Relevant l’emploi de ces moyens par un acte de bienfaisancedigne de lui et de l'armée française, il fit distribuer des secours aux incendiés. Mais les vivres étant trop précieux pour être donnés longtemps à des étrangers, la plupart ennemis, Napoléon aima mieux leur fournir de l'argent, et il leur fit distribuer des roubles papier.
Este fragmento sorprende, separado del resto, no diré por su inmoralidad sino simplemente por su asombrosa insensatez. Pero en su conjunto no causa tanto estupor, puesto que concuerda perfectamente con el tono general, ampuloso, solemne, exento de todo significado directo.
Así pues, los objetivos del artista y del historiador son absolutamente distintos, y mi discordancia con respecto a los historiadores en la descripción de los acontecimientos y personajes de mi libro no debe sorprender al lector.
Pero el artista no debe olvidar que la representación popular de personajes y acontecimientos históricos no está basada en la fantasía, sino en los documentos que los historiadores han podido recoger. Por consiguiente, aunque de manera diversa, al representar esos personajes y acontecimientos el artista debe servirse, como el historiador, del material histórico. Siempre que en mi novela hablan o actúan personajes históricos, no los he inventado sino que me he servido de materiales históricos que han formado, durante mi trabajo, una verdadera biblioteca integrada por libros cuyos títulos no creo necesario citar aquí pero a los que puedo siempre remitir al lector.
6) Por último, la sexta consideración —para mí la más importante— se refiere a la poca trascendencia que, según mis ideas, tienen los llamados grandes hombres en los acontecimientos históricos.
Al estudiar una época tan trágica, tan rica en sucesos grandiosos y tan próxima a nosotros, y sobre la que aún perduran tantas y tan diversas tradiciones, he llegado a la convicción, para mí evidente, de que las causas de los hechos históricos son inaccesibles a nuestro entendimiento. Decir —cosa que parece a todos tan sencilla— que las causas de los sucesos de 1812 son el espíritu de conquista de Napoleón y la patriótica firmeza del zar Alejandro I es tan insensato como afirmar que las causas de la caída del Imperio romano deben buscarse en el hecho de que este o aquel bárbaro condujo sus pueblos a Occidente, o a que un determinado emperador romano gobernó mal, o a que una enorme montaña, socavada en sus bases, se hundió porque el último obrero dio el último golpe de pico.
Un acontecimiento así, en el que millones de hombres buscaron la manera de exterminarse mutuamente y mataron a millones de sus semejantes, no puede tener por causa la voluntad de un solo hombre: un solo individuo no puede ni socavar la base de una montaña ni obligar a morir a quinientos mil hombres. Pero entonces, ¿cuáles son las causas? Ciertos historiadores sostienen que el espíritu conquistador de los franceses o el patriotismo de los rusos. Otros hablan del espíritu democrático difundido por el ejército de Napoleón, o de la necesidad que Rusia tenía de entrar en relación con Europa, etcétera. Pero, ¿cómo millones de hombres empezaron a matarse, quién los indujo a ello? Parecería que todos tenían claro que esa matanza no beneficiaría a nadie, sino que dañaría a todos. ¿Por qué, entonces, lo hicieron? Es posible hacer, y se hacen, innumerables razonamientos retrospectivos sobre las causas de tan absurdo acontecimiento; pero el inmenso número de tales argumentos y el hecho de que responden a una finalidad común demuestran sólo que el número de causas es infinito y que ninguna de ellas merece ser considerada como verdadera.
¿Por qué millones de hombres trataron de matarse unos a otros, cuando, desde la creación del mundo, se ha demostrado que eso es un mal, física y moralmente hablando? Porque eso era tan inevitable, que, al hacerlo, los hombres obedecían a la misma ley natural y zoológica a que se someten las abejas cuando se destruyen al llegar el otoño, y por las cuales los animales machos se matan unos a otros. No puede darse otra respuesta a tan terrible pregunta.
Esto no sólo es evidente sino que resulta tan natural en la conciencia de todos que no valdría la pena probarlo si no hubiera en el hombre otro sentimiento que lo induce a creerse libre cada vez que lleva a cabo una acción.
Al considerar la historia desde un punto de vista general, se adquiere la certeza de una Ley Eterna en virtud de la cual se cumplen los acontecimientos. Pero si la contemplamos desde el punto de vista individual nos persuadimos de lo contrario.
Un hombre que mata a su semejante, Napoleón que da la orden de pasar el Niemen, vosotros y yo que presentamos una instancia para alistarnos, o levantamos o bajamos el brazo, estamos indudablemente convencidos de que cada uno de nuestros actos está fundado en motivos razonables y en nuestro libre albedrío, de tal modo que depende de nosotros mismos hacer esto o aquello. Y esa convicción está tan arraigada en nuestra naturaleza y es tan preciosa para nosotros que, a pesar de las pruebas de la historia y de las estadísticas sobre los delitos (que nos persuaden de la irresponsabilidad de los actos de otros hombres), extendemos la conciencia de nuestra libertad a todas nuestras acciones.
La contradicción parece insoluble. Al llevar a cabo un acto estoy convencido de que lo ejecuto en virtud de mi libre albedrío; pero si analizo el significado histórico de ese acto en conexión con la vida colectiva del género humano acabo por convencerme de que tal acto estaba determinado y era inevitable. ¿Dónde está el error?
Las observaciones psicológicas sobre la capacidad del hombre para explicar retrospectiva e instantáneamente un hecho con una serie completa de argumentaciones falsamente libres (como me propongo exponer en otro lugar con mayor detalle) confirman que la conciencia de libertad en el hombre al realizar un determinado acto es errónea. Pero esas mismas observaciones psicológicas demuestran que existe otra serie de actos en los que la conciencia de nuestra libertad no es retrospectiva, sino instantánea e indudable. Yo puedo, evidentemente y sea cual fuere la oposición de los materialistas, ejecutar una acción o abstenerme de ella en cuanto esa acción me afecta a mí solo. Es indudable que, por mi propia voluntad, acabo de levantar el brazo y ahora lo bajo. Puedo en este instante dejar de escribir. Vosotros podéis, en un segundo, dejar de leer. Por mi sola voluntad y fuera de todo obstáculo, puedo en un momento trasladarme con el pensamiento a América o pensar en un problema matemático. Puedo, poniendo a prueba mi propia libertad, levantar o bajar con fuerza mi brazo. Lo hago. Pero junto a mí hay un niño; levanto la mano y, con la misma fuerza, intento bajarla sobre él. No puedohacerlo. Un perro se echa sobre ese niño, y yo no puedodejar de golpear al perro. Estoy en filas y no puedo dejar de ir con el regimiento. En una batalla, no puedo dejar de ir al asalto con mi batallón, y no huir cuando todos huyen en derredor. No puedo. Cuando estoy en un tribunal, como defensor de un acusado, no puedo dejar de hablar o de conocer lo que voy a decir. No puedo por menos de cerrar los párpados cuando alguien dirige un golpe contra mi ojo.
Por tanto, existen dos clases de actos: unos dependen y otros no dependen de mi voluntad. Y el error que origina la contradicción proviene sólo de que la conciencia de ser libre que acompaña legítimamente cada uno de los actos que remiten a mi yo, a la parte más abstracta de mi ser, la extiendo ilegítimamente a mis actos realizados en unión con otras voluntades y dependientes del concurso de voluntades que no son la mía. Es bastante difícil delimitar el campo de la libertad y de la necesidad; la fijación de ese límite es objeto de la psicología; pero cuando observo las condiciones en que se manifiestan nuestra mayor libertad y nuestra mayor dependencia, no puedo dejar de reconocer que cuanto más abstracta y por consiguiente menos ligada a la actividad de otros hombres es nuestra actividad, tanto más libre es; y a la inversa, cuanto más ligada está nuestra actividad a la de los demás, menos libre es.