Выбрать главу

Los hombres que se oponían a la verdad defendida por los filósofos de la naturaleza pensaban que si admitían esa verdad la gente dejaría de creer en Dios, la creación y los milagros realizados por Jesucristo.

Los defensores de las leyes de Copérnico y Newton creían que las leyes de la astronomía acabarían con la religión, y Voltaire, por ejemplo, recurría a dichas leyes como arma para combatirla.

Hoy día, parece también que bastaría con admitir la ley de la necesidad para destruir el concepto del alma, del bien y el mal, así como todas las instituciones surgidas sobre esa base, tanto estatales como eclesiásticas.

Igual que ahora y como Voltaire en su tiempo, los no solicitados defensores de la ley de la necesidad la utilizan para combatir la religión cuando de hecho —igual que la ley de Copérnico en astronomía— esa ley aplicada a la historia, lejos de aniquilar la base en que se asientan las instituciones estatales y religiosas, la consolidan.

Hoy día, en la historia —como lo fue en astronomía— todas las diferencias en las concepciones se refieren a la aceptación o no aceptación de la unidad absoluta que se utiliza como medida para los fenómenos visibles. En astronomía esa unidad era la inmovilidad de la Tierra, y en historia la independencia del individuo, la libertad.

Si en astronomía la dificultad en reconocer que la Tierra se mueve residía en no admitir la sensación directa de su inmovilidad y el movimiento de los planetas, en la historia la dificultad reside en admitir la subordinación del individuo a las leyes del espacio, tiempo y causa, renunciando a su propia y directa independencia.

Pero así como en la astronomía la nueva concepción afirma: “Es verdad que no percibimos el movimiento de la Tierra, pero si admitiéramos su inmovilidad llegaríamos a una situación absurda, en tanto que admitiendo su movimiento que no percibimos llegamos a una ley”; lo mismo sucede en la historia, en que la nueva corriente dice: “Es verdad que no sentimos nuestra dependencia; pero admitiendo nuestra libertad llegamos al absurdo, mientras que si admitimos nuestra dependencia con respecto al mundo exterior, al tiempo y a las causas llegamos a las leyes”.

En el primer caso debíamos renunciar a la conciencia de una inmovilidad en el espacio y admitir un movimiento que no sentíamos; en el caso presente es necesario renunciar a una libertad, de la que somos conscientes, y admitir una dependencia que no sentimos.

Unas palabras acerca de Guerra y paz 637

Al mandar a imprenta una obra en la que he empleado cinco años de incesante y extenuante trabajo, en las más favorables condiciones de vida, me gustaría exponer mi opinión acerca de ella y salir así al paso de algunos malentendidos que pudieran surgir en el lector.

No querría que los lectores buscasen ni vieran en el libro lo que yo no quise o no supe expresar, y concentraran su atención en lo que he querido decir, aunque, por las características de la obra, no haya podido explayarme. Ni el tiempo ni mi propia capacidad me han permitido lograrlo que me había propuesto; así pues, aprovecho ahora la hospitalidad que me brinda una revista especializada para exponer, aunque sea breve y no plenamente, la opinión del autor acerca de su obra para quienes pueda interesar.

1) ¿Qué es Guerra y paz? No es una novela ni un poema y todavía menos una crónica histórica: Guerra y pazes lo que el autor ha querido y podido expresar, en la forma en que está expresado. Semejante manifestación de negligencia por parte de un autor con las formas convencionales de una obra en prosa podría parecer presunción si fuera intencionado y no tuviera precedentes. Pero la historia de la literatura rusa, desde los tiempos de Pushkin, no sólo ofrece múltiples ejemplos de obras que se apartan de esa forma que podríamos llamar europea, sino que no nos ofrece un solo caso contrario. Desde Almas muertas, de Gógol, hasta La casa de los muertos, de Dostoievski, en el nuevo período de la literatura rusa no hay una obra de arte en prosa, por encima de la mediocridad, que se ajuste a la forma de novela, poema épico o relato.

2) El carácter de la época. Algunos lectores, después de la aparición de la primera parte, me dijeron que el carácter de la época no estaba suficientemente definido en mi obra. A este reproche contesto: sé bien en qué consiste el “carácter de la época” que algunos lectores no hallan en mi obra: los horrores de la servidumbre de la gleba, las mujeres encerradas entre cuatro paredes, los latigazos a los hijos adultos, etcétera. No creo que este “carácter de la época” que vive en nuestra imaginación se ajuste a la verdad, y no he querido representarlo. En mis estudios de cartas, diarios y tradiciones no he hallado atrocidades ni violencias mayores que las que pueden encontrarse hoy o en cualquier otra época. También entonces los hombres amaban y envidiaban, buscaban la verdad, aspiraban a la virtud y se dejaban arrastrar por las pasiones. La misma vida intelectual y moral compleja existía entre las clases superiores, a veces aún más refinada que hoy. Si en nuestras mentes se ha formado una idea sobre el carácter arbitrario y brutal de aquel tiempo es sólo porque en las tradiciones, en las memorias, en los relatos y novelas se nos han legado los casos más excepcionales de violencia y brutalidad. Deducir que el carácter predominante de aquella época fuera la violencia sería tan injusto como si un hombre, viendo desde una montaña solamente las copas de los árboles, dedujera que en aquella comarca no había más que árboles. Aquel tiempo tiene su carácter (como lo tiene cada época), que se deriva de la mayor alienación de las clases altas con respecto a las otras clases, de la filosofía religiosa de entonces, de las particularidades de la educación, de la costumbre de usar la lengua francesa, etcétera. Éste es el carácter que intenté expresar como mejor supe.

3) El uso del francés en una obra rusa. ¿Por qué en mi obra no sólo los rusos, sino también los franceses, hablan unas veces en ruso y otras en francés? El reproche de que los personajes de un libro ruso hablen y escriban en francés es como el reproche de alguien que mira un cuadro y observa manchas negras (sombras) que no existen en la realidad. El pintor no tiene la culpa de que la sombra puesta por él en la figura parezca a algunos una mancha negra que no hay en la realidad; sólo será culpable cuando aquellas sombras estén dispuestas de cualquier modo o de manera tosca. Al escribir un libro sobre los comienzos de este siglo y presentar a personajes rusos de cierta clase social, a Napoleón y otros franceses que intervinieron tan directamente en la vida de aquel tiempo, me he dejado llevar, sin quererlo y tal vez más de lo necesario, por su modo de pensar en francés. Y por eso, sin negar la probable inexactitud y tosquedad de las sombras puestas por mí en el cuadro, querría que esas personas a quienes parece ridículo que Napoleón hable ya en ruso, ya en francés, comprendieran que así les parece porque, como la persona que mira el retrato, no ven una figura con sus luces y sombras sino solamente una mancha negra bajo la nariz.

4) Los nombres de los personajes. Los nombres de Bolkonski, Drubetskói, Bilibin, Kuraguin y otros personajes recuerdan nombres rusos muy conocidos. Al relacionar personajes imaginarios con otros que pertenecen a la historia, yo mismo advertí cierta falsedad si el conde Rastopchin hablaba con el príncipe Pronski, con Strieltski o con cualquier otro príncipe o conde de nombre ficticio. Bolkonski o Drubetskói, aunque no son Volkonski ni Trubetskói, suenan a algo conocido y natural en un grupo aristocrático ruso; no he sabido inventar para todos mis personajes nombres que no me sonaran a falso, como Bezújov o Rostov, ni supe evitar esa dificultad más que tomando al azar los apellidos más conocidos para un ruso y cambiando en ellos alguna letra. Me dolería mucho que la semejanza de estos nombres imaginarios con los verdaderos indujera a pensar que mi intención haya sido describir a esta u otra persona real. Y ello, sobre todo porque este trabajo literario, que consiste en describir a personas que existen o existieron realmente, no tiene nada que ver con la literatura de que yo me ocupo.