—Bueno, amigo mío, por fin nos vamos mañana— le dijo una vez, cerrando los ojos y tamborileando con sus dedos en el brazo de Pierre, utilizando un tono como si aquello estaba convenido entre los dos desde hacía mucho, mucho tiempo y no podía suceder de otro modo. —Mañana nos vamos, te dejo sitio en mi coche. Estoy muy contento. Aquí lo principal ya está hecho; y yo debería haber vuelto hace tiempo. Mira lo que he recibido del canciller... Le hablé de ti, te han agregado al cuerpo diplomático y has sido nombrado gentilhombre de cámara: ahora se te abre la carrera diplomática.
A pesar de la expresión de cansancio y seguridad con que el príncipe Vasili hablaba, Pierre (que había reflexionado largamente en su porvenir) intentó poner alguna objeción; pero el príncipe lo cortó con aquella voz arrulladora y abaritonada que parecía excluir toda posibilidad de interrumpir sus palabras, tono del que se valía en casos de extrema necesidad de persuasión.
—Pero, querido, lo hice por mí, me lo dictaba mi propia conciencia; no tienes que agradecérmelo. Nadie se ha quejado nunca de que se le quiera demasiado; y además eres libre, puedes dejarlo todo mañana mismo... En San Petersburgo podrás decidir. Y va siendo tiempo de que le alejes un poco de esos recuerdos terribles— el príncipe Vasili suspiró. —Eso es, amigo mío. Mi ayuda de cámara irá en tu carroza. ¡Ah, me olvidaba!— añadió. —Ya sabes, querido, que tu padre y yo teníamos unas cuentas pendientes. He cobrado lo de Riazán y me quedo con ello; tú no lo necesitas. Después haremos cuentas.
Lo que el príncipe Vasili llamaba “lo de Riazán” eran unos cuantos miles de rublos de la renta de aquella propiedad que él se embolsaba.
En San Petersburgo, lo mismo que en Moscú, rodeó a Pierre un ambiente de personas cariñosas y amables. El joven conde no podía rechazar el puesto o, mejor dicho, el título (ya que nada tenía que hacer) que le había conseguido el príncipe Vasili; además, Pierre trabó tantos conocimientos, recibió tantas invitaciones, le faltó tanto tiempo, que, más aún que en Moscú, no lo abandonaba la sensación de hallarse en el centro de un torbellino que anunciaba un próximo bienestar que nunca llegaba.
De sus antiguos amigos solteros, pocos quedaban en San Petersburgo. La Guardia estaba en campaña; Dólojov había sido degradado; Anatole prestaba servicio militar en provincias; el príncipe Andréi se hallaba en el extranjero. Así pues, Pierre no podía pasar ya las noches como le gustaba pasarlas antaño; ni explayar de vez en cuando sus sentimientos en las conversaciones con su amigo mayor, el mejor y más estimado. Se le iba el tiempo en cenas y bailes, sobre todo en casa del príncipe Vasili, en compañía de la gruesa princesa, su mujer, y de la bellísima Elena.
El comportamiento de Anna Pávlovna Scherer con Pierre cambió como el de toda la sociedad.
Antes, Pierre sentía constantemente que cualquier cosa que dijera delante de Anna Pávlovna resultaba inconveniente e inoportuna, y que los argumentos que él estimaba inteligentes al pensarlos se convertían en verdaderas tonterías en cuanto los exponía en voz alta, mientras que las más necias palabras de Hipólito pasaban por genialidades encantadoras. Ahora resultaba charmantcualquier cosa que él dijese, y aun cuando Anna Pávlovna no lo manifestase, era evidente que lo pensaba así y se contenía sólo por no herir su modestia.
A comienzos del invierno de 1805-1806 Pierre recibió el acostumbrado billetito de Anna Pávlovna —una invitación de color rosa— al que había añadido: “Vous trouverez chez moi la belle Hélène qu’on ne se lasse jamais de voir”. 190
Al leer esta frase, Pierre se dio cuenta por primera vez de que entre él y Elena se había establecido cierto vínculo reconocido por los demás; y esa idea, que lo asustaba por cuanto parecía imponerle una obligación que él no quería contraer, le agradaba al mismo tiempo como una suposición divertida.
La velada en casa de Anna Pávlovna era como la anterior, con la diferencia de que la novedad que la dama ofrecía a sus huéspedes no era Mortemart, sino un diplomático llegado de Berlín, conocedor de los más recientes detalles sobre la estancia del emperador Alejandro en Potsdam y la indisoluble alianza que allí habían firmado los dos augustos amigos, comprometiéndose a defender la causa justa contra el enemigo del género humano. Pierre fue recibido por Anna Pávlovna con un matiz de tristeza que evidentemente se refería a la reciente pérdida sufrida por él con la muerte de su padre, el conde Bezújov. (Todos se creían obligados a persuadir a Pierre de que estaba muy apenado por la muerte de aquel padre, al que apenas había conocido.) Pero la tristeza de Anna Pávlovna era en todo semejante a aquélla de que hacía ostentación al hablar de S. M. I. María Feodórovna. Pierre se sintió muy lisonjeado por ello. Anna Pávlovna distribuía en su salón los grupos con su habitual habilidad. El grupo mayor —con el príncipe Vasili y los generales— tenía la suerte de contar con el diplomático. Otro estaba próximo a la mesa del té. Pierre deseaba unirse al primero, pero Anna Pávlovna, excitada como el jefe de un ejército en el campo de batalla, a quien afluyen por millares las ideas brillantes que apenas hay tiempo de ejecutar; lo tocó en el brazo.
—Attendez, jai des vues sur vous pour ce soir 191— miró a Elena y sonrió. —Ma bonne Hélène, il faut que vous soyez charitable pour ma pauvre tante, qui a une adoration pour vous. Allez lui tenir compagnie pour dix minutes. 192Y para que no se aburra demasiado, nuestro amable conde no se negará a seguirla.
La bella Elena se dirigió hacia la tía, pero Anna Pávlovna retuvo todavía a Pierre, como si hubiera de darle las últimas instrucciones.
—¿Verdad que es preciosa?— dijo al conde señalándole a la joven, que se alejaba majestuosamente. —Et quelle tenue! 193¡Qué tacto para una muchacha tan joven, qué espléndido temperamento! Eso proviene del corazón. Feliz el hombre a quien pertenezca. Con esa mujer, el marido menos mundano ocuparía la más brillante posición social, ¿verdad? Me gustaría conocer su opinión— y diciendo esto Anna Pávlovna lo dejó marchar.
Pierre, con absoluta franqueza, había respondido afirmativamente a la pregunta de Anna Pávlovna sobre Elena. Si se le ocurría pensar en ella, pensaba precisamente en su belleza y en la tranquila y extraordinaria capacidad de mostrarse digna y silenciosa en los salones.
La tía acogió a los dos jóvenes en su rincón, aunque más bien parecía querer ocultar su adoración por Elena y expresar más bien el miedo que sentía por Anna Pávlovna. Miraba a su sobrina como preguntando qué debía hacer con los dos jóvenes. Al retirarse, Anna Pávlovna tocó de nuevo con su dedo el brazo a Pierre y le dijo:
—J'espère que vous ne direz plus qu’on s’ennuie chez moi 194— y miró a Elena.
Ésta sonrió, como diciendo que no admitía la posibilidad de que nadie la viera sin sentirse entusiasmado. La tía tosió un poco, tragó saliva y dijo en francés que estaba muy contenta de ver a Elena. Después se volvió a Pierre con idéntico saludo y las mismas expresiones. Durante la conversación, aburrida y entrecortada, Elena miró a Pierre y le sonrió con aquella hermosa y clara sonrisa que tenía para todos. Pierre estaba tan acostumbrado a esa sonrisa, significaba tan poco para él, que apenas si le prestó atención. La tía comenzó a hablar de la colección de tabaqueras del padre de Pierre, el conde Bezújov, y mostró la suya. La princesa Elena se la pidió para ver el retrato del marido de la tía, allí pintado.
—Seguramente es trabajo de Vinesse— dijo Pierre, aludiendo a un miniaturista muy conocido. Se inclinó sobre la mesa para coger la tabaquera, sin dejar de escuchar la conversación que se mantenía en la mesa vecina.
Se incorporó para dar la vuelta, pero la tía le tendió la tabaquera por detrás mismo de la muchacha; se inclinó Elena para dejar sitio y se volvió sonriendo. Como siempre en las veladas, llevaba un vestido muy escotado, tanto por delante como por la espalda, según la moda de la época. Su busto, que a Pierre le había parecido siempre de mármol, estaba tan cerca del joven que involuntariamente distinguió con sus ojos miopes la viva fascinación de los hombros y del cuello, tan próximos a sus labios que no habría tenido más que inclinarse un poco para rozarlos. Sintió el calor de su cuerpo, el aroma de su perfume y el crujido del corsé a cada movimiento. No veía ya aquella belleza marmórea que formaba un conjunto con el traje de noche; veía y sentía toda la seducción de su cuerpo, oculto tan sólo por el vestido. Y una vez visto así, no podía ver de otro modo, igual que no podemos caer en el engaño una vez explicado.