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Para Kutúzov el armisticio era el único medio de ganar tiempo, permitir un descanso al fatigado destacamento de Bagration y proporcionar a los furgones y demás trenes regimentales (cuyo movimiento ignoraban los franceses) una jomada más, por lo menos, hacia Znaim. La propuesta de armisticio traía, pues, la única e inesperada posibilidad de salvar al ejército. Al recibir la noticia, Kutúzov mandó inmediatamente a Wintzingerode, general ayudante de campo, al campamento enemigo: debía no sólo aceptar el armisticio, sino inclusive proponer condiciones de capitulación; mientras tanto, Kutúzov envió a sus ayudantes para que aceleraran todo lo posible el movimiento de los convoyes por el camino de Krems a Znaim; sólo el hambriento y extenuado grupo de Bagration debía permanecer inmóvil ante el enemigo, ocho veces más fuerte, cubriendo los movimientos de los trenes regimentales y de todo el ejército.

Las previsiones de Kutúzov se confirmaron, tanto con respecto a la capitulación propuesta —que no obligaba a nada y podía dar tiempo a que pasase cierta parte de convoyes— como también a su conjetura de que el error de Murat no tardaría en descubrirse. Apenas hubo recibido Bonaparte— que se encontraba en Schcenbrünn, a veinticinco kilómetros de Hollbrün— el informe de Murat y el proyecto de armisticio y capitulación, advirtió el engaño y escribió a Murat la siguiente carta:

Au prince Murat.

Schcenbrünn, 25 brumaire, an 1805,

à huit heures du matin.

No encuentro términos adecuados para expresarle mi descontento. Usted no manda más que mi vanguardia, y carece de poderes para concluir un armisticio sin órdenes mías. Me está haciendo perder el fruto de toda una campaña. Rompa inmediatamente el armisticio y marche contra el enemigo. Dirá que el general que ha firmado la capitulación no tenía facultades para hacerlo, y que no hay más que uno que las tenga: el emperador de Rusia.

Cuando el emperador de Rusia ratifique ese convenio, lo haré yo también; pero eso no es más que una añagaza. Avance, destruya al ejército ruso... Está en condiciones de apoderarse de su bagaje y su artillería.

El ayudante de campo del emperador de Rusia es un... Los oficiales no son nada cuando no tienen poderes; y ése no los tenía... Los austríacos se dejaron engañar en el paso del puente de Viena y usted se deja engañar por un ayudante de campo del Emperador.

Napoleón

El ayudante de campo de Bonaparte corrió a todo galope con esta terrible carta para Murat. Napoleón, a su vez, sin confianza en sus generales, se puso en marcha con toda su guardia hacia el campo de batalla temiendo que se le escapara la víctima que tenía a mano. Los cuatro mil hombres de Bagration encendían alegremente hogueras, se secaban, se calentaban, preparaban el rancho por primera vez después de tres días. Y ninguno de ellos sabía ni sospechaba lo que iba a ocurrir.

XV

Pasadas las tres de la tarde, el príncipe Andréi, que había insistido en su petición, llegaba a Grunt y se presentaba a Bagration. El ayudante de campo de Napoleón aún no había llegado al destacamento de Murat y la batalla estaba por comenzar. En el campamento de Bagration no se sabía nada de lo que ocurría; se hablaba de paz, pero sin creer en su posibilidad. Se hablaba de la batalla, en cuya inminencia tampoco se creía.

Bagration, que conocía a Bolkonski como el ayudante de campo favorito y hombre de confianza del general en jefe, lo recibió con especial distinción y benevolencia. Le explicó que probablemente la batalla iba a librarse aquel mismo día o al siguiente y lo dejó en libertad para quedarse junto a él durante la acción, o en la retaguardia, para vigilar el orden durante la retirada, “lo que también era muy importante”.

—De todos modos, creo que no será hoy— dijo Bagration, como para tranquilizar a Bolkonski.

“Si es uno de esos mequetrefes del Estado Mayor enviado para recibir una condecoración, la ganará igualmente en la retaguardia; y si se quiere quedar conmigo, que se quede... Si es un oficial valiente, me será útil”, pensaba Bagration. El príncipe Andréi no replicó nada y pidió permiso para recorrer la línea y examinar la disposición de las tropas para, en caso de ataque, saber adónde era necesario acudir. El oficial de servicio, hombre apuesto, vestido con elegancia, que llevaba una sortija adornada con un diamante en el índice y hablaba mal —pero de buena gana— el francés, se ofreció para acompañar al príncipe Andréi.

Por todas partes se veían oficiales con la ropa calada y rostros sombríos, como buscando algo, y soldados que traían de la aldea puertas, bancos y vallas.

—Ya lo ve, príncipe; no podemos desembarazarnos de esta gente— dijo el oficial, señalando a los soldados. —Los jefes son demasiado débiles. Mire— y le mostraba la tienda de un cantinero, —ahí se juntan y pasan el tiempo. Esta mañana los eché a todos y ya ve, de nuevo está lleno. Debemos acercarnos, príncipe, y darles un grito; sólo es un momento.

—Entremos; comeré un poco de pan y queso— dijo el príncipe Andréi, que aún no había probado bocado.

—¿Por qué no me lo ha dicho, príncipe? Habría compartido con usted el pan y la sal.

Descabalgaron y entraron en la tienda del cantinero. Algunos oficiales, sentados ante las mesas, con los rostros encendidos y fatigados, comían y bebían.

—¿Qué significa esto, señores?— dijo el oficial de Estado Mayor con el tono reprobatorio de quien ya ha repetido la misma cosa demasiadas veces. —No pueden abandonar sus puestos. El príncipe ha ordenado que no haya aquí nadie. Y usted, señor capitán...— se dirigió a un capitán segundo de artillería, pequeño, sucio y flaco, que, descalzo, con los calcetines puestos (había entregado sus botas al cantinero para que se las secara), se puso en pie, sonriendo con poca naturalidad. —¿No le da vergüenza, capitán Tushin? prosiguió el oficial de Estado Mayor. —Creo que usted, como artillero, debería dar ejemplo... y usted sin botas. ¡Bien lo pasaría descalzo si tocasen alarma!— el aludido sonrió. —Vayan a sus puestos, señores... todos, todos añadió con tono autoritario.

El príncipe Andréi sonrió involuntariamente, mirando al capitán segundo Tushin, quien, sin decir palabra, pero también sonriendo, sosteniéndose alternativamente sobre uno y otro pie descalzo, miraba con sus ojos grandes, inteligentes y bondadosos ya al príncipe, ya al oficial de Estado Mayor.

—Los soldados aseguran que es más cómodo ir descalzo— dijo, sonriendo tímidamente, como deseando disimular su propio embarazo con una broma.

Pero todavía no había concluido cuando ya se dio cuenta de que su broma no caía bien y que nada tenía de graciosa. Entonces se aturdió del todo.

—Tenga la bondad de retirarse— dijo el oficial de Estado Mayor, tratando de conservar su seriedad.

El príncipe Andréi miró una vez más al pequeño artillero. Había en él algo especial, muy poco militar y un tanto cómico, pero sumamente atractivo.

El oficial de Estado Mayor y el príncipe Andréi volvieron a montar y se alejaron.

A la salida de la aldea, después de cruzarse con soldados y oficiales de diversas armas, vieron a la izquierda las fortificaciones que se estaban abriendo en un terreno de arcilla rojiza: los soldados de algunos batallones, en mangas de camisa, a pesar del viento frío, trajinaban como blancas hormigas; por detrás del terraplén, manos invisibles arrojaban sin descanso paletadas de tierra rojiza. Se acercaron a la fortificación, la inspeccionaron y siguieron adelante. Detrás de ella dieron con algunas docenas de soldados que se turnaban sin descanso y bajaban corriendo. Hubieron de taparse la nariz y poner al trote los caballos para escapar lo antes posible de aquella atmósfera pestilente.