El alemán cerró los ojos para dar a entender que no comprendía.
—¿La quieres? ¡Tómala!— dijo el oficial, tendiendo la manzana a la joven. Ella sonrió y la cogió.
Nesvitski, como todos cuantos estaban en el puente, no apartó los ojos de las mujeres mientras pasaban; luego vinieron otros soldados, con las mismas conversaciones, y poco después todo se detuvo. Como suele ocurrir, a la salida del puente se habían puesto tozudos los caballos de un carro de compañía y todos hubieron de esperar.
—¿Por qué se detienen ahora? ¡No hay orden!— gritaban los soldados. —¿Por qué empujas? ¡Diablo! ¿No puedes esperar? Peor será cuando incendien el puente. ¡Estáis aplastando a un oficial!— gritaban desde diversas partes, mirándose unos a otros y empujando todos hacia la salida del puente.
Nesvitski se había vuelto para mirar las aguas del Enns cuando oyó de pronto un sonido nuevo para él, de algo voluminoso, que se acercaba rápidamente... y cayó chapoteando en el agua.
—¡Mira adonde apuntan!— dijo muy serio un soldado que estaba cerca, volviéndose hacia el lugar del ruido.
—¡Nos animan para que pasemos antes!— comentó, inquieto, otro.
La muchedumbre se puso en marcha de nuevo. Nesvitski comprendió que era un disparo de cañón.
—¡Eh, cosaco! ¡El caballo!— gritó. —Vosotros, apartaos, apartaos, ¡paso!
Llegó con gran esfuerzo hasta su caballo y, sin dejar de gritar, avanzó entre los soldados. Éstos se apretaban para abrirle camino, pero de nuevo volvían a empujarlo; sintió dolor en una pierna; y no tenían la culpa los más próximos, que a su vez eran apretujados con mayor fuerza aún por los que venían detrás.
—¡Nesvitski! ¡Nesvitski! ¡Oye, jeta fea!— gritó a sus espaldas una bronca voz.
Se volvió Nesvitski y vio a quince pasos de sí, entre la masa de la infantería en movimiento, a Vaska Denísov, colorado, negro, con el pelo revuelto, la gorra sobre la nuca y el dormán echado al desgaire sobre un hombro.
—¡Manda a esos demonios que dejen pasar!— gritaba enfurecido Denísov; sus ojos inquietos brillaban, negros como el carbón; con su pequeña mano, roja igual que la cara, agitaba el sable envainado.
—¡Eh, Vaska! ¿Qué le pasa?- respondió alegremente Nesvitski.
—El escuadrón no puede pasar vociferó Vaska Denísov, mostrando rabiosamente sus blancos dientes y espoleando a su hermoso potro negro, Beduino, que, entre empujones y bayonetas, movía las orejas y golpeaba con los cascos la madera del puente, bufando y salpicando de espuma a cuantos lo rodeaban, dispuesto a saltar el pretil si su dueño se lo hubiese consentido.
—¿Qué es esto? ¡Parecen borregos, verdaderos borregos! ¡Fuera!... ¡Paso!... ¡Quieto ahí, carro del demonio! ¡Voy a acabar con todos a sablazos!— gritaba Denísov. Y sin esperar más, desenvainó el sable y empezó a blandirlo por encima de los soldados.
Éstos, asustados, se apretujaron más aún y Denísov pudo unirse a Nesvitski.
—¿Cómo es que no estás borracho hoy?— preguntó Nesvitski cuando tuvo cerca a Denísov.
—No te dan tiempo ni para beber— respondió Vaska Denísov. —Todo el día está el regimiento de acá para allá. Si hay que luchar, empecemos; porque así ni el diablo sabe lo que hacemos.
—¡Qué elegante estás hoy!— comentó Nesvitski mirando el dormán nuevo de Denísov y los arreos de su caballo.
Denísov sonrió; sacó de la bolsa un pañuelo perfumado y lo acercó a la nariz de Nesvitski.
—¿Qué quieres que haga? Voy al combate; ya lo ves, me he afeitado, me he limpiado los dientes y me he perfumado.
El aspecto imponente de Nesvitski, acompañado de su cosaco, y la energía de Denísov, que seguía gritando y blandiendo el sable, hicieron tal efecto que pudieron llegar al término del puente y detener la infantería. Junto a la salida, Nesvitski encontró al coronel a quien debía comunicar las órdenes; y una vez hecho esto, volvió sobre sus pasos.
Ya despejado el camino, Denísov se detuvo a la entrada del puente. Sujetó sin esforzarse al potro que relinchaba impaciente por acercarse a los suyos y miró al escuadrón que venía a su encuentro. El ruido metálico de los cascos resonó sobre las tablas del puente, como si algunos caballos avanzaran al galope, y el escuadrón, con sus oficiales al frente y los hombres en filas de a cuatro, se extendió sobre el puente y comenzó a salir.
Los de infantería, obligados a detenerse, apretujados sobre el revuelto fango de las tablas, miraban a los húsares apuestos, limpios, elegantes, que desfilaban gallardos, con ese sentimiento de animadversión, lejanía y burla tan frecuente cuando se encuentran distintas armas del ejército:
—¡Mira qué elegantes van esos muchachos!— comentaban. —Como si estuvieran pasando revista.
—Éstos sirven para poco. Los llevan para exhibirlos tan sólo— decía otro.
—¡Eh, infantería, no levantéis polvo!— bromeó un húsar cuyo caballo salpicó de barro a un infante cercano.
—¡Tendrías que hacer dos marchas con la mochila al hombro! ¡Ya verías en qué quedaba tanta presunción!— respondió el soldado, limpiándose con la manga el barro de la cara. —¡Fijaos en él, no es un hombre, es un pájaro!
—¡Si tú montases, Zikin, estarías precioso!— bromeó un cabo dirigiéndose a un soldado flaco que avanzaba encorvado bajo el peso de la mochila.
—Si te pones un palo entre las piernas tendrás caballo— terció el húsar.
VIII
El resto de la infantería atravesó el puente deprisa apretándose en cuña hacia la entrada. Pasaron por fin todos los carros, las apreturas cedieron y el último batallón pudo entrar en el puente. Al otro lado, frente al enemigo, solo quedaban los húsares de Denísov. Los franceses eran visibles desde la montaña de enfrente, pero no desde el puente, ya que desde la cañada por donde corría el río, el horizonte estaba limitado a medio kilómetro de distancia por una colina. Se extendía delante un espacio desierto, en el que se movían patrullas de cosacos. De pronto, en las alturas opuestas del camino, aparecieron tropas vestidas con capote azul, y artillería. Eran los franceses. La patrulla descendió al trote. Todos los oficiales y soldados del escuadrón de Denísov, por más que pretendieran distraerse hablando de cosas ajenas a lo que sucedía y mirando hacia otra parte, no cesaban de pensar en lo que había en la colina y volvían una y otra vez los ojos hacia las manchas que aparecían en el horizonte y que identificaban como tropas enemigas. Hacia las doce el cielo se había aclarado de nuevo y el sol brillaba limpio sobre el Danubio y las oscuras montañas que lo rodeaban. Todo estaba en calma, y desde la otra montaña llegaban de vez en cuando los sones de las trompetas y los gritos del enemigo. Entre los franceses y el escuadrón no había nadie, salvo algunas patrullas aisladas. Los separaba un vacío de unos seiscientos metros que permanecía desierto. El enemigo había cesado el tiroteo y podía percibirse mejor aquella línea terrible, amenazadora, rigurosa e imperceptible que dividía a dos ejércitos enemigos.
"Un paso más allá de esa línea, que recuerda la divisoria entre los vivos y los muertos, y se cae en lo desconocido, en el dolor y en la muerte. ¿Y qué hay allí, quién está detrás de ese campo, de aquel árbol, de aquella techumbre iluminada por el sol? Nadie lo sabe, pero querrían saberlo. Es terrible cruzar esa raya, pero querrían hacerlo. Nadie ignora que tarde o temprano habrá que cruzarla y conocer entonces lo que hay más allá, en la otra parte de la divisoria; lo mismo que algún día habrá que saber fatalmente qué hay más allá, al otro lado de la muerte. Y a pesar de todo uno se siente fuerte, sano, alegre y excitado rodeado por otras personas que se sienten también fuertes, alegres y excitadas.” Si no lo piensa, así siente, al menos, todo hombre a la vista del enemigo, y esa sensación infunde un brillo especial y una jubilosa rudeza a cuantas impresiones se suceden en esos instantes.
Una nubecilla blanca surgió de la colina donde estaba el enemigo y un proyectil pasó silbando sobre las cabezas del escuadrón de húsares. Los oficiales que permanecían juntos se separaron para ocupar sus puestos; los húsares alinearon rápidamente los caballos. En el escuadrón se hizo un gran silencio. Todos miraban delante de sí al enemigo y al jefe del escuadrón, cuyas órdenes esperaban. Se sucedieron un segundo y un tercer disparos. Evidentemente estaban tirando sobre los húsares; pero los proyectiles, con su silbido uniforme, pasaban por encima del escuadrón y caían a sus espaldas. Los húsares, de rostros parecidos y muy distintos, no se volvían, pero a cada nuevo silbido, como obedeciendo a una orden, contenían la respiración mientras volaba el proyectil, se erguían sobre los estribos y después se dejaban caer. Los soldados, sin volver la cabeza, se miraban de reojo, curiosos del efecto producido en sus compañeros. En todas las caras, desde Denísov hasta el trompeta, era fácil observar, junto a los labios y el mentón, un rasgo común: espíritu combativo, tensión nerviosa y emoción. El suboficial de alojamiento fruncía el ceño mirando a los soldados, como amenazándolos con algún castigo. El cadete Mirónov se inclinaba al paso de cada proyectil. Rostov, en el flanco izquierdo, montado sobre su Grachik, que, a pesar de la fatiga, conservaba su bella estampa, mostraba el aire radiante de un escolar llamado a examen ante un gran público y seguro de distinguirse en la prueba. Miraba a todos con clara y serena expresión como pidiendo que se fijasen en lo tranquilo que estaba ante el estallido de los obuses. Pero en su boca aparecía, muy a su pesar, un nuevo gesto de gravedad.