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—Mire, príncipe— dijo otro, que tenía deseos de comer un pastelillo más y no se atrevía, fingiendo por ello contemplar el paisaje. —Mire, nuestros soldados ya están allí abajo; en el prado pasado el pueblo se ven tres que arrastran algo. Van a vaciar el palacio— dijo con un gesto de visible aprobación.

—Pues sí...— dijo Nesvitski. —Pero ahora lo que más me gustaría— prosiguió, mientras hacía desaparecer otro pastelillo entre sus labios húmedos y bien moldeados —es llegar allí.

Indicaba el monasterio cuyas torrecillas asomaban en lo alto de la montaña. Sonrió, relucieron sus ojos medio cerrados.

—Sería estupendo, ¿verdad, señores?

Los oficiales rieron.

—¡Siquiera fuese por dar un susto a las monjas! Dicen que hay allí unas italianas jovencitas. Daría cinco años de vida.

—Además, están aburridas— rió el oficial más audaz.

Entretanto, el oficial del séquito, que estaba delante de los demás, señalaba algo al general. Este miró con el anteojo.

—Sí, sí... Eso es dijo enfadado, apartando el anteojo y encogiéndose de hombros. —Eso es, atacaron el puente. Pero ¿por qué se entretienen tanto allí?

En la otra parte, y a simple vista, se veía al enemigo y el emplazamiento de una batería, de la que salió un penacho de humo blanco lechoso. Al humo siguió un estampido lejano. Pudo verse cómo las tropas rusas se apresuraban a cruzar el puente.

Nesvitski se levantó, resopló y se acercó sonriendo al general.

—¿No quiere tomar algo, Excelencia?

—Mal se ponen las cosas— comentó el general sin contestarle. —Los nuestros se entretienen mucho.

—¿Me acerco, Excelencia?— preguntó Nesvitski.

—Sí, haga el favor de acercarse— respondió el general. Y repitió la orden dada ya con todo detalle: —Diga a los húsares que crucen los últimos y quemen el puente, como se les ordenó; y que inspeccionen otra vez los materiales inflamables.

—Perfectamente— dijo Nesvitski.

Llamó al cosaco que tenía su caballo, le hizo recoger el morral y la cantimplora y subió con agilidad su pesado cuerpo sobre la silla.

—¡De verdad os digo que visitaré a las monjas!— gritó a los oficiales, que lo miraban sonriendo; y se alejó cuesta abajo por el sinuoso sendero de la montaña.

—Bueno, capitán; vamos a ver hasta dónde llega— dijo el general, volviéndose al capitán de artillería. —Diviértase un poco para olvidar el aburrimiento.

—¡Artilleros, a las piezas!— ordenó el oficial.

En un abrir y cerrar de ojos, los servidores dejaron las hogueras, corrieron a sus puestos y cargaron el cañón.

—¡Número uno!— gritó el oficial.

La pieza número uno dio un rápido respingo. Ensordecedor, con ruido metálico, atronó el disparo y, sobre las cabezas de los soldados rusos esparcidos bajo la montaña, la granada pasó silbando hasta caer muy lejos del enemigo, señalando el lugar de su explosión con una gran humareda.

Los rostros de los soldados y oficiales parecieron alegrarse al oír ese ruido; se pusieron todos en pie para observar los movimientos de las tropas rusas, visibles como si estuvieran sobre la palma de la mano, y los del enemigo que se acercaba. En aquel mismo instante asomó definitivamente el sol entre las nubes y el hermoso sonido de aquel solitario cañonazo se fundió con el esplendor radiante de la luz en una sensación de bravura y de júbilo.

VII

Dos granadas enemigas habían pasado sobre el puente, donde reinaba gran confusión. El príncipe Nesvitski, de pie en la mitad del puente, había sido empujado contra el pretil. De vez en cuando se volvía sonriente al cosaco que permanecía atrás llevando los dos caballos por la brida. Cada vez que el príncipe Nesvitski quería avanzar, los soldados y los carros volvían su grueso cuerpo contra el pretil; pero la sonrisa no lo abandonaba.

—¡Eh, amigo!— dijo el cosaco a un soldado que guiaba un furgón y metía ruedas y caballos sobre las aglomeraciones de la infantería. —¡Cómo eres! ¿No puedes esperar? ¿No ves que el general quiere pasar?

Pero el conductor del furgón, sin hacer caso al título de “general”, gritó a los soldados que le impedían el paso:

—¡Eh, paisanos! ¡Echaos hacia la izquierda!

Pero los paisanos, hombro con hombro, seguían avanzando como una masa compacta entre una confusión de bayonetas enganchadas entre sí. El príncipe Nesvitski miró desde el pretil del puente las aguas del Enns, que, pequeñas, rápidas y tumultuosas, contorneaban los pilotes y volvían, adelantándose unas a otras. Pero cuando miraba hacia el puente veía soldados, parecidos unos a otros, gorros, quepis, mochilas, bayonetas, largos fusiles y, bajo los quepis, rostros —con mejillas hundidas y anchos pómulos que expresaban cansancio y despreocupación, pies que se movían en el pegajoso fango amontonado en las tablas del puente. De vez en cuando se destacaba sobre la masa soldadesca algún oficial con capa, de rostro diferente del de los demás, como una salpicadura de blanca espuma. A veces, las olas de la infantería se llevaban por el puente, igual que gira una astilla en las aguas, a un húsar a pie, un ordenanza o un vecino del pueblo; en otras ocasiones era el carruaje de la compañía o de algún oficial, lleno hasta los topes y tapado con pieles, el que cruzaba el puente rodeado de agua por todas partes, igual a un tronco rodeado por el río.

—Es como si se hubiera roto un dique— dijo el cosaco, deteniéndose desesperado. —¿Quedáis todavía muchos?

—Un millón menos uno— respondió burlón un soldado que pasaba cerca con el capote roto, guiñándole un ojo.

Detrás venía otro soldado ya viejo.

—Si el enemigo empieza a disparar ahora sobre el puente— comentó volviéndose con aire sombrío a un compañero no te quedarán ganas de rascarte.

También este soldado viejo pasó. Detrás, sobre una carreta, venía otro.

—¿Dónde demonios habrás metido los peales?— preguntaba un asistente que corría tras la carreta y buscaba en las bolsas traseras.

También ellos pasaron.

Venían después unos soldados alegres, evidentemente bebidos.

—¡Menudo golpe le dio el amigo con la culata en la boca!— decía alegremente un soldado que, con el capote muy subido, agitaba una mano.

—Parece que sepa lo bien que sabe el jamón— replicó el otro riendo.

Y pasaron tan rápidamente que Nesvitski no pudo saber a quién habían golpeado en la boca ni qué significaba lo del jamón.

—¡Vaya prisa que llevan! Han disparado con cartuchos de fogueo y pensáis que os van a matar a todos— ahora hablaba un suboficial, que reprochaba enfadado a sus hombres.

—Cuando la granada pasó tan cerca, abuelo, me quedé medio muerto— comentaba un joven soldado de enorme boca, conteniendo a duras penas la risa. —Te juro que me asusté de veras— y parecía jactarse de su propio miedo.

También éste pasó. Detrás venía un carro distinto de los demás. Era un carro alemán tirado por dos caballos y parecía llevar dentro una casa entera. Tras el carro, conducido por un alemán, iba una vaca de ubres enormes. Dentro del carro, sentadas sobre un edredón, iban una mujer con un niño de pecho, una anciana y una robusta muchacha alemana de rubicundo rostro. Estos paisanos habían conseguido evidentemente un permiso especial para pasar con las tropas. Los ojos de todos los soldados estaban fijos en las mujeres, y mientras el carro avanzaba despacio, paso a paso, todos sus comentarios se referían a ellas.

En todos los rostros vagaba la misma sonrisa, suscitada por los licenciosos pensamientos que provocaba la mujer.

—¡Mira! También se va el salchicha.

—¡Véndeme a la madre!— dijo, subrayando la última palabra, un soldado al alemán, quien, con los ojos en el suelo, avanzaba a grandes pasos, lleno de cólera y de miedo.

—¡Diablos! ¡Qué bien vestida va!

—Debías alojarte en su casa, Fedótov.

—Ya he visto muchas, amigo.

—¿Adonde van?— preguntó un oficial de infantería, que mordisqueaba sonriente una manzana sin dejar de mirar a la hermosa muchacha.