—Sólo una cosa puedo decirle, general— dijo Kutúzov con una elegancia en el giro de la frase y la tonalidad que obligaba a escuchar con suma atención cada una de sus pausadas palabras. Era evidente que Kutúzov se escuchaba a sí mismo con placer. —Sólo una cosa le diré, generaclass="underline" si las cosas dependieran de mí personalmente, se habría cumplido ya hace tiempo la voluntad de Su Majestad el emperador Francisco; me habría unido hace tiempo al archiduque; y, créame bajo palabra de honor, sería un gran alivio para mí poder transmitir el mando supremo del ejército a un general más experto y hábil que yo, de los que tanto abundan en Austria, y quedar libre de una responsabilidad tan pesada. Pero hasta ahora, general, las circunstancias suelen ser más fuertes que nosotros.
Y Kutúzov sonrió como diciendo: “Tiene perfecto derecho a no creerme, y me es lo mismo que me crea o no; pero no tiene motivo alguno para decírmelo, y esto es lo importante”.
El general austríaco se mostraba descontento, pero estaba obligado a contestar en el mismo tono.
—Al contrario— rezongó con voz irritada, en evidente contradicción con las lisonjeras palabras que decía, —al contrario; la participación de Su Excelencia en la empresa común es muy apreciada por Su Majestad; pero creemos que la actual lentitud priva a los gloriosos ejércitos rusos y a sus jefes de los laureles que acostumbran recoger en los campos de batalla— concluyó con palabras que, desde luego, traía preparadas.
Kutúzov se inclinó sin cambiar su sonrisa.
—Y yo estoy convencido, basándome en la última carta con que me ha honrado Su Alteza el archiduque Fernando, que las tropas austríacas, al mando de un jefe tan hábil como el general Mack, habrán conseguido ya una victoria decisiva y no tendrán necesidad de nuestra ayuda.
El general frunció el ceño. Aunque no se tenían noticias ciertas sobre la derrota de los austríacos, demasiadas circunstancias confirmaban las voces pesimistas que corrían; así, la alusión de Kutúzov a la victoria de los austríacos se parecía más bien a una burla. Pero Kutúzov sonreía apaciblemente, siempre con idéntica expresión, manifestando su irrefutable derecho a presuponerlo. En realidad, la última carta recibida del ejército de Mack anunciaba la victoria y hacía mención de la favorable posición estratégica del ejército.
—Dame esta carta— dijo Kutúzov al príncipe Andréi. —Ahí la tiene; puede leerla— y Kutúzov, con una burlona sonrisa en la comisura de los labios, leyó en alemán al general austríaco el siguiente fragmento de la carta del archiduque Fernando:
Todas nuestras fuerzas, en número de casi 70.000 hombres, han sido concentradas de manera que podamos atacar y destruir al enemigo en caso de que atraviese el Lech. Como además hemos ocupado Ulm, podemos conservar la ventaja de dominar las dos orillas del Danubio y, si no cruza el Lech, pasar el Danubio, lanzarnos sobre sus líneas de comunicación, volver a atravesar más abajo el Danubio y, si el enemigo intentase volver sus fuerzas contra nuestros aliados, impedir sus propósitos. Esperamos, pues, animosamente a que el ejército imperial ruso termine de prepararse y luego hallaremos juntos fácilmente la posibilidad de deparar al enemigo la suerte que se merece.
Terminado este párrafo, Kutúzov respiró profundamente y miró con atención y afecto al miembro del Consejo Superior de Guerra de Austria.
—Pero ya conoce, Excelencia, la sabia regla que prescribe suponer siempre lo peor— dijo el general austríaco, quien, evidentemente, deseaba poner fin a las bromas y llevar a término tan grave asunto.
Descontento, lanzó una ojeada al ayudante de campo.
—Perdone, general— lo interrumpió Kutúzov, volviéndose también al príncipe Andréi. —Mira, querido, pídele a Kozlovski todos los informes de nuestros espías. Toma estas dos cartas del conde Nostitz, la carta del archiduque Fernando y esto también— añadió tendiéndole varios papeles —y con todo esto haz en francés un memorándum, reuniendo cuantas noticias tengamos referentes a los movimientos del ejército austríaco. Después se lo entregas todo a Su Excelencia.
El príncipe Andréi inclinó la cabeza, dando a entender que, desde el primer instante, no sólo había entendido cuanto le decía Kutúzov, sino también todo lo que quería decirle con sus palabras, Tomó los documentos, saludó y, caminando sin hacer ruido sobre la alfombra, salió de la estancia.
Aunque el príncipe Andréi había salido hacía poco de Rusia, estaba muy cambiado. En la expresión de su rostro, en los movimientos y en la manera de caminar, ya no se notaba casi el fingimiento de antes, la indolencia y el cansancio de otras veces. Todo su aspecto era el de un hombre que no tiene mucho tiempo para pensar en el efecto que produce en los demás, ocupado como estaba en una obra grata e interesante. Se lo veía más satisfecho de sí mismo y de cuantos lo rodeaban; su sonrisa y su mirada eran más alegres y acogedoras.
Kutúzov, a quien el príncipe Andréi se había unido en Polonia, lo había recibido con gran afecto, prometiéndole que no lo olvidaría; y después, haciendo con él una excepción con respecto a los demás ayudantes de campo, se lo llevó consigo a Viena y le confiaba misiones más importantes. Desde Viena escribió Kutúzov a su viejo compañero, el padre del príncipe Andréi:
“Su hijo promete ser un oficial excepcional por su capacidad de trabajo y firmeza y por el empeño que pone en el cumplimiento de sus deberes. Me considero feliz de tenerlo como subordinado.”
En el Estado Mayor de Kutúzov, entre sus compañeros y en general en el ejército, lo mismo que sucedía en la sociedad petersburguesa, el príncipe Andréi tenía dos reputaciones por completo diversas: unos —la minoría— lo consideraban un ser distinto de los demás, esperaban de él grandes éxitos, lo escuchaban, lo admiraban e imitaban; con ellos, el príncipe Andréi era sencillo y amable. Otros —la mayoría— no lo querían, lo encontraban orgulloso, frío y desagradable. Pero el príncipe Andréi había sabido imponerse a tal punto que aun éstos lo estimaban y hasta lo temían.
Al salir del despacho de Kutúzov, el príncipe Andréi, con los documentos en la mano, se acercó a un compañero, el ayudante de campo de servicio, Kozlovski, quien con un libro entre las manos estaba sentado junto a la ventana.
—¿Qué hay, príncipe?— preguntó Kozlovski.
—Ha mandado que preparemos una nota explicando las razones por las cuales no avanzamos.
—¿Para qué?
El príncipe Andréi se encogió de hombros.
—¿No hay noticias de Mack?— preguntó Kozlovski.
—No.
—Si fuera verdad que lo han derrotado, se sabría algo.
—Probablemente— dijo el príncipe Andréi, dirigiéndose hacia la puerta de salida.
Pero en aquel mismo instante entró rápidamente, después de haber cerrado con fuerza la puerta, un general austríaco alto, con levita, recién llegado al parecer, vendada la cabeza con un pañuelo negro y la cruz de María Teresa al cuello. El príncipe Andréi se detuvo.
—¿El general en jefe Kutúzov?— preguntó de inmediato el general, con marcado acento germano, mirando a izquierda y derecha y avanzando sin detenerse hacia la puerta del despacho.
—El general en jefe está ocupado— dijo Kozlovski acercándose presuroso al desconocido y cerrándole el paso. —¿A quién debo anunciar?
El desconocido general miró despectivo, de arriba abajo, a Kozlovski, que no era alto, sorprendido, al parecer, de que pudieran no conocerlo.
—El general en jefe está ocupado— repitió tranquilamente Kozlovski.
El rostro del general se nubló. Se contrajeron y temblaron sus labios; sacó una libreta de notas y escribió rápidamente con lápiz algunas palabras; arrancó la hoja, la entregó a Kozlovski, se acercó a la ventana, se dejó caer en una silla y pasó revista a los que había en la sala, como preguntándose por qué lo miraban. Luego levantó la cabeza, avanzó el cuello, como disponiéndose a decir algo, pero emitió unos sonidos extraños que se cortaron al instante.
Se abrió la puerta del despacho y apareció Kutúzov. El general de la cabeza vendada, encorvado y con largos y rápidos pasos de sus delgadas piernas, se acercó a Kutúzov, como si huyera de un peligro.