Todo conocimiento nuestro no es más que la adaptación de la esencia de la vida a las leyes de la razón.
La libertad del hombre se diferencia de todas las demás fuerzas por el hecho de que el hombre es consciente de ella, aunque desde el punto de vista de la razón no se distingue en nada de las demás fuerzas. La gravitación, la electricidad o la afinidad química sólo se diferencian entre sí porque la razón las designa de diversos modos. La libertad del hombre se diferencia de otras fuerzas de la naturaleza solamente por la definición que la razón les adjudica. Y la libertad sin necesidad, es decir, sin las leyes de la razón que la definen, no se diferencia en nada de la gravitación, del calor o de la fuerza de la vida vegetal. Para la razón no es más que una sensación de vida momentánea e indefinida.
Y así como la esencia indeterminada de la fuerza que mueve los cuerpos celestes, la esencia indefinida de la fuerza del calor, de la electricidad o de la afinidad química o de la misma fuerza vital son el contenido de la astronomía, la física, la química, la botánica, la zoología, etcétera, así la esencia de la libertad constituye el contenido de la historia. Como el objetivo de toda ciencia es descubrir la esencia ignorada de la vida, esa esencia, en sí, sólo puede ser objeto de la metafísica, como la libertad en el espacio, en el tiempo, en dependencia de las causas, es objeto de estudio de la historia y, también, de la metafísica.
En la ciencia natural llamamos leyes de la necesidad a lo conocido por nosotros y fuerza vital a lo desconocido. La fuerza vital no es más que el resto desconocido de lo que sabemos sobre la esencia de la vida.
También, en la historia, lo conocido recibe el nombre de ley de la necesidad, y lo desconocido, el de libertad. La libertad, para la historia, no es más que el resto desconocido de lo que sabemos sobre las leyes de la vida humana.
XI
La historia analiza las manifestaciones de la libertad del hombre en relación con el mundo exterior en el tiempo y en la dependencia de las causas, es decir; determina esa libertad de acuerdo con las leyes de la razón. Por ello la historia sólo es ciencia en la medida en que la libertad está determinada por esas leyes.
Para la historia, reconocer la libertad de los hombres como una fuerza capaz de influir en los acontecimientos históricos, es decir, no sujeta a leyes, es lo mismo que para la astronomía reconocer el libre movimiento de los cuerpos celestes.
Tal reconocimiento anula la posibilidad de existencia de las leyes, o sea, de todo conocimiento. Si existe un solo cuerpo que se mueva libremente, las leyes de Kepler y de Newton dejan de existir y no se conoce el movimiento de los cuerpos celestes. Si existe un solo acto libre del hombre, no existe ley histórica alguna y desaparece toda idea sobre los acontecimientos históricos.
Para la historia, la voluntad humana posee sus propias vías de movimiento, uno de cuyos extremos se oculta en lo ignoto y el otro extremo, la conciencia de la libertad en el presente, se desarrolla en el espacio, en el tiempo y en dependencia de las causas.
Cuanto más se extiende ante nosotros ese campo del movimiento, tanto más evidentes son las leyes que lo rigen. Averiguar y definir esas leyes es el objeto de la historia.
Desde el punto de vista del que parte hoy día la ciencia para estudiar su objetivo, el camino que sigue para buscar las causas de los fenómenos en la libre voluntad de los hombres, le resulta imposible utilizar el concepto de ley; por mucho que limitemos la libertad humana, desde que la admitimos como una fuerza independiente de las leyes, la existencia de la ley ya no es posible.
Solamente limitando esa libertad hasta el infinito, es decir, considerándola como una magnitud infinitamente pequeña, podemos convencernos de que sus causas son inaccesibles, y entonces, en vez de buscar las causas, la historia busca las leyes.
Esa búsqueda ha comenzado hace mucho tiempo y los nuevos métodos de estudio que debe asimilar la historia coinciden con la autodestrucción de la vieja historia que fracciona cada vez más las causas de los fenómenos.
Todas las ciencias humanas han seguido por ese camino. Al llegar a lo infinitamente pequeño, las matemáticas —la más exacta de las ciencias— abandonan el proceso del fraccionamiento y adoptan un proceso nuevo: la suma de las incógnitas de los infinitesimales. Renunciando al concepto de causa, buscan la ley, es decir, las propiedades comunes a todos los elementos desconocidos e infinitamente pequeños.
Bajo diversa forma, pero en el mismo camino del pensamiento, avanzaron otras ciencias. Cuando Newton expuso la ley de la gravitación universal, no dijo que el sol y la Tierra tuvieran la propiedad, por decirlo así, de atraer, sino que todos los cuerpos, desde el más grande hasta el más pequeño, tienen la propiedad de atraerse uno a otro; dejando a un lado la causa del movimiento de los cuerpos, expresó una cualidad común a todos ellos, desde los infinitamente grandes hasta los infinitamente pequeños. Las ciencias naturales hacen lo mismo: dejando aparte las causas, buscan las leyes.
En ese mismo camino se halla la historia. Y si la historia tiene por objetivo el estudio del movimiento de los pueblos y de la humanidad, y no la descripción de los diversos episodios ocurridos en la vida de los hombres, debe, descartando de una vez la idea de las causas, buscar las leyes comunes a todos los elementos iguales de libertad, indisolublemente ligados entre sí e infinitamente pequeños.
XII
Desde que se descubrió y probó la ley de Copérnico, el solo hecho aceptado de que es la tierra y no el sol quien gira acabó con toda la cosmografía antigua. Se podría, contradiciendo esa ley, volver a la vieja concepción sobre el movimiento de los cuerpos; pero sin rebatirla no se podría, probablemente, proseguir el estudio de los mundos de Tolomeo. Pero lo cierto es que el mundo de Tolomeo siguió siendo objeto de estudio aún mucho tiempo después del descubrimiento de Copérnico.
Desde que por primera vez se dijo y se demostró que el número de nacimientos o delitos está sujeto a leyes matemáticas, que determinadas circunstancias geográficas y político-económicas establecen unas u otras formas de gobierno y que ciertas relaciones entre la población y la Tierra originan el movimiento de los pueblos, han desaparecido las bases que sustentaban la historia.
Sería posible, refutando las nuevas leyes, conservar los anteriores puntos de vista sobre la historia, pero sin haberlo hecho no podríamos, al parecer, seguir estudiando los acontecimientos históricos como manifestaciones de la libre voluntad humana. Si a consecuencia de ciertas condiciones geográficas, etnográficas o económicas se instituye una determinada forma de gobierno o se origina un movimiento popular, la voluntad de aquellos individuos que parecen ser los organizadores del gobierno o instigadores del movimiento popular ya no puede ser considerada como su causa.
Y, sin embargo, se aplican a la historia anterior las leyes de la estadística, de la geografía, la economía política, la filología comparada y la geología, que contradicen abiertamente sus tesis.
Durante mucho tiempo se mantuvo en la filosofía de la naturaleza una tenaz lucha entre las corrientes antiguas y modernas. La teología defendía el antiguo punto de vista y acusaba al nuevo de acabar con la revelación. Pero cuando venció la verdad, la teología acabó por establecerse sobre el nuevo terreno con la misma firmeza de antes.
Hoy día sigue manteniéndose una larga y tenaz lucha entre la vieja y la nueva concepción sobre la historia, y también ahora la teología defiende las posiciones antiguas y acusa a la nueva de acabar con la revelación.
En ambos casos, tanto de una como de otra parte, esa lucha provoca pasiones y oculta la verdad. Por una parte existe el miedo y la simpatía por todo el edificio erigido a lo largo de los siglos; por otra, la pasión por destruir.