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5. Casares corrige y me pasa las páginas por él corregidas, junto con las correspondientes páginas de Lydia.

6. Yo aporto en pantalla las correcciones de Casares en el archivo que me envió Ricardo por Internet, vuelco el texto así corregido en el gran archivo de la novela entera (cuya plantilla difiere de la de Ricardo), vuelvo a imprimir las páginas de marras y se las paso (sin ningún otro texto que pueda servirle de referencia) a Elsa Otero, correctora, no meramente verificadora, “de segundas”.

7. Elsa hace las segundas correcciones tipográficas (en papel) y me devuelve las páginas corregidas.

8. Yo aporto ahora las correcciones de Elsa y vuelvo a imprimir en limpio.

9. Hago la penúltima lectura (en papel), corrigiendo lunares de estilo, puntuación, leísmos y algún laísmo totalmente excepcional.

10. Y a medida que hago esto, voy completando en pantalla las “notas” en el anexo —o sea: la traducción de lo que está en francés en el texto.

11. Todo este trabajo de ajuste cambia la paginación —alguna línea se alarga, alguna se acorta; debo revisar una última vez el texto (en pantalla) en cuanto a viudas, últimas líneas de párrafo de una sola sílaba, fines de línea repetidos, inicio de capítulos casi a pie de página, etcétera.

12. Por fin, vuelvo a imprimir las páginas en limpio. Con ello, tenemos el texto listo para imprenta. Pero... ¡un momento! ¿Lo tenemos? Creo que todavía no. He de resolver el problema de las cursivas.

El hecho es que estoy leyendo por sexta vez esta novela grandiosa. Es cierto que se trata de una lectura “editorial”, pero justamente por eso me está resultando fascinante párrafo a párrafo. Me permite entrar en los mínimos detalles, descubrir una infinidad de recursos del autor —su ciencia para comenzar o terminar capítulos, por ejemplo, lo que suele llamarse “el efecto teatral”. He aquí un caso, durante la evacuación de Moscú por los rusos:

Aquella noche llegó a la calle Povárskaia un nuevo herido y Mavra Kuzmínishna, que estaba en la puerta, lo hizo entrar en casa de los Rostov. Aquel herido, en opinión de Mavra Kuzmínishna, debía ser un personaje muy importante. Lo traían en un coche cerrado con la capota bajada. Un anciano ayuda de cámara, de porte respetable, iba en el pescante, junto al cochero. Detrás, en un carro, seguían el médico y dos soldados.

—Entren, por favor. Los señores se van; toda la casa queda vacía— dijo al viejo sentado en el pescante.

—No confiamos siquiera en traerlo con vida— respondió el ayuda de cámara suspirando. —También nosotros tenemos casa en Moscú, pero está lejos y no hay nadie.

—Entren aquí, por favor. En casa de mis señores. Hay todo lo necesario— dijo ella. —Acaso, ¿está tan mal?— agregó.

—No creemos que llegue con vida— respondió con desaliento el ayuda de cámara. —Hay que preguntarle al doctor.

Bajó del pescante y se acercó al carro.

—Está bien— dijo el médico.

El ayuda de cámara volvió al coche, echó una mirada dentro, movió la cabeza y ordenó al cochero que entrara en el patio; él se detuvo junto a Mavra Kuzmínishna.

—¡Señor mío Jesucristo!— dijo la mujer.

Mavra Kuzmínishna le propuso que llevaran al herido a la casa.

—Los amos no dirán nada...

Pero había que evitar las escaleras y por ello lo llevaron al pabellón y lo instalaron en la antigua habitación de madame Schoss.

Aquel herido era el príncipe Andréi Bolkonski.

Y así acaba el capítulo. Me pregunto: ¿alguien puede no estremecerse leyendo esto?

Y luego está su sentido del humor, deliberadamente sutil, casi hasta hacerlo pasar desapercibido. He aquí la descripción de un parvenu:

Berg, el yerno de los condes Rostov, era ya coronel en posesión de las cruces de San Vladimiro y Santa Ana y seguía ocupando su puesto tranquilo y grato de auxiliar del segundo jefe de la primera sección del Estado Mayor del segundo cuerpo del ejército.

Pero sobre todo uno descubre, una y otra vez, el robusto respaldo que a Tolstói le da la experiencia —nadie, antes o después que él, describe la persecución del lobo con las siguientes palabras:

La negra Milka, perra de fuertes flancos, apareció la primera al lado de la bestia; comenzó a acosarla. Más cerca, más cerca... Casi tocaba al lobo con su cabeza; pero la fiera apenas si la miró de reojo, y la perra, en vez de acelerar su carrera, como hacía siempre, levantó la cola y frenó apoyándose en las patas delanteras.

Dice que el lobo “apenas si la miró de reojo”. Hablando con amigos escritores, les cito esta frase de Tolstói y se produce un silencio. Luego suelen decir: Bueno, lo que pasa es que Tolstói hollaba tierras vírgenes —me dicen—, nadie había escrito esa frase antes, para describir la caza.

Y se produce otro silencio. La verdad es que no hay explicación: la frase habría podido no ser escrita nunca, y Tolstói la escribió.

21 de julio de 2003

Últimos retoques a la primera mitad del texto. Como en el sector de la construcción, lo más largo son las “terminaciones” —zócalos, puntos de luz, barnizado de mampostería, la mar en coche. Ya he hecho e intercalado los cinco mapas; gracias a la “materia prima” proporcionada por Fran Villalba tenemos una lista de personajes (¡unos doscientos!) y un índice con brevísimas glosas del contenido de cada capítulo; y ya está revisada la lista de las “notas” de esta primera mitad. Todo pide verificación (para eso se inventó el mes de agosto), sobre todo en lo atinente a los nombres de personajes y de lugares.

Pero ahora el texto requiere una última lectura por ojos frescos. He hablado con Miguel López quien, en principio, estaría dispuesto a hacerla durante el mes de agosto. Después de su trabajo (en papel) —ya prácticamente no habrá erratas que corregir— yo aportaré en pantalla los retoques de compaginación —serán poquísimos— y entonces, sólo entonces, podremos ir a imprenta.

Acabo de hablar con Eduardo Arroyo para pedirle el retrato de Tolstói que va en cubierta, y me dice que le han dicho que Eduardo Mendoza tiene casi terminada una traducción de... ¡ Guerra y paz! No me consta que Eduardo Mendoza sepa ruso, pero intento infructuosamente hablar con él desde hace una hora. Se verá. En todo caso, este libro es una (tal vez inacabable) ristra de sorpresas...

Arroyo me pidió algún retrato veraz de Tolstói y le mandé el de Kranskói, muy realista (tomado del natural en Yásnaia Polyana) y fechado poco tiempo después de la primera edición de Guerra y paz.

Estuve en Romanyà Valls el viernes pasado, por otras razones. De lo que no cabe ninguna duda es de la insuperable calidad de esa imprenta. Por ese lado no creo que haya sorpresa alguna.

Suena el timbre. El cartero me entrega la comunicación de que el Ministerio nos otorga una subvención para esta edición de Guerra y paz. Es dinero para Lydia, por supuesto.

24 de julio de 2003

Según me dice Ricardo, Lydia sólo tiene que entregarle las últimas ciento cincuenta páginas. Es decir que estamos al final. La novela tendrá unas mil setecientas páginas, a las que hay que sumarle unas ciento cincuenta páginas de anexos: ¡un total de unas mil ochocientas cincuenta páginas! Al ritmo que vamos, intuyo que podremos ir a imprenta a fines de septiembre, con lo que podremos estar en la calle en octubre, tal como estaba programado.

Hablé con Eduardo Mendoza, que se sorprendió mucho del infundio de que él esté traduciendo Guerra y paz. Supone que se debe a que, hace tiempo, hizo un prefacio para la novela, editada por Círculo de Lectores —en la traducción de Laín Entralgo y Alcántara, creo que retocada por Ricardo San Vicente. Le conté de nuestro trabajo de más de cuatro años y se mostró extremadamente feliz (sugirió una fiesta en Barcelona para presentar el libro). Considera que Guerra y pazes la mejor novela jamás escrita. Le dije: “¡Ya somos dos!”. Estuvimos comentando las varias traducciones (juzga muy cursi la de Constance Garnett, cosa que yo atribuyo al envejecimiento) y le aconsejé que leyera la de Einaudi, comenzada por Enrichetta Carafa d'Andria y terminada por Leone Ginzburg. Dice que la que siempre ha leído es la de “La Pléiade”, de Henri Mongault —que todos dicen que es excelente. La traducción francesa que yo tengo es la de Boris de Schloezer, que también es de Gallimard y también es excelente. Pero le hice notar la desgracia de los franceses, que se ven forzados a poner todo lo que Tolstói puso en francés, en cursiva (de otro modo el francés del original se perdería en el seno del francés de la traducción). Las páginas intimidan por la complejidad tipográfica.