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En efecto, desde la batería podía contemplarse casi la totalidad de las líneas rusas y buena parte de las enemigas. Precisamente enfrente de los cañones surgía, sobre una colina, el pueblo de Schoengraben. A derecha e izquierda del lugar, entre el humo de las hogueras, se veía en tres sitios el grueso de las tropas francesas; al parecer, la mayor parte de ellas estaban en la aldea misma y detrás de la montaña. Más a la izquierda, entre el humo, había algo parecido a una batería, pero a simple vista no se podía distinguir bien. El flanco derecho ruso estaba situado sobre una altura bastante abrupta que dominaba las posiciones francesas y la infantería rusa se hallaba dispuesta en lo más alto; en el extremo se veían los dragones. En el centro, donde estaba la batería de Tushin, desde la cual examinaba las posiciones el príncipe Andréi, la pendiente era más suave y conducía directamente al arroyo que separaba a los rusos de Schoengraben. A la izquierda, las tropas rusas estaban cerca del bosque, cuyos árboles talaban los infantes para hacer leña. La línea francesa, más ancha que la rusa, permitía suponer que los franceses podrían rebasarla fácilmente por ambos lados. Detrás de las líneas rusas, un barranco profundo y abrupto dificultaba cualquier retirada de la caballería y la artillería. El príncipe Andréi, apoyado en el cañón, había sacado su cuaderno de notas y trazaba para sí la disposición de las tropas. En dos lugares hizo varias anotaciones a lápiz, con intención de comunicárselas a Bagration. Pensó, ante todo, concentrar toda la artillería en el centro y después hacer que la caballería retrocediese a la otra parte del barranco. El príncipe Andréi, que siempre había estado junto al general en jefe y siguiendo los movimientos de las masas y las disposiciones generales, ocupándose de la descripción histórica de los combates, sólo veía en la acción que se avecinaba las líneas generales de las operaciones futuras. Únicamente concebía dos grandes casualidades: “Si el enemigo comienza su ataque por el flanco derecho —se decía—, el regimiento de granaderos de Kiev y el de cazadores de Podolsk deberán mantener sus posiciones hasta que las reservas del centro lleguen en su auxilio. En ese caso, los dragones podrán atacar el flanco y batir al enemigo. Si el ataque se produce por el centro, situaremos en esa altura la batería central, y bajo su protección, concentraremos el flanco izquierdo y retrocederemos en forma escalonada hasta el barranco”.

Desde que se acercó a la batería y quedó apoyado en el cañón, oía constantemente las voces de los oficiales que hablaban en la chabola, aunque las palabras, como suele suceder, resbalaran sin que él penetrara en su sentido. De pronto llegó el eco de una voz de tonos tan cordiales que sin darse cuenta prestó oído.

—No, amigo— decía esa voz agradable y que pareció conocida al príncipe Andréi. —Yo digo que si fuera posible saber lo que hay después de la muerte, ninguno de nosotros tendría miedo a morir. Así es, querido.

Otra voz, más juvenil, lo interrumpió:

—Tenga uno miedo o no, es lo mismo, no se puede evitar.

—¡Sin embargo siempre se siente miedo!— interrumpió una tercera voz más enérgica. —Vosotros, los artilleros, sí que sois sabios, y lo sois porque podéis llevar de todo, vodka y aperitivos.

Y el de la voz enérgica, al parecer un oficial de infantería, rompió a reír.

—Y sin embargo se tiene miedo— continuó la primera voz. —Miedo a lo desconocido, eso es. Por mucho que digan que el alma irá al cielo... Bien sabemos que no hay cielo, que todo es atmósfera...

De nuevo lo interrumpió la voz enérgica:

—Bueno, convídanos a tu vodka, Tushin.

"¡Ah! Es aquel capitán que estaba en la cantina sin botas”, pensó el príncipe Andréi, reconociendo con placer la agradable voz del que filosofaba.

—Eso se puede— dijo Tushin. —Pero comprender la vida futura...— No concluyó.

Un silbido, que se hacía cada vez más rápido y fuerte conforme se acercaba, cruzó el aire, y un proyectil, como si no hubiera dicho todo lo necesario, se hundió, cerca de la chabola en la tierra, haciéndola gemir con su terrible estallido. En aquel mismo instante el pequeño Tushin, con la pipa en un ángulo de la boca, salió velozmente, el primero de todos, fuera de la chabola. Su rostro, bondadoso e inteligente, estaba un poco pálido. Detrás salió el de la voz enérgica, un apuesto oficial de infantería, que corrió hacia su compañía abotonándose el uniforme por el camino.

XVII

El príncipe Andréi, a caballo, se quedó en la batería, contemplando el humo del cañón que había disparado el proyectil. Sus ojos recorrieron el vasto horizonte. Vio que las tropas francesas, inmóviles hasta entonces, se movían ahora y que, a la izquierda, había, en efecto, una batería. El humo del disparo no se había disipado aún. Dos jinetes franceses, posiblemente dos ayudantes de campo, galopaban por la montaña. Al pie de ella, seguramente para reforzar las avanzadas, marchaba una pequeña columna enemiga claramente visible. Aún no había desaparecido el humo del primer disparo cuando ya se veía otro humo y se oía el segundo cañonazo. Comenzaba la batalla. El príncipe Andréi volvió grupas y se lanzó al galope por el camino de Grunt en busca del príncipe Bagration. A sus espaldas no dejaban de oírse los cañonazos, cada vez más fuertes y frecuentes. La batería rusa empezaba a contestar. Abajo, hacia la parte por donde cruzaron los parlamentarios, se oía fuego de fusiles.

Lemarrois acababa de entregar a Murat la amenazante carta de Bonaparte, y Murat, avergonzado y deseoso de reparar su error, avanzó de inmediato sus tropas desde el centro para rebasar los dos flancos, con la esperanza de aplastar, antes del anochecer y de que llegara al Emperador, el insignificante destacamento que tenía delante.

"¡Ha comenzado! ¡Ya estamos combatiendo!”, pensó el príncipe Andréi, sintiendo que la sangre afluía con fuerza a su corazón. "¿Pero dónde? ¿Dónde estará mi Toulon?”

Al pasar ante las compañías en las que un cuarto de hora antes había visto a los soldados comiendo su rancho y bebiendo vodka, vio por todas partes los mismos rápidos movimientos, los soldados formaban filas y cogían sus fusiles; en todos los rostros brillaba la misma excitación que sentía su corazón. “¡Ha comenzado! ¡Estamos combatiendo! ¡Es terrible y alegre a la vez!”, parecía decir el rostro de cada soldado y de cada oficial.

Antes de llegar al parapeto en construcción vio, a la luz de aquel brumoso día otoñal, a varios jinetes que se le acercaban. El primero de ellos, con capa de fieltro caucasiano y gorro de astracán, montado en caballo blanco, era el príncipe Bagration. Bolkonski se detuvo y esperó. El príncipe Bagration detuvo también el caballo y, reconociendo a Bolkonski, lo saludó con un movimiento de cabeza. Continuó con los ojos fijos delante de sí mientras el príncipe Andréi le daba cuenta de todo lo que había observado.

La expresión de “ha comenzado, ya estamos combatiendo” se dibujaba también en el rostro bronceado del príncipe Bagration; tenía los ojos semicerrados y turbios, como si no hubiera dormido bien. El príncipe Andréi miró aquel rostro inmóvil con curiosidad inquieta; habría querido saber si aquel hombre sentía y pensaba lo mismo que él en aquel momento. “¿Hay algo detrás de ese semblante inmóvil?”, se preguntó. El príncipe Bagration inclinó la cabeza en señal de asentimiento a lo que explicaba el príncipe Andréi y dijo: “Está bien”, como dando a entender que cuanto le contaba y todo lo que estaba sucediendo era precisamente lo que él había previsto. El príncipe Andréi, jadeante a causa de la veloz galopada, hablaba rápidamente. Bagration, con su acento georgiano, lo hacía con extrema lentitud, tratando de manifestar, tal vez, que no había motivos para precipitarse. Puso, sin embargo, su caballo al trote hacia la batería de Tushin. El príncipe Andréi lo siguió con los oficiales del séquito: el ayudante personal del príncipe, Zherkov, ordenanza, el oficial de servicio del Estado Mayor, que montaba un magnífico potro inglés, y un funcionario civil, un auditor, que, movido por la curiosidad, había pedido permiso para asistir a la batalla. El auditor, un señor grueso, de rostro también grueso, sonrisa alegre e ingenua, miraba alrededor, bamboleándose sobre su caballo, con su abrigo de camelote. Montado sobre una silla militar, resultaba extraño entre los uniformes de los húsares, cosacos y ayudantes de campo.