las cuales no podemos imaginar nada. Y cuanto más retrocedamos en el examen de los hechos, menos libres nos parecen.
La guerra austro-prusiana la vemos como consecuencia indudable de las maniobras del astuto Bismarck, etcétera.
Las guerras napoleónicas, aunque con muchas reservas, nos parecen aún el resultado de la voluntad de los héroes. Pero con respecto a las Cruzadas, acontecimiento que ocupa un lugar determinado, sin el cual sería imposible concebir la historia moderna de Europa, para los historiadores de la época de las Cruzadas no parecen más que el resultado de la voluntad de algunos individuos.
Y por lo que respecta a las migraciones de los pueblos, a nadie de nuestra época, por ejemplo, se le ocurriría pensar que de la voluntad de Atila dependía la renovación del mundo europeo. Cuanto más alejamos el objeto de nuestra observación, tanto más dudosa se hace la libertad de los hombres que han realizado los acontecimientos y más evidente resulta la ley de la necesidad.
La tercera base es la mayor o menor posibilidad de conocer la infinita relación de causas que exige imperiosamente la mente, y en la cual cada fenómeno comprendido —y, por tanto, cada acto humano— debe tener un lugar determinado, como consecuencia de hechos precedentes y causa de los sucesivos.
Es la base en virtud de la cual nuestros actos y los de otros hombres nos parecen tanto más libres y menos sujetos a la ley de la necesidad cuanto mejor conocemos las leyes psicológicas, fisiológicas e históricas, deducidas de la observación a las cuales el hombre está sujeto, y cuanto mejor las comprendemos. Y, por otra parte, cuanto más sencillo es el hecho observado, menos complejos son el carácter y la mentalidad del hombre cuyo acto examinamos.
Cuando no comprendemos en absoluto las causas del acto, lo mismo si se trata de un crimen, de una buena obra o de una acción que nada tiene que ver con el bien o el mal, le atribuimos una mayor parte de libertad; si se trata de un crimen, pedimos más que nada el castigo; si de una buena obra, la apreciamos sobremanera. En el caso de que nada la relacione con el bien o el mal, consideramos que el acto revela individualidad, originalidad y libertad mayores. Pero si conocemos tan sólo una de las innumerables causas del hecho, admitimos cierta parte de necesidad y exigimos menos al castigo del crimen, no reconocemos tanto mérito al acto virtuoso y vemos menos libertad en el acto que nos parecía original. El hecho de que un delincuente haya crecido entre criminales disminuye su culpa. La abnegación del padre o la madre —abnegación con posibilidad de recompensa— nos resulta más comprensible que la abnegación inmotivada y, en consecuencia, nos parece menos meritoria, menos libre. Los fundadores de sectas y partidos y los inventores nos asombran menos cuando conocemos cómo y con qué medios prepararon su actividad. Si tenemos un buen número de experimentos, si nuestra observación va siempre dirigida a la búsqueda de relaciones entre causas y efectos de los actos humanos, estos actos nos parecen tanto más necesarios y tanto menos libres cuanto más certera es la relación entre causa y efecto. Si los hechos analizados son sencillos y observamos gran cantidad de ellos, nuestra idea de su necesidad será todavía más completa. El acto deshonroso del hijo de un padre deshonesto, la desvergonzada conducta de una mujer en un determinado ambiente, la recaída de un borracho en la embriaguez, etcétera, son actos que nos parecen tanto menos libres cuanto mejor comprendemos sus causas. Y si ese hombre cuyos actos analizamos está en el ínfimo estadio de la evolución, como un niño, un loco o un imbécil, al conocer las causas del acto y la simplicidad de su carácter y mentalidad conocemos ya tal abundancia de necesidad y tan poca libertad, que tan pronto como conocemos la causa que origina el acto podemos pronosticarlo.
Sobre estas tres bases se fundamenta la irresponsabilidad del delincuente, reconocida en todas las legislaciones, así como las circunstancias atenuantes. La responsabilidad parece mayor o menor según el mayor o menor conocimiento de las condiciones en que se halla el hombre cuyo acto se juzga, según el tiempo más o menos largo transcurrido desde que el acto se realiza hasta que lo sometemos a juicio, y según la comprensión, más o menos grande, de las causas que lo originan.
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Por consiguiente, nuestra idea de la libertad y de la necesidad aumenta y disminuye gradualmente según sea su lazo de unión mayor o menor con el mundo exterior, la distancia, más o menos dilatada en el tiempo, y la dependencia, más o menos grande de las causas en cuyo contexto analizamos el fenómeno.
Así pues, si observamos al hombre cuando su lazo de unión con el mundo exterior es sobradamente conocido, cuando el tiempo transcurrido desde la realización del hecho es el mayor posible y sus causas son del todo comprensibles, consideramos que la necesidad es máxima y mínima la libertad. Pero si observamos al hombre cuando su dependencia del mundo exterior es mínima y el acto fue realizado en un momento inmediato al tiempo presente y las causas de la acción son inasequibles para nosotros, llegaremos a pensar que la necesidad fue mínima y máxima la libertad.
Pero tanto en un caso como en el otro, por mucho que cambiemos nuestro punto de vista, por mucho que nos expliquemos el vínculo que lo relaciona con el mundo exterior, por muy accesible que esa relación nos parezca, por mucho que alarguemos o acortemos el período de tiempo, por muy comprensibles o inaccesibles que nos parezcan las causas, nunca podremos representarnos ni una libertad ni una necesidad completa.