Las tinieblas sepia de la tarde ártica de pleno invierno invadían las habitaciones e iban espesándose hasta reducirlo todo a un opresivo color negro. Aquí un ángulo broncíneo, allí una superficie de cristal o de caoba lustrosa en medio de la oscuridad, reflejaban los restos de luz procedentes de la calle, en donde los globos de las altas farolas alineadas en el centro de la calzada habían empezado a difundir su fulgor lunar. Sombras de gasa se agitaban en el techo. El seco sonido de un pétalo de crisantemo cayendo en aquel silencio sobre el mármol de una mesa tañía mis nervios.
El tocador de mi madre tenía un práctico mirador asomado a la calle Morskaya en dirección a la plaza Maria. Apoyando los labios en la delgada tela que velaba el cristal, saboreaba gradualmente el frío de su superficie a través del visillo. Algunos años más tarde, cuando estalló la Revolución, vi desde este mismo mirador varios combates, y también, por primera vez en mi vida, a un muerto: se lo llevaban en una camilla y, de la pierna que le colgaba, un mal calzado compañero intentó repetidas veces arrancarle la bota a pesar de los puñetazos y empujones que le daban los camilleros, y todo esto sin dejar de avanzar a un buen trote. Pero en la época de las lecciones de Mr. Burness no se veía nada más que la oscura y callada calle, y su hilera de farolas suspendidas en torno a las cuales pasaban una y otra vez los copos de nieve con movimientos graciosos y casi deliberadamente desacelerados, como si pretendieran mostrar cómo hacían este número y qué fácil era realizarlo. Desde otro ángulo se divisaba un flujo de nieve más generoso a la luz de una farola de gas más brillante y dotada de un nimbo violeta, y llegaba un momento en el que el recinto saledizo donde me encontraba parecía remontarse despacito hacia arriba, como un globo. Hasta que por fin, uno de los fantasmales trineos que se deslizaban por la calle se detenía, y con desgarbado apresuramiento Mr. Burness, envuelto en su shapkaforrada de zorro, corría hacia la puerta de casa.
Desde el aula, en donde yo le había precedido, oía sus vigorosos pasos acercándose con estrépito, y, por frío que fuese el día, su sonrojado rostro aparecía sudando abundantemente en el momento de entrar. Recuerdo la terrorífica energía con la que apretaba su pluma contra el papel al escribir con la letra redondilla más redonda que se pueda imaginar, la tarea que nos encargaba para que se la presentásemos en la siguiente lección. Al final de la clase solíamos conseguir que nos recitara cierto limericky la gracia consistía en que cada vez que aparecía en los versos la palabra «chillar», en lugar de ser pronunciada por él la sustituíamos nosotros por chillidos que emitíamos involuntariamente debido a que Mr. Burness nos pegaba un tremendo apretón en la mano que sostenía en su gruesa garra mientras iba diciendo los versos:
There was a young lady from Russia
Who (apretón) whenever you'd crush her.
She (apretón) and she (apretón)...
Cuando llegaba al tercero, el dolor que sentíamos era tan terrible que jamás seguíamos hasta el final.
5
El tranquilo y barbudo caballero ligeramente jorobado, aquel anticuado Mr. Cummings que me dio clases en 1907 o 1908, había sido también profesor de dibujo de mi madre. Llegó a Rusia a comienzos de los años noventa como corresponsal e ilustrador del Graphicde Londres. Según las habladurías, su vida se había visto oscurecida por las desgracias matrimoniales. La melancólica dulzura de sus modales compensaba las limitaciones de su talento. Llevaba siempre un úlster, a no ser que hiciera un tiempo muy benigno, y entonces lo cambiaba por esos abrigos de lana pardo-verdosa conocidos con el nombre de loden.
A mí me cautivaba su manera de utilizar la goma especial de borrar que llevaba en el bolsillo del chaleco, su forma de tensar la página con una mano, y su modo de sacudir luego, con el dorso de los dedos, lo que él llamaba «las gutículas de la percha». Silenciosa y tristemente, ilustraba con ejemplos las leyes marmóreas de la perspectiva: largos y rectos trazos de su lápiz, sostenido con elegancia y de punta increíblemente afilada, hacían que las líneas de la habitación que él creaba de la nada (paredes abstractas, el techo y el piso empequeñeciéndose con la distancia) se unieran en un remoto punto hipotético con atormentadora y estéril precisión. Atormentadora porque me recordaba las vías del ferrocarril, simétrica y engañosamente convergentes ante los enrojecidos ojos de mi máscara favorita, un mugriento maquinista; y estéril porque esa habitación permanecía sin amueblar y completamente vacía, desprovista incluso de las neutras estatuas que suelen encontrarse en el vestíbulo de los museos.
El resto de la galería compensaba el carácter severo de este vestíbulo. Mr. Cummings era un maestro del ocaso. Sus pequeñas acuarelas, adquiridas en diferentes momentos a cinco o diez rublos cada una por diversos miembros de la familia, llevaban una existencia bastante precaria dado que iban alejándose hacia rincones cada vez más oscuros hasta quedar por fin completamente eclipsadas por alguna elegante fiera de porcelana o una fotografía enmarcada. Después de haberme enseñado no solamente a dibujar cubos y conos sino también a dar sombra con suaves y oblicuas líneas convergentes a aquellas de sus partes que debían quedar eternamente de espaldas a mí, el amable y anciano caballero se divertía pintando ante mis ojos hechizados sus húmedos paraísos: un anochecer de verano con un cielo anaranjado, un pastizal que terminaba en la franja negra de un lejano bosque, y un río luminoso que repetía el cielo y se alejaba infinitamente, serpenteando cada vez más lejos.
Posteriormente, de 1910 a 1912, más o menos, ocupó su lugar el conocido «impresionista» (término de la época) Yaremich; un tipo carente de humor y educación, partidario del estilo «osado» a base de chafarrinadas de colores diluidos y pinceladas sepia y pardo oliváceo, por medio de las cuales tenía yo que reproducir en enormes hojas de papel gris formas humanoides que modelábamos en plastelina y colocábamos en actitudes teatrales contra un fondo de terciopelo con multitud de pliegues y efectos de sombra. Era una deprimente combinación de, como mínimo, tres artes diferentes, todas ellas imprecisas, y al final me rebelé.
Le sustituyó el famoso Dobuzhinski, al que le gustaba darme sus clases sobre la superficie del piano nobileque había en una de las bonitas salas de la planta baja, y en la que él entraba con un paso particularmente insonoro, como si temiera despertarme del estupor en que me sumía durante los ratos en que escribía mis versos. Me hacía representar de memoria, y con todo el detalle que me fuera posible, objetos que sin duda había visto yo mil veces sin haberlos visualizado adecuadamente: una farola, un buzón de correos, el dibujo de tulipanes del cristal emplomado de la puerta de la calle. Quiso enseñarme a encontrar las ocultas coordinaciones geométricas existentes entre las delgadas ramas de los árboles deshojados de los bulevares, un sistema de vanados toma y daca visuales que exigían una gran exactitud en la expresión lineal que no llegué a alcanzar en mi adolescencia, pero que apliqué de forma agradecida en mi fase adulta, no sólo para dibujar los genitales de las mariposas durante los siete años que pasé en el Museo de Zoología Comparada de Harvard, cuando me sumergía en el luminoso pozo de los microscopios para registrar con tinta china tal o cual estructura nueva; sino también, quizá, para ciertas aplicaciones de la cámara lúcida que he utilizado en la composición literaria. Sentimentalmente, sin embargo, siento una deuda mayor incluso para con los ejercicios de color realizados anteriormente con mi madre y su ex maestro. Con qué alegría se sentaba Mr. Cummings en un taburete, retiraba con las dos manos hacia atrás las colas de su —¿qué? ¿llevaba levita? Sólo veo el ademán— y procedía a la apertura de la negra caja metálica de pinturas. Me gustaba la agilidad con que empapaba su pincel en los diversos colores, con el acompañamiento del rápido entrechocar de los diversos recipientes esmaltados en los que los intensos rojos y amarillos rozados por el pincel se encontraban apetitosamente ofrecidos; y, tras haber recolectado su miel de este modo, dejaba el pincel de planear y zambullirse, y, con dos o tres barridos de su lozana punta, empapaba el papel «Vatmanski» con una regular extensión de cielo anaranjado sobre el que, mientras ese cielo permanecía aún húmedo, quedaba depositada luego una nube alargada de color negro rojizo.