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Dio la orden y no abandonó la batería. Había decidido que retiraran los cañones en su presencia. Junto con Tushin, caminando entre los cadáveres y bajo el fuego terrible de los franceses, se ocupaba en disponer las piezas para la retirada.

—Usted no es como el de antes; ha venido un coronel y se ha vuelto más que de prisa— dijo el suboficial al príncipe Andréi. —No es como su Excelencia.

El príncipe Andréi no hablaba con Tushin. Tan ocupados estaban ambos que, al parecer, ni se habían visto. Después de haber engoznado los dos cañones intactos sobre sus avantrenes, emprendieron el descenso (abandonando las otras dos piezas, ya inservibles). Entonces Bolkonski se acercó a Tushin.

—Bueno, hasta la vista— dijo tendiendo la mano al artillero.

—Hasta la vista, querido— respondió Tushin. —¡Adiós, mi buen amigo!— repitió y, sin saber por qué, los ojos se le llenaron de lágrimas.

XXI

El viento se había calmado. Las nubes negras y bajas, inmovilizadas sobre el campo de batalla, se confundían en el horizonte con el humo de la pólvora. Oscurecía, haciéndose más visibles los resplandores de dos incendios. Disminuía el cañoneo, pero seguía la intensidad de la fusilería, detrás y a la derecha, cada vez más nutrida y próxima. Cuando Tushin, que no cesaba de alcanzar y adelantar a grupos de heridos, hubo salido de la zona de fuego y llegó con sus cañones al pie del barranco, se encontró con los jefes y ayudantes de campo, entre los que estaban el oficial de Estado Mayor y Zherkov, enviado por dos veces a la batería de Tushin, sin haber llegado una sola. Todos, interrumpiéndose los unos a los otros, le transmitieron órdenes sobre lo que había que hacer y adonde dirigirse, haciéndole observaciones y reproches; Tushin se limitó a guardar silencio, porque cada vez que intentaba hablar, sin saber por qué, se le saltaban las lágrimas. Así, callado, siguió adelante en su caballejo. Aunque había orden de abandonar a los heridos, muchos seguían a la tropa y pedían que se los dejara montar sobre los cañones. El apuesto oficial de infantería que antes de la batalla había salido corriendo de la chabola de Tushin vacía con una bala en el vientre, sobre el afuste de “Matvéievna”. En el descenso, un cadete de húsares, muy pálido, sujetándose una mano con la otra, se acercó a Tushin y le rogó que lo dejara sentarse.

—Capitán, por amor de Dios, tengo una contusión en el brazo— dijo tímidamente. —No puedo andar... ¡Por Dios!

Era evidente que había pedido ya más de una vez permiso para acomodarse en cualquier sitio y se lo habían negado. Siguió pidiendo con voz tímida y vacilante:

—¡Ordene que me permitan subir, por Dios!

—Dejadlo subir, dejadlo— ordenó Tushin. —Extiende un capote, tío— dijo a su soldado favorito. —¿Dónde está el oficial herido?

—Lo hemos retirado. Estaba muerto— respondió alguien.

—Dejad que se siente... Siéntate, amigo, siéntate. Extiende el capote, Antónov.

El cadete era Rostov. Con una mano se sujetaba la otra. Estaba muy pálido y un temblor febril le agitaba la mandíbula inferior. Lo sentaron sobre “Matvéievna”, el mismo cañón del que retiraran al oficial muerto. En el capote que tendieron había sangre, que manchó el pantalón y las manos de Rostov.

—¿Estás herido, amigo?— preguntó Tushin, acercándose al cañón en que estaba sentado Rostov.

—Es sólo una contusión.

—Entonces ¿de dónde es la sangre de los pantalones?

—Es del oficial, Excelencia— respondió un artillero, limpiando la sangre con su manga, como excusándose de la falta de limpieza del cañón.

Con grandes dificultades, y gracias a la ayuda de la infantería, habían conseguido subir cuesta arriba con los cañones, y cuando llegaron a la aldea de Guntersdorf se detuvieron. Había tanta oscuridad que era imposible distinguir a diez pasos los uniformes de los soldados. El tiroteo empezaba a decrecer. De pronto, muy cerca, hacia la derecha, sonaron de nuevo gritos y disparos. En la oscuridad resplandían los fogonazos. Era el último ataque de los franceses, al que respondían los soldados alojados en casas del villorrio. Todos abandonaron la aldea, pero los cañones de Tushin no podían moverse y los artilleros, su capitán y el cadete de húsares se miraban en silencio, en espera de su destino. El tiroteo disminuyó; de una calle próxima llegó la animada conversación de unos soldados.

—¿Estás entero, Petrov?— preguntaba uno.

—Buena les hemos dado, hermano. Ahora ya no volverán más— respondía otro.

—¡No se ve nada! ¡Cómo se han frito entre ellos! ¡Vaya oscuridad, hermanos! ¿Hay algo para beber?

Los franceses habían sido rechazados por última vez. De nuevo, en la oscuridad más absoluta, los cañones de Tushin, encuadrados por el confuso clamor de la infantería, se pusieron en marcha.

Diríase que fluía, en medio de la oscuridad, un río invisible, lóbrego, en una sola dirección entre murmullos, voces y ruidos de cascos y ruedas. Entre la barahúnda general, lo que sonaba más fuerte y claro eran los gemidos y las voces de los heridos: parecían llenar la oscuridad que rodeaba el ejército. Los gemidos y la oscuridad de la noche eran una sola y misma cosa. Poco después se produjo cierta agitación entre la muchedumbre: alguien pasó sobre un caballo blanco, seguido de su séquito, y dijo algo al pasar.

—¿Qué dijo? ¿Adonde ahora? ¿Hay que parar? ¿Dio las gracias o qué?— fueron muchas las preguntas ansiosas que se hacían desde todas partes y la masa humana en movimiento empezó a presionar sobre sí misma (los que iban a la cabeza, al parecer, se habían detenido) y se expandió el rumor de que habían dado la orden de parar. Todos se detuvieron de inmediato en medio de un sucio camino.

Se encendieron hogueras y la conversación se hizo más perceptible. El capitán Tushin dio sus órdenes a la compañía y mandó que buscasen un puesto de socorro o un médico para atender al cadete; después se sentó junto al fuego preparado en el camino por los soldados. También Rostov se acercó como pudo a la hoguera. Todo su cuerpo se estremecía con temblor febril por el dolor, el frío y la humedad. El deseo de dormir era irresistible, pero el tormento de aquel brazo dolorido que no sabía dónde poner le impedía hacerlo. Ya cerraba los ojos, ya miraba fijamente a las llamas rojizas y cálidas, ya a la figura encorvada y débil de Tushin, sentado a la turca, a su lado. Los grandes, inteligentes y bondadosos ojos de Tushin fijaban en él una mirada compasiva y cariñosa. Se daba cuenta de que Tushin quería ayudarlo de todo corazón, pero no tenía medios para hacerlo.

Desde todas partes llegaba rumor de pasos y voces de soldados que pasaban bien a pie, bien a caballo y se instalaban en los alrededores. El resonar de esos pasos y voces, el chapoteo de los caballos en el fango, el crepitar lejano y próximo de la leña en las hogueras se fundían en un solo ruido confuso y vacilante.

Ya no era como antes un río invisible en las tinieblas, sino un tenebroso mar que se acomoda todavía estremecido después de la tormenta. Rostov miraba y escuchaba todo cuanto pasaba ante él y a su alrededor, sin entenderlo. Un soldado de infantería se acercó a la hoguera, se sentó en cuclillas, acercó las manos al fuego y miró a Tushin.

—¿Me permite, Excelencia?— preguntó. —He perdido mi compañía; ni sé dónde me encuentro. ¡Qué calamidad!

Con el soldado se había acercado un oficial de infantería, que llevaba una mejilla vendada, y, dirigiéndose a Tushin, le pidió que hiciera mover un poco los cañones para dejar paso a un carro. Tras el jefe de la compañía llegaron dos soldados. Se insultaban ferozmente y reñían tratando de arrebatarse uno al otro una bota.

—¡Sí, di que la has cogido tú, bribón!— gritaba uno con voz ronca.

Después llegó) un soldado pálido y flaco que llevaba el cuello vendado con un trapo manchado de sangre y con voz irritada exigió agua a los artilleros.