Miró fijamente al príncipe Andréi y distendió de pronto la piel arrugada de su frente.
—Ahora, amigo mío, me llega el turno de los “porqués"— dijo Bolkonski. —Le confieso que no comprendo; puede que existan sutilezas diplomáticas superiores a mi débil inteligencia, pero no comprendo. Mack pierde todo un ejército, los archiduques Fernando y Carlos no dan señales de vida y cometen error tras error; sólo Kutúzov alcanza, por fin, una victoria real, destruye el charme de los franceses y el ministro de la Guerra no siente el menor interés por conocer detalles.
—Precisamente por eso, querido amigo. Voyez-vous, mon cher. ¡Hurra por el Zar, por Rusia, y por la fe! Tout ça est bel et bon, 158pero ¿qué puede importarle a la Corte austríaca la noticia de vuestras victorias? Si hubiese traído cualquier buena noticia sobre la victoria de los archiduques Fernando o Carlos (un archiduc vaut l’autre, 159como usted sabe) sobre una compañía de bomberos de Bonaparte, sería otra cosa; entonces atronarían los cañones. Pero sus noticias parecen traídas a propósito para irritarlos. El archiduque Carlos no hace nada; Fernando se cubre de oprobio. Ustedes abandonan Viena sin defenderla, comme si vous nous disiez: 160Dios está con nosotros y allá Dios con vosotros, con vuestra capital. Llevan a la muerte a Schmidt, un general a quien aquí todos queríamos, y vienen a damos el parabién por la victoria... Reconozca que no se puede inventar nada más irritante que esa noticia que usted ha traído. C’est comme un fait exprés, 161comme un fait exprés. Por otra parte, aunque hubiesen logrado una victoria realmente brillante, o aun si el vencedor fuera el mismo archiduque Carlos, ¿qué cambiaría esto en el curso de las cosas? Es ya demasiado tarde cuando Viena está ocupada por las tropas francesas.
—¿Ocupada? ¿Viena ocupada?
—No sólo ocupada, sino que Bonaparte se encuentra en Schcenbrünn, y el conde, nuestro querido conde Wrbna, va allí a recibir órdenes.
Bolkonski, después de la fatiga y las impresiones del viaje, de la acogida austríaca y, sobre todo, después de la cena, advertía su incapacidad para comprender la trascendencia de esas palabras. Bilibin prosiguió:
—Esta mañana estuvo aquí el conde Lichtenfels; me mostró una carta en la que se cuentan detalles del desfile de los franceses en Viena. Le prince Murat et tout le tremblement... 162Ya ve que su victoria no es una novedad grata y que usted no puede ser recibido como un salvador...
—En realidad, todo me da igual, absolutamente todo— dijo el príncipe Andréi, quien comenzaba a comprender que la victoria de Krems era muy poca cosa en comparación con acontecimientos tan graves como la ocupación de la capital de Austria por los franceses. —¿Cómo ha caído Viena? ¿Y el puente? ¿Y la famosa tête de pont? 163¿Y el príncipe Auersperg? Nos habían llegado rumores de que el príncipe Auersperg defendía Viena.
—El príncipe está a este lado del río y sigue defendiéndonos; creo que lo hace muy mal, pero nos defiende. Y Viena se encuentra al otro lado. No, el puente no ha caído aún y espero que no caiga, porque está minado, y se dio la orden de hacerlo volar. Si no fuese por eso, hace tiempo que estaríamos ya en las montañas de Bohemia y usted y su ejército pasarían un mal cuarto de hora entre dos fuegos.
—Pero eso no quiere decir que la campaña esté concluida— dijo el príncipe Andréi.
—Pues yo creo que lo está. Y lo mismo piensan los personajes importantes de aquí, aunque no se atreven a decirlo. Sucederá lo que yo vaticiné al principio de la campaña: que no va a ser su échauffourée 164de Dürrenstein ni la pólvora lo que decida el asunto, sino quienes la inventaron— dijo lentamente Bilibin repitiendo uno de sus motsy desarrugando el entrecejo. —Ahora la cuestión está en saber qué va a resultar de la entrevista de Berlín entre el emperador Alejandro y el rey de Prusia. Si Prusia entra en la alianza, on forcera la main à l’Autriche 165y habrá guerra; si no, la cosa se reduce a ponerse de acuerdo sobre dónde redactar los preliminares de un nuevo Campo Formio.
—¡Es un genio extraordinario!— exclamó de pronto el príncipe Andréi apretando su pequeño puño y descargándolo sobre la mesa. —¡Y qué suerte tiene ese hombre!
—¿Buonaparte?— preguntó Bilibin, arrugando la frente y dejando presentir uno de sus mots. —¿Buonaparte?— añadió, acentuando especialmente la “u”. —Me parece que il faut lui faire grâce de l’u, 166ahora que dicta leyes a Austria desde Schoenbrünn. Estoy dispuesto a aceptar la novedad y llamarlo Bonaparte tout court. 167
—Bromas aparte— dijo el príncipe Andréi. —¿Cree en realidad que la campaña ha concluido?
—Le diré lo que pienso: Austria se cree burlada, no está acostumbrada a ello y se vengará. Y quedó burlada, porque las provincias están en la ruina (on dit que el ejército ortodoxo ruso est terrible pour le pillage 168). El ejército está destrozado y la capital ocupada por el enemigo; y todo pour les beaux yeux de su majestad el rey de Cerdeña. Por eso, entre nous, mon cher, me huelo que nos están engañando; me huelo que hay relaciones con Francia y proyectos de una paz secreta, al margen de Rusia.
—¡Imposible! Sería demasiado vil— exclamó el príncipe Andréi.
—Qui vivra, verra 169— dijo Bilibin, distendiendo de nuevo las arrugas de su frente en señal de que daba por terminada la conversación.
Cuando el príncipe Andréi se vio en la habitación que le habían preparado, con un lecho de sábanas nuevas y limpias, y se acostó sobre un colchón de plumas apoyando su cabeza en la almohada tibia y perfumada, sintió que cada vez estaba más lejana la sensación de la batalla cuyas nuevas había traído a Brünn. Lo preocupaba la alianza prusiana, la traición de Austria, el nuevo triunfo de Bonaparte, la parada militar y la audiencia que al día siguiente iba a concederle el emperador Francisco.
Cerró los ojos, pero en ese mismo instante resonaron en sus oídos los cañonazos, la fusilería, el ruido de las ruedas del coche; una vez más veía a los fusileros descendiendo de las montañas, mientras los franceses disparaban; el príncipe Andréi sintió que su corazón palpitaba con fuerza, se acercaba a la primera línea al lado del general Schmidt y las balas silbaban alegremente en derredor; experimentaba el intenso sentimiento de alegría por vivir como no lo recordaba desde su infancia.
Se despertó.
—Sí... Todo eso ha sido...— dijo con júbilo, sonriéndose como un niño; y volvió a dormirse con sueño profundo y juvenil.
XI
Se despertó tarde. Trató de rehacer sus impresiones del día anterior y recordó ante todo que debía presentarse al emperador Francisco. Pensó en el ministro de la Guerra, en el cortés ayudante de campo austríaco, en Bilibin y la conversación de la noche pasada. Para acudir a palacio se puso el uniforme de gran gala, que hacía tiempo no había llevado. Fresco, animado y apuesto, con una mano vendada, penetró en el despacho de Bilibin. Allí había cuatro caballeros del cuerpo diplomático. Bolkonski conocía ya al príncipe Hipólito Kuraguin, secretario de la embajada. Bilibin le presentó a los demás.
Los diplomáticos, hombres de mundo, jóvenes, ricos y alegres, constituían en Viena y en Brünn un círculo aparte al que Bilibin —que era su cabeza— llamaba los nuestros, les nôtres. Este círculo, integrado casi exclusivamente por diplomáticos, no se interesaba en absoluto por la guerra o la política, sino por las personas de la alta sociedad, por ciertas relaciones femeninas y el papeleo de las oficinas. Con extraordinaria solicitud acogieron en su círculo al príncipe Andréi como suyo(honor que no solían prodigar). Por cortesía, y para entrar en conversación, le hicieron algunas preguntas sobre el ejército y la batalla, pero muy pronto comenzaron las bromas y los chismes, todo ello sin ningún orden ni concierto.
—Lo mejor de todo— comentaba uno, refiriéndose al fracaso de cierto colega diplomático, —lo mejor de todo es que el canciller le dijo francamente que su nombramiento para Londres era un ascenso y que él debía considerarlo como tal. ¡Imagínense su cara al oírlo!...