—¡Hu-rra-aa!- atronaron las voces.
“¡Bien! ¡Ahora que caiga bajo mis manos quien sea!”, pensaba Rostov clavando las espuelas a Grachik, que, a todo galope, pasó a los demás. Delante ya se veía al enemigo. Inesperadamente, algo como una inmensa escoba azotó al escuadrón. Rostov levantó el sable, presto a herir, pero en ese momento el soldado Nikítenko, que galopaba delante, se separó de él y Rostov sintió, como en un sueño, que seguía corriendo con inusitada rapidez y, sin embargo, no se movía del lugar en que estaba. Un húsar conocido, Bandarchuk, se le vino encima y lo miró con enfado. El caballo de Bandarchuk se hizo a un lado y siguió adelante.
“Pero ¿qué me ocurre? ¿Por qué no avanzo? He debido caer... debo de estar muerto”, se preguntó y respondió en un instante Rostov. Estaba solo en mitad del campo. En vez de caballos a la carrera y espaldas de los húsares, no veía en derredor más que la tierra inmóvil y los rastrojos. Debajo de él brotaba una sangre tibia. “No, estoy herido y han matado a mi caballo." Grachikintentó erguirse sobre las patas delanteras y volvió a caer, aprisionando la pierna del jinete. Fluía la sangre de su cabeza y la pobre bestia se debatía sin poderse levantar. También quiso ponerse en pie Rostov, pero volvió a caer; su bolsa de cuero quedó enganchada en la silla. No sabía dónde estaban los suyos, ni tampoco los franceses. Alrededor no había nadie.
Consiguió sacar la pierna y se levantó. "¿Por dónde queda ahora la raya que separaba tan claramente a los dos ejércitos?”, se preguntaba sin poder responderse. “Algo malo me ha sucedido... ¿Y qué debe hacerse en estos casos?”, se preguntó mientras se incorporaba; en ese momento advirtió que algo pesado le tiraba del brazo izquierdo: estaba insensible. Le parecía que no era suyo.
Lo examinó, pero no halló trazas de sangre. “¡Oh!, ahí viene alguien... Me ayudarán”, pensó con alivio, viendo que corrían hacia él varios hombres. Por delante iba un soldado uniformado con un extraño chacó y capote azul, de cara bronceada y nariz aguileña. Detrás lo seguían otros dos y después un grupo más numeroso. Uno de ellos habló en un lenguaje extraño, que no era ruso. Entre aquellos hombres, todos con el mismo chacó, iba un húsar ruso. Lo tenían sujeto por los brazos; detrás llevaban a su caballo.
“Sin duda es uno de los nuestros, prisionero... Sí... También a mí pueden apresarme. ¿Qué gente es ésa?”, pensaba Rostov sin dar crédito a lo que veía. Miraba a los franceses que se le acercaban, y a pesar de que unos segundos antes avanzaba para alcanzarlos y descargar su sable sobre ellos, su proximidad le parecía ahora algo tan terrible que no podía creer a sus ojos. “¿Quiénes son? ¿Por qué corren así? ¿Para matarme? ¿A mí, a quien tanto quieren todos?" Recordó el cariño de su madre, de la familia, los amigos, y la intención de los enemigos, de matarlo, le pareció imposible. “¡Tal vez vengan para matarme!” Estuvo más de diez segundos inmóvil sin comprender las circunstancias en que se hallaba. El francés de la nariz aguileña, el primero del grupo, se encontraba ya tan próximo que era fácil ver la expresión de su rostro. Y ese rostro encendido, extraño, del hombre que con la bayoneta calada y conteniendo la respiración avanzaba sin esfuerzo hacia él lo asustó. Sacó la pistola y en vez de disparar la tiró contra el francés y salió corriendo cuanto pudo hacia los matorrales. No corría ahora con aquel sentimiento de incertidumbre y deseos de lucha que experimentara en el puente de Enns, sino con el de la liebre acosada por los perros. Tan sólo el temor por su vida joven y feliz llenaba todo su ser; saltando aquí y allá entre los linderos con la rapidez con que corría cuando en su infancia jugaba al escondite, parecía volar sobre el campo, volviendo de vez en cuando su rostro pálido, bondadoso y juvenil; un escalofrío de terror le recorría el cuerpo. “Es mejor no volverse para mirar”, pensó. Pero al llegar junto a los arbustos se volvió una vez más. Los franceses habían quedado atrás y, precisamente en el momento en que Rostov miraba, el que conducía el grupo había pasado del trote al paso y se volvía para gritar unas palabras a otro que lo seguía. Rostov se detuvo. “No, no... es imposible que quieran matarme.” El brazo izquierdo seguía pesándole como si llevase suspendida una carga de treinta kilos. No podía ir más lejos. El francés se detuvo también y disparó. Rostov cerró los ojos y se agachó. Una bala y después otra pasaron por encima zumbando. Entonces, con un supremo esfuerzo, Rostov se sujetó el brazo izquierdo con la mano derecha y corrió hasta los arbustos. Entre los arbustos había un grupo de fusileros rusos.
XX
Los regimientos de infantería, sorprendidos por el enemigo, huían del bosque y las compañías, mezcladas unas con otras, retrocedían en gran desorden. Un soldado, presa de pánico, gritó una frase sin sentido, pero terrible en la guerra: “¡Estamos copados!”, y la frase, unida a un sentimiento de terror, corrió por toda la tropa.
—¡Estamos copados! ¡Nos han cortado la retirada! ¡Estamos perdidos!— gritaban los que huían.
Cuando el jefe del regimiento oyó aquellos gritos y los disparos de los fusiles, comprendió que algo terrible estaba ocurriendo en su regimiento; y la idea de que él, oficial modelo, con tantos años de servicio sin haberse hecho acreedor a reproche alguno pudiera ser culpable ante sus superiores de negligencia o falta de iniciativa lo abrumó de tal manera que, olvidando en aquel instante al indómito coronel de caballería y la prestancia que debe guardar un general, y olvidando por completo el peligro y el instinto de conservación, aguijoneó al caballo y galopó hacia sus hombres entre una lluvia de balas que pasaban sobre él, sin herirlo afortunadamente. Sólo deseaba una cosa: saber qué sucedía, ayudar a sus soldados y corregir a toda costa el error que habría podido cometer, para conservar su nombre de oficial modelo que servía en el ejército sin tacha desde hacía veintidós años.
Sorteando afortunadamente a los franceses, se acercó al campo, detrás del bosque por el que corrían los rusos, que, sin prestar oído a las voces de mando, descendían cuesta abajo. Había llegado ese minuto de vacilación moral que decide la suerte de una batalla. ¿Obedecería aquella muchedumbre de soldados desordenada la voz de su jefe o bien, volviéndose para mirarlo, huirían más lejos aún? A pesar de los desesperados gritos del general, antes tan temibles para los soldados, a pesar de su rostro enrojecido, furioso, desencajado, y del modo como agitaba su sable, los soldados siguieron corriendo, gritando y disparando al aire, sin obedecer sus órdenes. Esa vacilación moral que decide la suerte de una batalla se inclinaba evidentemente en favor del miedo.
El general, ronco de tanto gritar y ahogado por el humo de la pólvora, se detuvo desesperado. Todo parecía perdido. Pero en aquel instante, los franceses que avanzaban sobre los rusos empezaron a retroceder sin causa aparente, y al poco tiempo desaparecían de los confines del bosque, dejando paso a los tiradores rusos. Era la compañía de Timojin que, sola en el bosque, había permanecido en orden y que, escondida en las quiebras detrás de los árboles, atacaba a los franceses de manera absolutamente imprevista.
Timojin se lanzó sobre el enemigo con gritos tan salvajes y con tan loca audacia, armado solamente de su sable, que los franceses, antes de poder recobrarse, arrojaron sus armas y se dieron a la fuga. Dólojov, que corría junto a Timojin, mató a un francés y agarró por el cuello a un oficial que se rendía. Volvieron los fugitivos, se reorganizaron los batallones, y los franceses, que habían dividido en dos sus tropas del ala izquierda, quedaron de momento rechazados. Las reservas consiguieron reunirse y los fugitivos se detuvieron. El jefe del regimiento estaba junto al puente con el comandante Ekonómov observando el paso de las compañías en retirada, cuando se le acercó un soldado, tiró del estribo de su caballo y casi se recostó en él. El soldado, con la cabeza vendada, llevaba un capote de paño azul, pero no tenía ni chacó ni mochila; cruzándole el pecho, le colgaba una cartuchera francesa; de la misma procedencia era la espada de oficial que empuñaba. El soldado estaba muy pálido, sus ojos azules miraban atrevidos al jefe mientras sus labios sonreían. Aunque el comandante del regimiento estaba ocupado en dar órdenes, no pudo por menos de fijarse en aquel soldado.