—Deprisa, deprisa— gritaron cerca de él algunas voces.
Los húsares echaron pie a tierra con un enredo de bridas y sables y gran alboroto de espuelas, sin saber a ciencia cierta qué debían hacer; se santiguaron. Rostov ya no miraba al coronel, ni tenía tiempo para eso. Sentía miedo, su corazón latía apresurado por el temor de quedar rezagado de los húsares. Su mano temblaba cuando entregó el caballo al caballerizo, y sintió cómo afluía la sangre a su corazón. Denísov, echado hacia atrás, pasó a caballo delante de él, gritando. Rostov no veía ya sino a los húsares que corrían por un lado y por otro, enganchándose con las espuelas y provocando un gran estrépito con los sables.
—¡Una camilla!— gritó a sus espaldas una voz.
Rostov no pensó en lo que significaba la petición de una camilla; corría sólo con la idea de ser el primero en llegar. No miraba al suelo, y ya cerca del puente dio un paso en falso y cayó de bruces en el fango pegajoso. Los demás siguieron adelante.
—Por ambas partes, capitán— oyó la voz del coronel, quien, a caballo, avanzó hasta las inmediaciones del puente, con rostro triunfante y jubiloso.
Rostov se limpió las manos en el pantalón, miró a su enemigo y quiso avanzar más que él, pensando que, cuanto más avanzara, mejor resultaría todo. Pero aunque Bogdánich no lo miraba, ni sabía quién era, gritó con cólera.
—¿Quién correr en medio del puente? ¡A la derecha, cadete, a la derecha! ¡Atrás!— y se volvió a Denísov, que, en un alarde de valor, había entrado en el puente a caballo.
—¿A qué venir esa imprudencia, capitán? ¡Mejor haría en desmontar!
—¡Bah! ¡Siempre hallará un culpable!— respondió Vaska Denísov, volviéndose sobre la silla.
Entretanto, Nesvitski, Zherkov y el oficial de escolta se hallaban juntos, fuera del alcance de los proyectiles, y miraban tan pronto a ese reducido grupo de hombres con quepis amarillos, dormanes verdes bordados y pantalones de montar azules que trajinaban junto al puente como hacia los capotes azules que se iban aproximando desde lejos, y a otros que llevaban caballos y cañones fácilmente reconocibles.
“¿Lograrán quemar el puente? ¿Quién llegará primero? ¿Conseguirán incendiarlo antes de que los franceses se acerquen a tiro de cañón y los barran a todos?” Tales preguntas se hacían los escasos grupos de soldados que, a la clarísima luz del crepúsculo, contemplaban sobrecogidos el puente hacia el cual, desde la otra parte, avanzaban los capotes azules con sus bayonetas y sus cañones.
—¡Ah, mal lo pasarán los húsares!— dijo Nesvitski, —están a tiro de metralla.
—No debió mandar tanta gente— comentó el oficial de escolta.
—En efecto— comento Nesvitski, —bastaba con dos valientes...
—¡Ah, Excelencia!— terció Zherkov, sin desviar los ojos de los húsares, pero siempre con aquel gesto ingenuo que impedía comprender si hablaba en broma o en serio. —¡Ah, Excelencia! ¿Qué dice? ¿Enviar dos soldados? ¿Quién nos daría entonces la cruz de San Vladimiro? Así, aunque los diezmen, se podrá proponer a todo el escuadrón para una recompensa, y aun a nosotros nos puede llegar alguna banda. Nuestro Bogdánich sabe bien lo que hace.
—¡Van a disparar con metralla!— exclamó el oficial de escolta. Y señaló a los cañones franceses que estaban siendo emplazados en posición de tiro.
En el campo enemigo, donde se encontraban los cañones, apareció un penacho de humo, luego otro y un tercero casi simultáneos; y en el momento en que se oía el estampido del primer disparo apareció el cuarto. Dos estampidos, uno tras otro, y un tercero.
—¡Oh! ¡Oh!— exclamó Nesvitski, como si sintiera un dolor agudo, apretando el brazo del oficial de escolta. —¡Mire, ha caído uno, ha caído, ha caído!
—Me parece que son dos.
—¡Si yo fuese rey no haría nunca la guerra!— dijo Nesvitski volviéndose de espaldas.
Los cañones franceses fueron cargados apresuradamente de nuevo; la infantería de los capotes azules corrió hacia el puente. Otra vez, pero con intervalos distintos de tiempo, se vieron los humos, y la metralla tableteó sobre el puente. Esta vez Nesvitski no pudo ver lo que ocurría allá abajo: una densa humareda lo había envuelto todo. Los húsares habían conseguido incendiar el puente y las baterías francesas no disparaban ya para impedirlo, lo hacían porque los cañones estaban emplazados y había un blanco sobre el cual disparar.
Los franceses consiguieron disparar tres salvas de metralla antes de que los húsares volvieran a sus caballos. Dos de ellas no dieron en el blanco, pero la tercera y última cayó en medio de los húsares y causó tres bajas.
Rostov, preocupado por lo que pudiera pensar Bogdánich, se detuvo en el puente sin saber qué hacer. No había nadie a quien herir con el sable (como se había imaginado siempre al pensar en el combate) ni podía ayudar al incendio del puente, porque no llevaba una brazada de paja como los demás soldados. Estaba en pie y miraba en torno cuando de pronto llegó a él un ruido como de nueces al raer al suelo y uno de los húsares, el más próximo, cayó sobre el pretil gimiendo. Rostov y algún otro corrieron hacia él. De nuevo alguien gritó: “¡La camilla!", y cuatro hombres cogieron al húsar caído y se lo llevaron.
—¡Oh, oh!... ¡Dejadme! ¡En nombre de Cristo, dejadme! gimió el herido. Pero sin hacerle caso lo habían colocado en la camilla.
Nikolái Rostov se volvió como buscando algo y miró a lo lejos, a las aguas del Danubio, al cielo y al sol. ¡Qué hermoso era el cielo tan azul, tan sereno, tan profundo! ¡Qué brillante y majestuoso el sol en el ocaso! ¡Y qué tersa y cristalina brillaba el agua en el lejano Danubio! Más bellas aún eran las montañas azulencas, tras el río, el monasterio y los misteriosos desfiladeros, los bosques de pinos envueltos en niebla hasta la copa... Todo era allí paz y felicidad... “Nada desearía, nada desearía si estuviese allí —pensó Rostov—. Dentro de mí y en ese sol hay tanta felicidad y aquí... gemidos, sufrimientos, miedo, incertidumbre, prisas... De nuevo gritan algo, otra vez se vuelven todos corriendo... y yo corro como ellos y ella... la muerte está cerca, me rodea... Un instante más y ya no veré este sol, esas aguas, esos desfiladeros...”
En aquel momento el sol empezó a esconderse tras las nubes, aparecieron delante de él otras camillas. Y el miedo a la muerte y a las camillas y el amor al sol y a la vida, todo se confundió en una sola y turbadora impresión de inquietud.
“Oh, Dios mío, Señor, Aquel que está en ese cielo, sálvame, perdóname y protégeme”, murmuró Rostov.
Los húsares corrieron hacia los caballos; las voces se hicieron más fuertes y tranquilas; las camillas desaparecieron de su vista.
—¿Qué tal, hermano? ¿Has olido la pólvora?— le gritó Denísov muy cerca de él.
“Todo ha concluido y yo soy un cobarde; sí, soy un cobarde”, pensó Rostov. Y suspirando profundamente recibió de las manos de su asistente el caballo y montó.
—¿Qué era eso? ¿Metralla?— preguntó a Denísov.
—¡De la buena!— gritó Denísov. —¡Se ha trabajado bien! Y eso que el asunto no era agradable. El ataque en campo abierto es una gran cosa: descarga el sable cuanto quieras; pero aquí, ¡diablos!, disparan sobre ti como en el tiro al blanco.
Y Denísov se alejó hacia el grupo que formaban el coronel, Nesvitski, Zherkov y el oficial de escolta.
“Parece que nadie se dio cuenta...”, pensó Rostov.
Y así era, nadie se había dado cuenta, porque todos conocían lo que experimentaba un cadete bisoño cuando entraba en luego por primera vez.
—Habrá un buen parte— comentó Zherkov; —pudiera ser que me ganara un ascenso.
—Informe al príncipeque fui yo quien quemar puente— dijo el coronel en tono solemne y festivo.
—¿Y si pregunta por las bajas?
—¡Poca cosa!— replicó con voz de bajo el coronel; —dos heridos y uno muerto en el acto— añadió con visible alegría, sin poder reprimir una sonrisa feliz al pronunciar la hermosa frase en el acto.
IX