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—Entonces, ¿la ofensiva está definitivamente decidida?— preguntó Bolkonski.

—¿Sabe, amigo? Me parece que Bonaparte ha perdido su sapiencia. Acaba de llegar una carta suya para el Emperador— y Dolgorúkov sonrió con picardía.

—¡Vaya! ¿Y qué dice?— preguntó el príncipe Andréi.

—¿Qué quiere que diga? Que si esto, que si lo otro y que si lo de más allá; todo para ganar tiempo. Le aseguro que está en nuestras manos. Pero lo más divertido del caso— rió bonachonamente Dolgorúkov —es que nadie sabía a quién dirigir la respuesta. Poner cónsul no venía al raso y, claro, mucho menos emperador; a mi parecer se debía dirigir al general Bonaparte.

—Pero, entre no reconocerlo como emperador y tratarlo de general Bonaparte, a mi juicio hay diferencia— dijo Bolkonski.

—De eso se trata— interrumpió riendo Dolgorúkov. —Usted conoce a Bilibin, ¿verdad? Es un hombre inteligentísimo. Pues bien: proponía que dirigiéramos la respuesta "al usurpador y enemigo del género humano”.

Dolgorúkov rió alegremente.

—¿Nada menos?— observó Bolkonski.

—Bilibin, sin embargo, ha encontrado una fórmula seria. Es un hombre ingenioso e inteligente.

—¿Cuál es?

—Au chef du gouvernement français 225— dijo serio y complacido el príncipe Dolgorúkov. —¿Verdad que eso está bien?

—Bien sí; pero a él no le gustará nada— objetó Bolkonski.

—Ni lo mínimo. Mi hermano lo conoce, ha comido varias veces con él en París, antes de que fuera Emperador, y según él, nunca vio diplomático más sagaz y astuto, ya sabe: la habilidad francesa unida al histrionismo italiano. ¿Conoce sus anécdotas con el conde Markov? Sólo el conde Markov sabía tratarlo. ¿Conoce la historia del pañuelo? Es estupenda.

Y el locuaz Dolgorúkov, volviéndose bien a Borís, bien al príncipe Andréi, contó cómo Bonaparte, deseoso de poner a prueba al embajador ruso, conde Markov, dejó caer a propósito el pañuelo delante de él y se detuvo mirándolo, esperando seguramente que el conde lo recogiese. Pero Markov dejó caer el suyo casi junto al del Emperador y lo recogió dejando el de Bonaparte.

—Charmant!— dijo Bolkonski. —Pero yo he venido, príncipe, en solicitud de un favor para este joven. Es que...

El príncipe Andréi no pudo concluir; un ayudante de campo acababa de entrar para llamar a Dolgorúkov de parte del Emperador.

—¡Oh, qué fastidio!— dijo Dolgorúkov, levantándose rápidamente y estrechando las manos de Bolkonski y Borís. —Haré gustosamente cuanto dependa de mí por usted y por este simpático joven, ya lo sabe— y estrechó de nuevo la mano de Borís con una expresión cordial, bondadosa, sincera, pero superficial. —Pero ya ve... ¡Hasta la próxima!

Borís estaba emocionado de sentirse en aquellos momentos tan cerca del poder supremo. Se veía en contacto con los resortes que regían todos los enormes movimientos de las masas de la que él, en su regimiento, era una parte ínfima y dócil. Salieron al pasillo detrás del príncipe Dolgorúkov y se encontraron con un hombre de talla poco elevada que acababa de salir de la misma estancia en que Dolgorúkov entraba. El hombre que salía de la cámara del Emperador iba vestido de paisano, tenía aspecto inteligente y su prominente mandíbula, lejos de dar a su rostro una apariencia desagradable, le proporcionaba rara vivacidad y una expresión de astucia. Saludó a Dolgorúkov como a un hombre de la casa y, con mirada fija y fría, avanzó hacia el príncipe Andréi, esperando visiblemente a que éste lo saludara o le cediera el paso. Pero Bolkonski no hizo ni una cosa ni otra; el rostro del desconocido no pudo reprimir una expresión de cólera y, desviándose, siguió pasillo adelante.

—¿Quién es?— preguntó Borís.

—Uno de los hombres más notables y, a mi juicio, más antipáticos. Es el ministro de Asuntos Exteriores, príncipe Adam Chartorizhky. Ésos son los hombres que deciden la suerte de los pueblos— dijo Bolkonski, con un suspiro que no pudo contener, cuando salían de palacio.

Al día siguiente las tropas se pusieron en camino y, antes de la batalla de Austerlitz, Borís ya no pudo ver de nuevo al príncipe Andréi ni a Dolgorúkov; por el momento siguió en el regimiento Izmailovski.

X

Al amanecer del día 16, el escuadrón de Denísov, en el cual servía Nikolái Rostov y que se hallaba agregado al destacamento del príncipe Bagration, levantó el campo para dirigirse, según se decía, hacia la línea de combate. Iras avanzar cerca de un kilómetro, detrás de otras columnas, recibió la orden de detenerse en la carretera general. Rostov vio desfilar a los cosacos, al primero y segundo escuadrones de húsares, y varios batallones de infantería con artillería; pasaron a caballo los generales Bagration y Dolgorúkov, con sus ayudantes. Todo el miedo que, como en la otra ocasión, sintiera ante el combate, todo el esfuerzo interior para vencerlo y todos sus sueños de cómo se distinguiría en la acción fueron en vano. Su escuadrón quedó en reserva y la jornada pasó triste y aburrida. Hacia las nueve de la mañana oyó a lo lejos descargas de fusilería y “¡hurras!” de los soldados; vio algunos heridos, muy pocos, que eran evacuados, y finalmente, entre una centuria de cosacos, un destacamento completo de caballería francesa. La acción, evidentemente de poca importancia, pero coronada por el éxito, había concluido. Los soldados y oficiales, de regreso, hablaban de una victoria brillante, de la conquista de la ciudad de Wischau y de la captura de todo un escuadrón francés. Después de la leve helada nocturna la mañana era clara y soleada, y la alegre luz de otoño coincidía con la noticia de la victoria, confirmada no sólo por el relato de cuantos habían participado en el encuentro, sino también por la feliz expresión de los soldados y los oficiales, de los generales y ayudantes de campo que pasaban en una y otra dirección por delante de Rostov. El dolor de Nikolái era más intenso por haber experimentado en vano todo el miedo que precede a la batalla y ver transcurrir toda aquella alegre jornada en la inactividad.

—Ven aquí, Rostov. Beberemos para ahogar las penas— le gritó Denísov, que se había sentado al borde del camino con la cantimplora y unos bocadillos.

Los oficiales hicieron corro en derredor de Denísov, comiendo y charlando animadamente.

—Mirad, ahí traen a otro— dijo un oficial, señalando a un dragón francés, al que conducían a pie dos cosacos.

Uno de ellos llevaba de la brida a un espléndido caballo francés, que era del prisionero.

—¡Véndeme el caballo!— gritó Denísov al cosaco.

—Con mucho gusto, Excelencia.

Los oficiales se levantaron y rodearon al cosaco y al dragón, un joven alsaciano que hablaba el francés con acento alemán. Parecía sofocado por la emoción; su rostro estaba enrojecido y al oír hablar en francés explicó rápidamente a los oficiales, ya a uno, ya a otro, que no lo habrían cogido, que no era suya la culpa de que lo aprisionaran, sino del caporalque lo había enviado en busca de unos arreos, aunque él mismo le había dicho que los rusos estaban allí. A cada palabra añadía: “Mais qu’on ne fasse pas de mal à mon petit cheval”, 226al tiempo que lo acariciaba. Era evidente que no comprendía su situación. Unas veces se excusaba de haber sido hecho prisionero; otras, imaginando hallarse delante de sus superiores, alardeaba de su diligencia en el cumplimiento del deber. Llevaba consigo, a la retaguardia rusa, la atmósfera propia del ejército francés, tan extraña para las tropas rusas.

Los cosacos vendieron el caballo por dos luises, y Rostov, que con dinero fresco era el más rico de los oficiales, lo adquirió.

—Mais qu’on ne fasse pas de mal à mon petit cheval!— dijo bonachonamente el alsaciano a Rostov, cuando el animal pasó a manos del húsar.

Rostov, con una sonrisa, tranquilizó al dragón y le entregó algún dinero.