—Si pudiera atacarnos, lo habría hecho hoy— dijo. —¿Entonces usted cree que no tiene fuerzas?— preguntó Langeron.
—Todo lo más, dispone de cuarenta mil hombres— replicó Weyrother con la sonrisa del médico a quien una curandera pretende indicar un remedio.
—En ese caso, busca la derrota al esperar nuestro ataque— dijo Langeron con irónica sonrisa, mirando de nuevo a Milorádovich para obtener su apoyo, pues éste era el más próximo.
Pero en aquel momento Milorádovich pensaba en cualquier cosa menos en la discusión de ambos generales.
—Ma foi 234— dijo, —lo veremos mañana en el campo de batalla.
La sonrisa irónica de Weyrother quería decir que encontraba extraño y ridículo que los generales rusos le pusieran objeciones a ély que tuviera que demostrarles una cosa de la que no sólo él sino ambos Emperadores estaban plenamente convencidos.
—El enemigo ha apagado los fuegos y se oye un ininterrumpido rumor en su campo— dijo. —¿Qué quiere decir eso? O que se va, y eso es lo único que debemos temer, o que cambia de posición— y sonrió irónico. —Mas, aun cuando ocupase posiciones en Thürass, sólo conseguiría evitarnos muchos trabajos, y los planes de ataque serían los mismos, hasta en sus mínimos detalles.
—¿De qué modo...?— preguntó el príncipe Andréi, que desde hacía tiempo esperaba una oportunidad para exponer sus dudas.
Kutúzov se despertó, tosió pesadamente y miró a los generales.
—Señores, el plan de operaciones para mañana, mejor dicho, para hoy (porque ya pasan de las doce), no puede ser modificado— dijo. —Lo han escuchado y todos nosotros cumpliremos nuestro deber. Y antes de la batalla nada hay más importante...— calló un momento —que dormir bien.
Kutúzov hizo ademán de levantarse; los generales saludaron y se retiraron. Era ya medianoche pasada. El príncipe Andréi abandonó el salón del Consejo.
El Consejo donde el príncipe Andréi no pudo exponer sus puntos de vista, como era su propósito, le dejó una impresión confusa e inquietante. ¿Quién tenía razón? ¿Dolgorúkov y Weyrother, o Kutúzov, Langeron y cuantos no aprobaban el plan expuesto? Lo ignoraba. “Pero ¿no habría podido Kutúzov exponer sus propias ideas al Emperador? ¿No podía hacerse todo de otra manera? ¿Acaso por simples consideraciones cortesanas y personales se pueden arriesgar miles de vidas y entre ellas la mía, la mía?”, pensaba el príncipe Andréi.
“Sí, muy bien puede ocurrir que me maten mañana.” Y de pronto, ante la idea de la muerte, surgieron en su imaginación los recuerdos más íntimos y más lejanos. Recordaba el último adiós de su padre y de su mujer, y los primeros tiempos de su amor; recordó también el embarazo de su esposa. Sintió lástima de ella y de sí mismo, y emocionado, hondamente conmovido, salió de la isba donde se alojaba con Nesvitski y comenzó a pasear delante de la casa.
La noche era brumosa y a través de la niebla se filtraba la luz misteriosa de la luna. “Sí, mañana, mañana —pensaba—; tal vez mañana habrá concluido todo para mí, no existirán ya esos recuerdos, ni tendrán para mí sentido alguno; mañana puede ser, y hasta estoy seguro de ello, lo presiento, habré de mostrar por primera vez todo lo que soy capaz de hacer.” Se imaginaba la batalla, la derrota, una terrible lucha concentrada en un punto, las vacilaciones, la confusión de todos los jefes. Era aquel momento feliz, aquel Toulon que hacía tanto tiempo esperaba, que se le ofrecía por fin. Expone con firmeza y claridad sus puntos de vista a Kutúzov, a Weyrother, a los emperadores. Todos quedan asombrados de la exactitud de sus consideraciones pero ninguno se compromete a llevarlas a la práctica. Entonces el toma el mando de un regimiento o de una división, pone por condición que nadie se inmiscuya en sus disposiciones, guía a sus hombres hasta el punto decisivo y, él solo, consigue la victoria. ¿Y la muerte y los sufrimientos?, dice otra voz. Pero el príncipe Andréi no contesta a esa voz y continúa sus triunfos. El plan de la siguiente batalla es obra suya. Oficialmente, sigue agregado a Kutúzov, pero ahora lo hace todo él solo. Gana la batalla siguiente; Kutúzov queda destituido y se le nombra a él, a Bolkonski... ¿Y después?— repite la otra voz. —Después, si antes de alcanzar eso no caes herido diez veces o muerto, si todo eso no resulta un engaño... ¿qué harás después? “Después... —se responde el príncipe Andréi—, después, no lo sé, no lo sé, ni quiero, ni puedo saberlo, pero sí deseo, sí ambiciono la gloria, quiero ser conocido y famoso. ¿Soy culpable, acaso, de no querer otra cosa, de no vivir más que para eso? ¡Sí, solo para eso! A nadie se lo confesaré jamás, pero, Dios mío, ¿qué le voy a hacer si no amo más que la gloria y el amor de los hombres? ¡La muerte, las heridas, la pérdida de la familia, nada me asusta! Y pese al cariño, al amor que siento por muchas personas —mi padre, mi hermana, mi mujer— que son los seres más queridos por mí, y por terrible y contrario a la naturaleza que parezca, yo entregaría a todos sin vacilar por un solo momento de gloria, de triunfo sobre la gente, por ganarme el amor de unos hombres a los que no conozco ni conoceré jamás, por el amor de esos hombres”, se decía prestando atención a las voces que se oían en el patio de Kutúzov. Eran los asistentes, que hacían los equipajes; una voz, seguramente de un cochero, se divertía a costa del viejo cocinero de Kutúzov, Tito, a quien el príncipe Andréi conocía:
—¡Tito! ¡Tito!— gritaba la voz.
—¿Qué?— respondía el viejo.
—Tito, Tito, vete a trillar— decía el bromista.
—¡Vete tú al diablo!— gruñía el otro, entre las risas de los asistentes.
“Y a pesar de todo, quiero tan sólo el triunfo sobre todos ellos; valoro tan sólo esa fuerza misteriosa y esa gloria que flota sobre mí entre la niebla.”
XIII
Rostov con su pelotón pasó aquella noche en las avanzadas de flanco, por delante del destacamento de Bagration. Sus húsares estaban repartidos en parejas y él recorría esa línea, tratando de vencer el sueño que lo dominaba. Detrás se veía un gran espacio cubierto por las hogueras del ejército ruso, que ardían con confuso resplandor entre la niebla. Delante se extendía la negrura de la noche. Por mucho que Rostov se esforzara por distinguir algo en la lejanía, no veía nada. Algunas veces le parecía divisar, en los lugares que debía ocupar el enemigo, ya una claridad gris, ya algún bulto negro o bien la luz de las hogueras; a veces sospechaba que todo era pura ilusión de su vista. Se le cerraban los ojos y en su imaginación se sucedían las figuras del Emperador y Denísov o los recuerdos de Moscú; presuroso volvía a abrirlos y veía muy cerca de sí la cabeza y las orejas del caballo que montaba, o las negras siluetas de los húsares que surgían apenas a seis pasos, y, más allá, la misma oscuridad y la niebla de antes. “¿Por qué no? —pensaba—. Puede ocurrir muy bien que el Emperador me encuentre y me dé una orden, como podría dársela a cualquier otro oficial, y me diga: «Ve y entérate de lo que ocurre allí». Se cuentan muchos casos de que por puro azar conoce a un oficial y luego lo pone a su servicio. ¡Si a mí me ocurriera lo mismo! ¡Oh, cómo lo protegería, cómo le diría toda la verdad, cómo denunciaría a quienes lo engañan!” Y Rostov, para representarse más a lo vivo su lealtad y devoción al Emperador, se imaginaba algún enemigo, o un alemán traidor a quien no sólo mataría gustosamente, sino al que abofetearía ante los ojos del Emperador. De pronto lo despertó un grito lejano. Se estremeció y abrió los ojos.
“¿Dónde estoy? ¡Ah, sí, en las avanzadas! La consigna es «timón, Olmütz». Lástima que nuestro escuadrón esté mañana de reserva... —pensó—. Pediré que me manden a la línea de fuego. Tal vez sea la única ocasión de ver al Emperador. Sí, ya queda poco para el relevo. Haré otra ronda y en cuanto vuelva iré a pedírselo al general.” Se enderezó en la silla y aguijoneó al caballo para inspeccionar una vez más a sus húsares. Le pareció que clareaba. A la izquierda se veía una suave pendiente débilmente iluminada y, enfrente, una colina muy oscura que parecía tan abrupta como un muro. Sobre la colina había una mancha blanca que a Rostov le pareció inexplicable. ¿Era un claro del bosque iluminado por la luna o restos de nieve o un grupo de casas blancas? Hasta se le figuró que algo se movía por aquella mancha blanca. “Sí, debe de ser nieve —pensó Rostov—; una mancha; una mancha, une tache. O acaso no es une tache... Natasha, mi hermana, ojos negros... Na... tasha (¡cómo te asombrará saber que he visto al Emperador!). Na... tasha...”