En lo mejor del relato, cuando decía: “No puedes imaginarte qué extraño sentimiento de furor se experimenta durante el ataque”, entró en la estancia el príncipe Andréi Bolkonski, a quien Borís esperaba. El príncipe Andréi, a quien gustaba el papel de protector de los jóvenes y se sentía lisonjeado siempre que alguno acudía a él, se mostraba bien dispuesto hacia Borís, que la víspera había sabido serle simpático, y deseaba ayudarlo. Enviado con unos documentos de Kutúzov para el gran duque, llegaba con la esperanza de encontrar solo a Borís.
Cuando, al entrar en la habitación, se encontró con aquel húsar que contaba aventuras militares (era un tipo de personas que no podía soportar), sonrió cariñosamente a Borís, frunció el ceño y entornó los ojos para mirar a Rostov y, después de un breve saludo, tomó asiento en el diván con aire cansado e indolente. Le disgustaba haber caído en medio de tan desagradable compañía. Rostov lo adivinó y enrojeció; poco le importaba aquel extraño, pero mirando a Borís le pareció que también él se avergonzaba de su compañía. A pesar del gesto burlón y desagradable adoptado por el príncipe Andréi, y a pesar del desprecio general que Rostov sentía hacia todos los ayudantillos del Estado Mayor, entre los que evidentemente figuraba el recién llegado, se sintió confuso y guardó silencio. Borís preguntó por las noticias del Estado Mayor y (si no era indiscreción) por los propósitos para el futuro.
—Probablemente seguiremos adelante— respondió Bolkonski, que, al parecer, no deseaba hablar delante de extraños.
Berg aprovechó la ocasión para preguntar con especial cortesía si darían, como se había dicho, doble ración de forraje a los jefes de compañía. El príncipe Andréi, sonriendo, replicó que él no podía opinar sobre tan grave cuestión de Estado, a lo que Berg rió alegremente.
—De su asunto— dijo después Bolkonski a Borís —hablaremos más tarde— y miró a Rostov. —Venga a buscarme después de la revista y haré todo lo posible por complacerlo.
Y recorriendo con una mirada toda la estancia, se volvió a Rostov, sin dignarse reparar en su infantil e invencible embarazo, que se iba transformando en cólera.
—Me parece que hablaba de la batalla de Schoengraben. ¿Estuvo usted allí?
—Sí que estuve— respondió Rostov con voz irritada, como queriendo con ello ofender al ayudante de campo.
Bolkonski se dio cuenta del estado de ánimo del húsar y le pareció divertido. Sonrió con ligero desprecio.
—Sí, ahora se cuentan muchas historias sobre esa batalla.
—¡Sí, historias!— dijo Rostov en voz alta, mirando con ojos llenos de ira ya a Bolkonski, ya a Borís. —Sí, muchas historias, pero la historia de los que estuvimos bajo el fuego enemigo tiene cierta importancia, mayor que la de los jovenzuelos del Estado Mayor, que reciben recompensas sin hacer nada.
—¿A los que supone que yo pertenezco?— dijo el príncipe Andréi con tranquila sonrisa, especialmente amable.
En el alma de Rostov coincidió un sentimiento de ira y de respeto hacia la tranquilidad de aquel hombre.
—No hablo de usted— dijo. —No lo conozco y confieso, además, que tampoco deseo conocerlo. Hablo en general de los del Estado Mayor.
—Pues yo puedo decirle lo siguiente— lo interrumpió con tranquila autoridad en el tono de su voz el príncipe Andréi. —Quiere ofenderme, y estoy dispuesto a concederle que es muy fácil conseguirlo, si no tiene el suficiente respeto hacia usted mismo; pero reconozca que ni el lugar ni el tiempo son muy apropiados. Dentro de unos días nos veremos todos empeñados en un duelo bastante más serio; además, Drubetskói, que dice ser un viejo amigo de usted, no tiene culpa alguna de que mi fisonomía tenga la desgracia de no agradarle. Por lo demás— añadió levantándose, —sabe mi nombre y dónde puede encontrarme; pero no olvide— agregó —que yo no me considero ofendido ni creo que usted lo haya sido tampoco, y mi consejo de hombre de mayor edad que usted es que deje este asunto así, sin más consecuencias. A usted, Drubetskói, lo espero el viernes, después de la revista. Adiós— terminó el príncipe Andréi; y salió saludando a uno y a otro.
Sólo cuando hubo desaparecido el príncipe Bolkonski, Rostov se dio cuenta de lo que debía haberle contestado; aún le irritó más no haberlo hecho. Inmediatamente ordenó que le trajeran el caballo y, despidiéndose con sequedad de Borís, salió también. “¿Debo ir mañana al Cuartel General y provocar a este presumido ayudante de campo, o, en efecto, es mejor dejar así las cosas?” Esta pregunta lo atormentó durante el camino. A veces pensaba con ira en el placer de ver el miedo de aquel hombre pequeño, débil y orgulloso, puesto al alcance de su pistola; otras veces, con verdadero estupor, sentía que, de todos los hombres que había conocido, no deseaba tener como amigo a nadie más que a aquel ayudantillo de campo que tanto odiaba.
VIII
Al día siguiente de la visita de Rostov a Borís, tuvo lugar la anunciada revista de las tropas austríacas y rusas, algunas recién llegadas de refresco desde Rusia y otras que habían tomado parte en la campaña con Kutúzov. Los dos Emperadores, el de Rusia con el zarévich y el de Austria con el archiduque, pasaban revista al ejército aliado, compuesto por ochenta mil hombres.
Desde el amanecer, las tropas comenzaron a concentrarse, con uniforme de gala, en el campo situado delante de la fortaleza. Miles de pies y de bayonetas, con sus banderas desplegadas, se detenían a las órdenes de los oficiales, giraban, iban formando, guardando las distancias, dejando paso a otros grupos de infantería uniformada con colores diferentes; o bien era el rítmico trote de la caballería, con sus hermosos uniformes azules, rojos y verdes, precedida de músicos de recamada indumentaria, sobre potros negros, alazanes y bayos; o más allá, entre gran estrépito de broncíneos cañones, limpios y brillantes, que retemblaban sobre los afustes, venía la artillería, detrás de la infantería y la caballería, para ocupar los puestos que les habían sido asignados. No eran sólo los generales con sus uniformes de gran gala, apretadas hasta la exageración las cinturas gruesas o delgadas, con el rostro congestionado por el cuello del uniforme, sus bandas y condecoraciones; no eran sólo los oficiales atildados y elegantes, sino cada soldado, con el rostro fresco, limpio y recién afeitado, con el correaje reluciente, los caballos almohazados, con la piel como de raso y las crines peinadas y alisadas pelo a pelo; todos tenían la sensación de que estaba ocurriendo algo muy importante y solemne. Cada general y cada soldado advertían su pequeñez, comprendían que no eran más que un grano de arena en aquel mar humano y, al mismo tiempo, sentían su potencia como parte de aquel enorme conjunto.
Al despuntar el día habían comenzado el movimiento y los preparativos, y a las diez todo estaba dispuesto y en el debido orden. La formación ocupaba un inmenso espacio; el ejército estaba extendido en tres grandes cuerpos: delante, la caballería; después, la artillería, y, por fin, la infantería.
Entre cada arma quedaba a modo de una calle. Se distinguían muy bien las tres partes del ejército: las fogueadas tropas de Kutúzov (cuyo flanco derecho, en primera línea, ocupaba el regimiento de Pavlograd), los regimientos de línea y de la Guardia, procedentes de Rusia, y el ejército austríaco. Pero todos formaban juntos, bajo idéntico mando y en el mismo orden.
“¡Ya llegan! ¡Ya llegan!”, pasó un murmullo inquieto como el viento sobre las hojas entre aquella muchedumbre. Se oyeron voces nerviosas y la agitación de los postreros preparativos sacudió a toda la tropa.
De Olmütz había salido, en efecto, un nutrido grupo que avanzaba hacia la tropa. Y en aquel momento, aunque el día era tranquilo, un leve soplo recorrió todo el ejército, agitando suavemente los gallardetes de las picas y las banderas desplegadas. El ejército parecía expresar con aquel ligero movimiento todo su júbilo ante la llegada de los Emperadores. Sonó la voz de “¡Firmes!”, que fue repetida, como el canto de los gallos a la madrugada, a lo largo de las formaciones. Todo quedó inmóvil.
En aquel silencio de muerte sólo se oía el trote de los caballos. Era el séquito de los emperadores que se acercaban al flanco; y las trompetas del primer regimiento de caballería tocaron generala. No parecían trompetas, sino el propio ejército el que emitía esos sones, jubiloso por la presencia del Soberano. Se pudo distinguir claramente la voz juvenil y afable del emperador Alejandro. Dirigió un saludo a las tropas y le contestó en pleno el primer regimiento con un “¡Hurra!” tan atronador, prolongado y gozoso que los mismos hombres se asustaron de la fuerza y del número de la muchedumbre que ellos constituían.