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—¿Quién saluda por ahí? Eso no está bien, Mirónov. ¡Mírame a mí!— gritó Denísov, que no podía estarse quieto e iba y venía en su caballo delante del escuadrón.

Vaska Denísov, con su cabeza de cabellos negros, su pequeña nariz chata y su bien proporcionada figura, empuñando con la mano surcada de venas, de cortos y velludos dedos, el sable desenvainado, estaba tan arrogante como solía estarlo siempre, sobre todo al atardecer, después de haber bebido un par de botellas. Estaba, sí, un poco más colorado que de costumbre, y su cabeza de abundante pelo se erguía como la de los pájaros cuando beben. Hincó sin piedad las espuelas en los costados de su noble Beduinoy, como cayendo hacia atrás, se dirigió al otro flanco del escuadrón para gritar con voz ronca a sus hombres que revisaran bien las pistolas. Se acercó a Kirsten. El capitán segundo se aproximó al paso sobre su grande y pesada yegua. Con sus mostachos poderosos, Kirsten permanecía serio y grave como siempre, aunque sus ojos brillaban más de lo acostumbrado.

—¿Qué hay?— dijo a Denísov. —No llegaremos a las manos. Ya verás como nos mandan volver.

—¡El diablo sabe lo que hacen!— gruñó Denísov. —¡Hola, Rostov!— se volvió al joven al ver lo alegre que estaba. —Por fin entras en fuego.

Y sonrió con gesto de aprobación, evidentemente feliz por la alegría del cadete. Rostov se sintió plenamente dichoso. En aquel instante apareció sobre el puente un general. Denísov galopó hacia él.

—¡Excelencia! ¿Me permite que los ataque? Los haré retroceder.

—¡Para ataques estamos!— dijo el general con voz aburrida, haciendo muecas como si tratara de sacudirse una mosca inoportuna. —¿Por qué está aquí? ¿No ve que los flanqueadores se están retirando? Vuelva atrás con el escuadrón.

El escuadrón, en efecto, volvió a cruzar el puente hasta colocarse fuera del radio de acción de los proyectiles, sin sufrir una sola baja. Seguidamente, pasó un segundo escuadrón, que estaba en cadena, y salieron los últimos cosacos.

Dos escuadrones del regimiento de Pavlograd, después de atravesar el puente uno tras otro, se dirigieron hacia la montaña. El coronel Karl Bogdánich Schubert se acercó al escuadrón de Denísov y puso su caballo al paso, no lejos de Rostov, al que no dirigió ni una sola mirada aunque se veían por primera vez después de la discusión originada por el robo de Telianin. Y ahora Rostov, que allí en las filas se sentía bajo el poder de aquel hombre ante el cual se consideraba culpable, no dejaba de mirar su espalda atlética, su rubia cabeza y su cuello rojo. A veces le parecía que el coronel Bogdánich fingía no reparar en él pero que su objetivo era probar el valor del cadete; entonces, se enderezaba orgulloso y miraba alegremente a su alrededor; otras, pensaba que Bogdánich se había aproximado para mostrarle su propio valor, que emprendería un desesperado ataque sólo para castigarlo a él; o que, tras el ataque, del que saldría herido, el coronel se le acercaría para tenderle la mano, con un magnánimo gesto de reconciliación.

La silueta de Zherkov, de hombros muy erguidos, bien conocida por los húsares (había causado baja recientemente en el regimiento), se acercó al coronel. Al verse fuera del Estado Mayor hizo por marcharse también del regimiento; no era tan estúpido, según decía, como para pasar fatigas en el frente cuando en los Estados Mayores se ganaban más condecoraciones sin tanto trabajo; y así logró hacerse nombrar oficial de órdenes del príncipe Bagration. Ahora llegaba hasta su antiguo superior con una orden del jefe de la retaguardia.

—Mi coronel— dijo con grave seriedad al enemigo de Rostov, mirando a sus compañeros. —Traigo la orden de parar e incendiar el puente.

—¿Quién mandar?— preguntó sombríamente el coronel.

—No sé, mi coronel, quién mandar— replicó Zherkov con la misma seriedad, —pero el príncipe me dijo: “Ve y di al coronel que los húsares se retiren pronto y prendan fuego al puente”.

Detrás de Zherkov, un oficial de escolta se acercó al coronel de húsares con la misma orden. Y sobre un caballo cosaco que a duras penas podía con él, llegó a galope el corpulento Nesvitski.

—Pero ¿qué ocurre, mi coronel?— gritó antes aún de frenar —Le dije que incendiara el puente. Y ahora alguien ha confundido las órdenes. Allá arriba todos están locos y nadie se entiende.

El coronel detuvo sin prisas al regimiento y se volvió a Nesvitski:

—Me habló de material inflamable— dijo, —pero no me ha dicho nada de incendiar el puente.

—Cómo, padrecito— dijo Nesvitski, quitándose la gorra y alisándose con su regordeta mano los cabellos humedecidos por el sudor, —¿no le dije que era necesario quemar el puente una vez puestas las materias inflamables?

—¡Yo no ser “padrecito” suyo, señor oficial de Estado Mayor, y usted no me dijo nada de quemar puente! Conozco bien mis obligaciones y tener costumbre de cumplir estrictamente las órdenes que recibo. Usted dijo que “se pegaría fuego al puente”, pero ¿quién debía hacerlo? Yo no soy Espíritu Santo para saberlo todo...

—Siempre lo mismo— dijo Nesvitski, y encogiéndose de hombros se volvió a Zherkov: —¿Cómo estás aquí?

—Vine para lo mismo. Pero tú estás empapado... Ven, que te escurra.

—Usted decir, señor oficial...— prosiguió el coronel con tono ofendido.

—Mi coronel— interrumpió el oficial de la escolta, —hay que darse prisa; si no, el enemigo adelantará sus cañones a tiro de metralla.

El coronel miró en silencio al oficial de la escolta, al grueso oficial de Estado Mayor, a Zherkov y frunció el ceño.

—Yo incendiar puente— dijo con voz solemne, como queriendo expresar que, a despecho de todos los disgustos que le habían causado, él haría cuanto fuera preciso.

Y espoleando al caballo con sus largas y musculosas piernas, como si la culpa de cuanto ocurría fuese del animal, el coronel se dirigió a la cabeza del segundo escuadrón, en el cual servía Rostov bajo el mando de Denísov, y dio orden de regresar al puente.

“Así es —pensó Rostov—. Quiere probarme.”

Se le oprimió el corazón y la sangre afluyó a su rostro.

“Bien, que vea si soy cobarde o no.”

De nuevo apareció en los rostros animados de los soldados la misma expresión de gravedad de cuando estaban bajo el fuego de los cañones. Rostov miraba fijamente a su enemigo, el coronel, con el deseo de encontrar confirmadas, en aquel rostro, sus propias suposiciones. Pero el coronel no se volvió ni una sola vez hacia Rostov y, como siempre que estaba en su puesto al frente de las tropas, miraba con severa solemnidad.