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Soomerki de verano, esa preciosa palabra rusa que designa el crepúsculo. Tiempo: un oscuro punto de la primera década de este impopular siglo. Lugar: latitud 59° norte del ecuador de quien lee, longitud 100° al este de la mano con que escribo. El día iba a tardar muchas horas en desvanecerse, y todo —el cielo, las altas flores, las quietas aguas— se mantendría en un estado de infinita suspensión vespertina, subrayada más que estorbada por el lúgubre mugido de una vaca desde un prado lejano o por el incluso más conmovedor grito emitido por algún pájaro desde el otro lado del río, cuya vasta extensión de musgosos pantanos azul niebla, debido a lo remota y misteriosa que resultaba, fue bautizada por los niños de Rukavishnikov con el nombre de América.
Antes de acostarme solía permanecer en el salón de nuestra casa de campo, en donde muy a menudo mi madre me leía en inglés. Cuando llegaba a un momento especialmente emocionante, en el que el protagonista iba a encontrarse con algún peligro desconocido y quizá fatal, su voz adquiría mayor lentitud, espaciaba de forma portentosa las palabras, y antes de volver la página apoyaba sobre ella su mano, con aquel familiar anillo con un rubí color sangre de paloma, y un diamante (en el interior de cuyas facetas, de haber sido un mago capaz de leer la bola de cristal, hubiera podido ver una habitación, personas, luces, árboles bajo la lluvia: todo un período de vida de emigrantes que sería costeado con ese anillo).
Había historias de caballeros cuyas terribles pero maravillosamente asépticas heridas eran lavadas en grutas por bellas damiselas. Desde la cumbre de un acantilado barrido por el viento, una muchacha medieval de ondeantes cabellos y un joven con calzas contemplaban las redondas islas de los Biaventurados. En «Incomprendido», el destino de Humphrey provocaba en mi garganta un nudo mucho más especializado que todas las narraciones de Dickens o Daudet (grandes provocadores de nudos), mientras que una historia desvergonzadamente alegórica, «Más allá de las montañas azules», que trataba de dos parejas de pequeños viajeros —Trébol y Primavera, los buenos; Ranúnculo y Margarita, los malos—, contenía la suficiente cantidad de excitantes detalles como para hacer olvidar su «mensaje».
También teníamos aquellos grandes y delgados libros de relucientes ilustraciones. A mí me gustaba en especial Golliwogg, con su levita azul y sus pantalones rojos y su piel negra como el carbón, unos ojos que eran un par de botones de ropa interior, y un exiguo harén de cinco muñecas de madera. Utilizando el ilegal método consistente en hacerse vestidos con la tela de la bandera de los Estados Unidos (Peg eligió las maternales barras, y Sarah Jane las bonitas estrellas), dos de las muñecas adquirirían cierta suave feminidad una vez disimuladas sus neutras articulaciones. Las Gemelas (Meg y Weg) y la Enanita permanecían completamente desnudas y, por lo tanto, sin sexo.
Las vemos salir cautelosamente al exterior en plena noche para hacer una batalla de bolas de nieve hasta que («¡Mas, ay!», comenta el texto rimado) las campanas de un lejano reloj las devuelven a su caja de juguetes de las habitaciones de los niños. Un maleducado muñeco de una caja de resorte sale disparado y espanta a mi encantadora Sarah, y recuerdo que esa imagen me resultaba especialmente antipática porque me recordaba las fiestas infantiles en las que tal o cual preciosa chiquilla, que me tenía embrujado, se pillaba el dedo en una puerta o se hacía daño en la rodilla, y acto seguido se expandía hasta convertirse en un sonrojado trasgo de rostro arrugado y enorme boca aullante. En otra ocasión hicieron una excursión en bicicleta y fueron capturados por caníbales; nuestros incautos viajeros se habían detenido a calmar su sed en un estanque rodeado de palmeras, cuando empezaron a sonar los tambores. Mirando por encima del hombro de mi pasado vuelvo a admirar la ilustración principaclass="underline" Golliwogg, que todavía está arrodillado junto al estanque, ya ha dejado de beber; tiene los pelos de punta, y el normal color negro de su rostro se ha convertido en un horrible azul ceniza. También estaba el libro de los automóviles (Sarah Jane, que siempre era mi preferida, llevaba un largo y precioso velo verde), con la secuela de siempre: muletas y cabezas vendadas.
Y, sí, la aeronave. Se necesitaban metros y más metros de seda amarilla, y había además un diminuto globo para uso exclusivo del afortunado Enanito. A la inmensa altitud que alcanzaba la nave, los aeronautas se apretujaban los unos contra los otros para darse calor, mientras que el pobre navegante solitario, que pese a su apurada situación seguía provocando mi envidia, se iba a la deriva hacia un abismo de escarcha y estrellas, completamente solo.
3
A continuación veo a mi madre conduciéndome hacia la cama a través de aquel enorme vestíbulo, del que partía una escalera central que subía y subía, y arriba del todo sólo unos cristales como de invernadero separaban el último rellano del cielo verde claro del anochecer. Yo solía resistirme y arrastraba los pies o patinaba por la tersa superficie del piso de piedra, obligando así a la suave mano que se apoyaba en mis riñones a que empujara mi poco dispuesto esqueleto con indulgentes golpecitos. Al llegar a la escalera tenía por costumbre subir a los peldaños colándome por debajo de la barandilla, entre los dos últimos postes. Cada verano que pasaba, colarme por allí iba resultándome más difícil; hoy en día, hasta mi fantasma se quedaría atascado.
Otra parte del ritual consistía en subir con los ojos cerrados. «Escalón, escalón, escalón», iba diciendo la voz de mi madre mientras me llevaba hacia arriba, e, infaliblemente, la superficie de la nueva huella recibía el pie confiado del niño ciego; bastaba con levantarlo un poco más de lo usual para que la punta del zapato no chocase con la contrahuella. Esta ascensión lenta y en cierto modo sonambulística, realizada en una oscuridad engendrada por mí mismo, me permitía disfrutar de placeres obvios. El mayor de todos ellos era no saber cuándo llegaría el último peldaño. Al final de la escalera, levantaba automáticamente el pie al oír el engañoso aviso, «Escalón», y entonces, con una momentánea sensación de exquisito pánico y una brusca contracción muscular, el pie se hundía en el fantasma de un peldaño, acolchado, por así decirlo, con el material infinitamente elástico de su propia existencia.
Es sorprendente que mi lenta retirada a la cama fuera tan metódica. En efecto, esta complicada forma de subir la escalera revela ahora algunos valores trascendentales. De hecho, sin embargo, yo me limitaba a ganar tiempo ampliando al máximo cada segundo. Todo este proceso continuaba cuando mi madre me entregaba a Miss Clayton o a Mademoiselle para que me desnudaran.
En nuestra casa de campo había cinco baños, y toda una miscelánea de venerables lavamanos (uno de los cuales siempre iba a buscar a su oscuro escondrijo cada vez que lloraba, a fin de notar en mi hinchada cara, que tanto me avergonzaba mostrar, el tacto lenitivo del chorro que emitía cuando pisaba su herrumbroso pedal). Solíamos bañarnos regularmente al anochecer. Para las abluciones matutinas usábamos las bañeras redondas de caucho importadas de Inglaterra. La mía tenía un diámetro de un metro y veinte, y su borde me llegaba a la altura de la rodilla. Sobre la enjabonada espalda del niño agachado, un criado protegido por su delantal vertía con cuidado una jarra llena de agua. Su temperatura variaba de acuerdo con las ideas hidroterapéuticas de los sucesivos preceptores. Hubo un sombrío período, que coincidió con el despertar de la pubertad, en el que nuestro preceptor, que casualmente era estudiante de medicina, ordenó que nos rociaran con auténticos diluvios helados. Sin embargo, la temperatura de nuestro baño nocturno era constante, de 28° Réaumur (35° centígrados), medidos por un gran y comprensivo termómetro cuyo soporte de madera (sujeto con un cabo de húmeda cuerda por el agujero del asa) le permitía disfrutar del baño en compañía de los peces y cisnes de celuloide.
Los retretes estaban separados de los baños, y el más antiguo de todos era un cacharro bastante suntuoso pero más bien sombrío, con magníficos artesonados y un tirador de terciopelo rojo con una borla al final que, cuando lo accionabas, producía un gorgoteo y un engullimiento bellamente modulados y discretamente asordinados. Desde esa esquina de la casa se divisaba Héspero y se oían los ruiseñores, y fue allí donde, más tarde, compuse mis versos juveniles, dedicados a bellas mujeres a las que no había abrazado, y también el lugar donde estudié morosamente, en un escasamente iluminado espejo, la inmediata erección de un extraño castillo en una España desconocida. De pequeño, sin embargo, a mí me correspondía un retrete más modesto, situado en un estrecho hueco que había entre un gran cesto de mimbre que contenía la ropa sucia, y la puerta que conducía al baño de las habitaciones de los niños. Me gustaba que esta puerta permaneciera abierta; a través de ella veía, medio adormecido, el brillo del vapor que se elevaba por encima de la bañera de caoba, la fantástica flotilla de cisnes y esquifes, y también a mí mismo provisto de un arpa y a bordo de uno de los barcos, así como la peluda polilla que se golpeaba contra el reflector de una lámpara de keroseno, los cristales emplomados de la ventana, y sus dos alabarderos, que eran sendos rectángulos de color. Doblándome por la cintura en mi caliente asiento, me gustaba apoyar el centro de mi frente, específicamente su ofrión, en el liso y confortable borde de la puerta, y luego girar un poco la cabeza para que la puerta se moviese a un lado y a otro sin que su borde dejara de mantener su consolador contacto con mi frente. Un ritmo ensoñado permeaba mi ser. El reciente «escalón, escalón, escalón» era sustituido por el goteo de un grifo. Y, combinando fructíferamente el movimiento rítmico con el sonido rítmico, me entretenía en descifrar los dibujos del linóleo, y en localizar caras allí en donde una grieta o una sombra ofrecían a la vista algún point de repère. Quiero hacer un llamamiento a los padres: jamás, jamás en la vida hay que decirles a los niños eso de «Venga, date prisa».