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—Und die ganze Welt hoch! 154

—Und vivat die ganze Welt!— contestó Rostov, también quitándose la gorra y agitándola sobre su cabeza.

Aunque no hubiese motivo especial de alegría, ni para el alemán, que limpiaba su cuadra, ni para Rostov, que venía de hacerse cargo del forraje para el escuadrón, aquellos dos hombres, con alegre entusiasmo y amor fraternal, se miraron el uno al otro, agitaron la cabeza en señal de recíproco afecto y se separaron sonriendo: el alemán para volver a la cuadra y Rostov para entrar en la isba donde vivía con Denísov.

—¿Dónde está tu amo?— preguntó a Lavrushka, el asistente de Denísov, conocido por sus granujerías en todo el regimiento.

—No volvió esta noche. Seguro que ha perdido— respondió Lavrushka. —Lo conozco bien: cuando gana, vuelve en seguida para presumir, y cuando no vuelve hasta la mañana siguiente es señal de que lo han pelado y viene de mal humor. ¿Desea tomar café?

—Sí, dámelo.

Diez minutos después Lavrushka traía el café.

—Ya viene dijo. ¡Buena me espera!

Rostov miró por la ventana y vio a Denísov que se acercaba a la casa. Denísov era pequeño, de rostro colorado, ojos negros y brillantes, alborotados los cabellos y bigotes negros. Llevaba la guerrera desabrochada, calzones bombachos y el gorro de húsar chafado e inclinado hasta la nuca. Se acercaba con el rostro serio y la cabeza gacha.

—¡Lavrushka!— gritó con voz fuerte y gangosa. —¡Quítame ya eso, imbécil!

—¡Es lo que estoy haciendo!— respondió Lavrushka.

—¡Ah! ¿Ya estás levantado?— dijo Denísov, entrando en la habitación.

—Y no hace poco— replicó Rostov. —Fui ya por el forraje y he visto a Fräulein Mathilde.

—¡Vaya! Pues yo, hermano, toda la noche estuve perdiendo como un hijo de perra— gritó Denísov. —¡Una desgracia! ¡Una verdadera mala suerte!... En cuanto te fuiste, todo empezó a ir mal. ¡Eh, trae té!

Denísov, con un gesto que parecía una sonrisa, dejando ver sus dientes pequeños y fuertes, hundió los cortos dedos de ambas manos entre sus cabellos negros e hirsutos como un bosque.

—¡Es el diablo quien me llevó a casa de aquella rata!— añadió, refiriéndose a cierto oficial y pasándose las manos por la frente y la cara. —¡Figúrate que ni un solo naipe, ni uno solo me ha venido en toda la noche!

Tomó la pipa encendida que le daba el ordenanza, la apretó en el puño, dejando caer el fuego, golpeó con ella el suelo y siguió gritando:

—¡Simples ganas, dobles pierdes! ¡Te cede los simples, te mata a los dobles!

Se le cayó el resto del tabaco, rompió la pipa y la tiró.

Luego cesó en sus gritos y con sus brillantes ojos negros miró alegremente a Rostov.

—¡Si por lo menos hubiera mujeres! ¡Pero lo único que uno puede hacer aquí es beber! Si al menos nos batiésemos pronto... —¡Eh! ¿Quién está ahí?— gritó al oír unas pisadas fuertes, ruido de espuelas y una respetuosa tosecilla.

—El sargento anunció Lavrushka.

Denísov crispó aún más el rostro.

—¡Mal vamos!— dijo, echando a Rostov una bolsita con algunas monedas de oro. —Haz el favor de contar lo que hay ahí dentro y ponlo debajo de la almohada.

Salió a ver al sargento. Rostov cogió la bolsa y, apilando maquinalmente las monedas de oro nuevas y viejas, se puso a contarlas.

—¡Hola, Telianin! ¡Buenos días! ¡Me han desplumado esta noche!— oyó decir a Denísov desde la otra habitación.

—¿Dónde? ¿En casa de Bikov, en casa de la rata?... Me lo imaginaba— respondió una voz aguda; seguidamente en la habitación donde estaba Rostov entró un oficial de su escuadrón, el teniente Telianin.

Rostov guardó la bolsita bajo la almohada y estrechó la mano pequeña y húmeda que le tendía el recién llegado. Telianin, poco antes de la campaña, fue expulsado de la Guardia por razones que se desconocían. Su comportamiento en el regimiento era excelente, pero no lo querían, especialmente Rostov no podía vencer ni ocultar la repulsión inmotivada que aquel oficial le producía.

—¿Qué tal joven caballero? ¿Qué tal con mi Grachik— preguntó ( Grachikera un caballo de silla vendido por Telianin a Rostov).

El teniente no miraba nunca de frente a su interlocutor; sus ojos vagaban sin descanso de un objeto a otro.

—Lo he visto cuando pasaba...

—No está mal, es buen caballo— respondió Rostov, aunque aquel caballo, por el cual había pagado setecientos rublos, no valía ni la mitad. —Empieza a cojear un poco de la izquierda delantera— añadió.

—Se le habrá agrietado el casco, pero no es nada; le enseñaré a poner el remache.

—Sí, sí, por favor— aceptó Rostov.

—Lo haré, lo haré, no es ningún secreto. Y del caballo quedará usted contento.

—Voy a decir que lo traigan— dijo Rostov, impaciente por librarse de Telianin. Y salió para dar la orden.

En el zaguán, Denísov, con otra pipa en la boca, permanecía sentado en el umbral, escuchando el informe del sargento.

Al ver a Rostov, Denísov frunció el ceño y, señalando la habitación donde había quedado Telianin, hizo una mueca de disgusto y repulsión.

—No puedo aguantar a ese tipo— dijo sin hacer caso de la presencia del sargento.

Rostov se encogió de hombros como diciendo: “Tampoco yo, pero ¿qué le vamos a hacer?”, y después de dar las órdenes volvió a reunirse con Telianin.

Telianin mantenía la misma postura indolente de antes, cuando salió Rostov, y se frotaba sus pequeñas y blancas manos.

“Hay fisonomías repulsivas”, pensó Rostov al entrar.

—¿Qué, ha mandado que traigan el caballo?— preguntó Telianin levantándose y mirando en derredor con desenfado.

—Sí.

—Vamos entonces. Me había acercado para preguntar tan sólo a Denísov sobre la orden de ayer. ¿La ha recibido, Denísov?

—No, todavía no. ¿Adonde va?

—Quiero enseñar a este joven cómo se pone un remache— replicó Telianin.

Salieron al patio y pasaron a la cuadra. El teniente ensenó a Rostov la manera de hacerlo y se fue.

Cuando Rostov volvió a la habitación, había sobre la mesa una botella de vodka y embutidos. Denísov estaba sentado y escribía haciendo chirriar la pluma sobre el papel. Miró a Rostov con aire sombrío.

—Le escribo a ella— dijo.

Apoyó los codos en la mesa, con la pluma en la mano, y, contento de poder explicar de palabra cuanto pensaba escribir, expuso detalladamente a Rostov el contenido de su carta.

—Ya ves, amigo— comentó, —estamos como dormidos cuando no amamos. Somos hijos de la nada... Pero cuando nos enamoramos somos dios, puros como el primer día de la creación... ¿Quién es ahora? ¡Mándalo al diablo! ¿No tengo tiempo?— gritó a Lavrushka, que se le acercaba sin temor alguno.

—Pero... ¡lo mandó venir usted mismo! Es el sargento que viene por el dinero.

Denísov frunció el ceño, quiso gritar algo, pero no llegó a hacerlo.

—Mal asunto— dijo para sí. —¿Qué dinero ha quedado en la bolsa?— preguntó a Rostov.

—Siete monedas nuevas y tres viejas.

—¡Mal asunto! ¿Qué haces ahí, mamarracho? ¡Di al sargento que pase!— gritó Denísov a Lavrushka.

—Denísov, hazme el favor de aceptar algún dinero, yo tengo— dijo Rostov ruborizándose.

—No, no me gusta tomar prestado de los amigos— refunfuñó Denísov.

—Si no aceptas este dinero, como buen amigo, me ofenderé. Yo no lo necesito, te lo aseguro— repitió Rostov.

—Te digo que no— y Denísov se acercó a la cama para sacar la bolsita debajo de la almohada.

—¿Dónde la has puesto, Rostov?

—Debajo de la segunda almohada.

—Pues no está.

Denísov tiró las dos almohadas al suelo. La bolsa no aparecía.

—¡Qué raro!

—Espera, ¿no se te habrá caído?— Rostov cogió las almohadas una tras otra y las sacudió.

Lo mismo hizo con la colcha, pero la bolsa no aparecía.