Mongrius se rió.
– No pierdas ni un minuto pensándolo. El discurso te lo darán hecho.
Ígur se rebeló.
– ¡Ah no, de ninguna manera! Pase que me tenga que bajar los pantalones, pero encima al son que me toquen, ni hablar.
Mongrius se encogió de hombros riendo.
– Ya lo verás, antes del encuentro te enviarán al chico de los recados con el texto preparado. Para cambiar sólo una coma, tendrás que negociar, pero no te lo recomiendo; si no os ponéis de acuerdo, la cosa puede ir para largo.
Ígur consideró oportuno cambiar de tema.
– No hace mucho estábamos aquí en la misma circunstancia.
– Sí, pero al revés. Ahora soy yo el que se juega el pellejo.
– Cierto -dijo riendo Ígur-, y aquí me tienes dispuesto a alentarte mejor de lo que tú lo hiciste conmigo.
Comentaron, en tono distendido, la situación del Imperio, la Eponimia de Bruijma al Laberinto, que Mongrius desconocía (en realidad no se había hecho público, y era de suponer que sólo lo supieran aquellos a quienes el Príncipe otorgaba confianza; Ígur se arrepintió de habérselo comentado, y aún más después de que la risita de Mongrius lo pusiera en evidencia), y acabaron especulando sobre las características técnicas y psicológicas del adversario del Combate, con profusión de advertencias y recomendaciones de Ígur, que el interlocutor escuchó con una atención devotísima y, entonces sí, totalmente desprovista de la más leve reticencia humorística.
Un Ayudante de Protocolo les anunció que todo estaba a punto, y se encaminaron los tres a la Sala de Juicios. Allí Ígur contempló la arquitectura sin el aturdimiento previo a la lucha ni la obnubilación propia del triunfo, y ocupó el banco Sur, reservado a Mongrius, en espera del inicio del Combate. Observó que en los bancos del público había menos Caballeros de Capilla que el día de su combate, y con un cierto espíritu de revancha atribuyó el éxito de público del otro Combate a la presencia de Lamborga en lugar de a la de un oscuro recién llegado de provincias. El Juez les hizo una señal a los candidatos, y cuando Mongrius y su rival subieron al estrado, inició el discurso.
– Caballeros, Dignatarios, Funcionarios y Aspirantes, henos aquí de nuevo en el goce de la expectativa de engrandecer la gloria de la Capilla con un nuevo Caballero -Ígur pensó que ese Juez era más florido que el que lo había arbitrado a él-, en la contemplación de nuestros deseos traspuestos a una materia, ésta, regida por el valor, la compasión y la justicia. -Hizo una pausa-. Que corazón alguno se ensombrezca si se siente rechazado por cualquiera de tales virtudes. -Señaló a los contrincantes-: Desde el Poniente que he tomado veo el Este en mi final, y a mi escudo el Caballero rojo Mista Mongrius, a mi lanza el Caballero verde Andi Ridamant; tomad posiciones. -Una vez realizado, prosiguió-: la vida tendrá hoy tres determinios, con la ofensiva para el Caballero rojo. El vencedor dispondrá de las prerrogativas habituales del Combate, y en la derrota del contrincante se someterá al honor tradicional. -Ígur se sorprendió de la suavización de las normas: quedaba claro que en su Combate le habían concedido todas las prerrogativas al vencedor para que Lamborga lo pudiera enviar al otro barrio sin problemas; eso lo llenó de despecho y de orgullo a la vez; los rivales se colocaron las máscaras y se saludaron-. ¡Que ya empiece a ser lo que tiene que ser!
El Combate comenzó; Ígur no sabía gran cosa de las aptitudes de Mongrius en esgrima, y la verdad, después de la prueba en el despacho de la Equemitía, no lo tenía demasiado bien conceptuado; cuando vio que los contrarios se dedicaban a estudiarse con tantas precauciones que bordeaban ya el ridículo, se hartó y se desentendió, y observó a la concurrencia. Presidía el Secretario de la Capilla (una vez más, el Apótropo estaba ausente), a su derecha había un dignatario que Ígur no conocía, y que supuso próximo al tal Ridamant, y a su izquierda el Secretario Ifact, superior de Mongrius. De vez en cuando echaba un vistazo a la palestra para comprobar que todo continuaba dentro de la tónica del más estricto aburrimiento. Volvió a la presidencia y los encontró tan distraídos que se arrepintió de no haberse fijado en si el día de él y de Lamborga tenían la misma actitud. Cuando se oyó la voz del Juez, Ígur se maravilló de cómo tres minutos resultan diferentes dependiendo de desde dónde haya que soportarlos.
– Fin del primer determinio. Vencedor, el Caballero rojo, que conserva la ofensiva. Dos minutos de descanso.
Mongrius bajó al banco que ocupaba Ígur, se quitó la máscara y se sentó a su lado.
– ¿Qué opinas? -le preguntó.
– Lo tienes en el bote. Atácale de revés, es por donde tiene peor defensa. Por poco que arriesgues, no necesitarás llegar al tercer determinio.
– ¿Lo dices en serio?
– Claro que sí. Sólo tienes que soltarte, y el Combate es tuyo. Ese individuo está completamente desconcertado, no entiendo cómo ha llegado a Caballero si no es combatiendo con inútiles -dijo Ígur pensando que lo mismo se podría decir de su pusilánime interlocutor.
– Retomad posiciones -indicó el Juez-. Segundo determinio de la vida, ofensiva para el Caballero rojo. Que continúe siendo lo que tiene que ser.
Prosiguieron el Combate, y entonces Ígur se dedicó a contemplar a la concurrencia. Maraís Vega estaba en primera fila, vestido de negro de pies a cabeza como siempre, y a su lado Per Allenair, con quien intercambió una mirada entre indiferente y amenazadora. Retirando la vista tuvo que reconocer que su derrotado adversario en la Eponimia tenía una figura francamente atractiva y, por lo que había podido saber, una habilidad y un talento en absoluto despreciables, y sintió haber sido el instrumento de su fracaso. En otras circunstancias habría sido instructivo y agradable tenerlo por amigo.
– Detened el Combate -indicó el Juez; los rivales se habían entrelazado, y les obligó a separarse-. Retomad el segundo determinio.
Ígur se dio cuenta con una cierta inquietud de que algunos asistentes lo miraban más a él que al Combate. ¿Se habría filtrado algo sobre la Eponimia de Bruijma? ¿O era el recuerdo de Lamborga? ¿Y si fuera cualquier cosa referente a la orden que esquivaba? Resolvió estar más atento al enfrentamiento, pero aun así cualquier asociación de ideas lo llevaba o por un camino o por otro a la cuestión que ya no podía posponer más: Debrel y Guipria. Empezó a impacientarse; el rival de Mongrius había cometido dos errores de principiante que el otro no había sabido aprovechar, y a cada momento veía ocasiones que él habría resuelto en un segundo. Pensó en Omolpus, en la posibilidad de presentarse en Cruiaña para saber qué había pasado, aunque dejar Gorhgró en la presente contingencia podía resultar suicida.
– Fin del segundo determinio -anunció el Juez-. El Caballero rojo conserva la iniciativa. Dos minutos de descanso.
Mongrius fue junto a Ígur y se mantuvo silencioso. Él, en cambio, no pudo aguantarse y lo recriminó.
– No sé por qué lo alargas. Ese individuo es un regalo de la fortuna.
Ya me explicarás la razón que tienes para no despacharlo en un momento.
– Tiene un contraataque muy bueno -se excusó Mongrius-, y lo quiero estudiar.
Ígur resopló.
– No me hagas reír.
Mongrius lo miró fijamente.
– Ya sé que para ti sería muy fácil -dijo, e Ígur se preguntó si no estaría humillando a su amigo-, pero no todos tenemos tus facultades.
– Retomad posiciones -reclamó el Juez-. Ultimo determinio, ofensiva para el Caballero rojo. Me permito recordar a los Caballeros Aspirantes que ninguno de los dos accederá a la Capilla si no se produce un resultado que rebase la mera realización de ofensivas. Que acabe de ser lo que tiene que ser.
Mongrius se lanzó con más fuerza contra el antagonista, pero Ígur ya había decidido que allí no aprendería nada, y que si Mongrius perdía se lo tendría merecido por indeciso. De repente se le ocurrió que, cualquiera que fuera el sector que había dictado la orden de matar a Debrel, a esas alturas, viendo que no la cumplía, ya debía de haber tomado otra decisión, y quizá Debrel y Guipria habían sido asaltados ya por otro Caballero, o por los Fonóctonos, o estaban a punto de ser asaltados. Se angustió terriblemente imaginando las funestas consecuencias que haber desobedecido podía tener para él, justamente ahora que parecía tan bien encaminada la empresa del Laberinto, y pensó que quizá aún estaba a tiempo.
– El Combate de Juicio se ha acabado -dijo el Juez-, la vida ha resuelto su determinio.
Ígur se sobresaltó, y se levantó como toda la concurrencia. El Caballero verde yacía herido en el suelo, y Mongrius se alzaba ante él con la espada en la mano. En ese caso la prerrogativa de honor contemplaba no rematar al vencido incapaz de levantarse, y, aunque la herida no parecía grave, se lo llevaron dos empleados. Mongrius bajó para abrazarse a Ígur, que lo notó emocionado en exceso, y, encabezados por Vega, los Caballeros de Capilla se acercaron a felicitarlo.
– ¿Lo ves? -dijo Ígur, sin haber visto la estocada de la victoria-; si lo hubieras hecho antes, antes habrías dejado de sufrir.
Después del habitual despliegue de cortesías, Ígur se marchó a comer algo antes de la cita en la Apotropía de Órdenes Militares. Estrechó la mano del nuevo Caballero de Capilla en el vestíbulo.
– El ritual de Acceso será mañana por la mañana -dijo Mongrius-, pero no hace falta que vayas, ya sé que estás muy ocupado -rieron-. Quiero que sepas lo mucho que aprecio y agradezco tus consejos y tu compañía. ¿Nos veremos esta noche en casa de Madame Conti? Ya sabes cuáles son las tradiciones.
Aquella noche a Ígur le esperaban emociones más severas.
– Procuraré no faltar -mintió.
Emocionalmente desinteresado por completo de la ceremonia, y con la cabeza en otro sitio, Ígur se presentó en la Apotropía de Órdenes Militares dispuesto a cumplir el trámite de la forma en que dispusieran mientras fuera rápido. Tal y como, buen conocedor de la burocracia, Mongrius había predicho, un funcionario de mediana edad que se presentó como Supervisor de Relaciones Administrativas lo recibió en una antesala, y empezó por hacerle saber que todos los convocados habían llegado ya y que el acto tendría lugar al cabo de media hora.