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Estos lápices, ay, también han sido distribuidos entre los personajes de mis libros a fin de mantener ocupados a diversos niños ficticios; ahora ya no son del todo míos. En algún lugar, el piso de un capítulo, la habitación realquilada de un párrafo, también he situado ese espejo inclinado, y la lámpara de petróleo y la araña con sus gotas. Quedan pocas cosas, muchas han sido despilfarradas. ¿He regalado también a Box (hijo y esposo de Youlou, el Perro del ama de llaves), ese viejo dachshundpardo que duerme en el sofá? No, creo que todavía es mío. Su canoso hocico, con esa verruga en la arrugada comisura de los labios, está embutido en la curva de su corvejón, y un suspiro hincha de vez en cuando sus costillas. Es tan viejo y tiene un dormir tan acolchado de sueños (zapatillas masticables y algunos olores recientes) que ni siquiera se mueve cuando suenan afuera leves tintineos. Después, una puerta neumática resopla y se cierra con estrépito en el vestíbulo. Al final, Mademoiselle ha llegado; yo había confiado en que no fuera así.

3

Otro perro, el amable semental de una feroz familia, un gran danés al que no se le permitía entrar en casa, tuvo un agradable papel en una aventura que ocurrió, si no al día siguiente, al cabo de muy pocos. Resultó que mi hermano y yo nos quedamos a cargo de la recién llegada. Según la reconstrucción que hago ahora, mi madre se había ido probablemente, con su doncella y la joven Trainy, a San Petersburgo (un viaje de unos setenta y cinco kilómetros), en donde mi padre estaba muy comprometido en los graves acontecimientos políticos de aquel invierno. Estaba embarazada y muy nerviosa. Miss Robinson, en lugar de quedarse y explicarle sus deberes a Mademoiselle, también se había ido, para trabajar de nuevo con la familia de un embajador, de la que nosotros llegamos a saber tantas cosas como las que ellos sabrían de nosotros a partir de ese momento. A fin de demostrar que ésta no era forma de tratarnos, concebí inmediatamente el proyecto de repetir nuestra excitante empresa del año anterior, cuando nos escapamos de Miss Hunt en Wiesbaden. El campo que nos rodeaba esta vez era un desierto nevado, y resulta difícil imaginar cuál podía ser exactamente el objetivo del viaje que planeé. Acabábamos de regresar de nuestro primer paseo vespertino con Mademoiselle, y yo palpitaba de frustración y odio. Bastaron unos leves estímulos para conseguir que el mojigato Sergey sintiera también parte al menos de mi rabia. Tener que habérselas con alguien que hablaba un idioma desconocido (todo el francés que sabíamos se reducía a unas pocas frases cotidianas), y, por si esto fuera poco, ver contrariados todos nuestros hábitos más queridos, era más de lo que nadie puede soportar. La bonne promenadeque ella nos había prometido se convirtió en un tedioso paseo, sólo por aquellos caminos cercanos a la casa en los que la nieve había sido retirada, y el helado suelo cubierto de arena. Nos hizo ponernos cosas que jamás usábamos, ni siquiera en los días más fríos (espantosas polainas y capuchas que entorpecían todos nuestros movimientos). Nos llamó a su lado cuando yo intenté seducir a Sergey para que explorase conmigo las cremosas y tersas ondulaciones de nieve que se habían formado sobre lo que en verano eran parterres floridos. Tampoco nos permitió caminar por debajo de aquel sistema de carámbanos enormes que, a modo de tubos de órgano, colgaban de los aleros y ardían esplendorosamente a la luz del bajo sol. Y había rechazado, tachándolo de ignoble, uno de mis entretenimientos preferidos (inventado por Miss Robinson): tenderme boca abajo en un pequeño trineo de felpa con un cabo de cuerda atado a un extremo, del que tiraba una mano refugiada en un mitón de cuero, y que me llevaba por un camino nevado bajo arcadas de árboles blancos, mientras Sergey iba, no tendido sino sentado, en un segundo trineo, tapizado de felpa roja, y sujeto a la parte trasera del mío, que era azul, y los tacones de un par de botas de fieltro, justo delante de mi cara, caminando bastante aprisa, con las punteras vueltas hacia dentro, y, de vez en cuando, haciendo saltar un fragmento de hielo con una u otra suela. (La mano y los pies eran los de Dmitri, nuestro más antiguo y bajito jardinero, y el camino, la avenida de jóvenes robles que parece haber sido la principal arteria de mi infancia.)

Expliqué a mi hermano mi malvado plan, y le convencí de que lo aceptara. En cuanto regresamos de aquel paseo, dejamos a Mademoiselle resoplando en la escalera de la entrada y corrimos hacia el interior de la casa como si pretendiéramos escondernos en alguna habitación remota. De hecho, no paramos de correr hasta llegar al otro extremo de la casa y, una vez allí, cruzamos la terraza y volvimos a salir al jardín. El gran danés al que me he referido más arriba estaba acomodándose alborotadamente en un montón de nieve, pero mientras se preguntaba cuál de sus dos piernas traseras debía levantar primero, nos vio y nos siguió galopando alegremente.

Seguimos los tres un sendero sin mayores dificultades, y tras haber recorrido unas zonas en las que la nieve era más espesa, llegamos al camino que conducía al pueblo. A estas horas el sol ya se había puesto. La noche llegó con temible rapidez. Mi hermano declaró que tenía frío y estaba cansado, pero yo le apremié a que siguiera, y finalmente le hice montar en la grupa del perro (que era el único miembro del grupo que seguía pasándoselo en grande). Habíamos recorrido más de tres kilómetros, y la luna era fantásticamente luminosa, y mi hermano, en completo silencio, había empezado a caerse de vez en cuando de su montura, cuando Dmitri, provisto de una lámpara, nos alcanzó y nos llevó de vuelta a casa. «Giddy-eh, giddy-eh?», gritaba frenéticamente Mademoiselle desde el porche. Yo pasé rozándola sin decir palabra. Mi hermano rompió a llorar, y se entregó. El gran danés, que se llamaba Turka, volvió a sus interrumpidas ocupaciones relacionadas con los útiles e informativos montones de nieve que había alrededor de la casa.

4

Durante nuestra infancia aprendemos muchas cosas acerca de las manos, ya que viven y planean a la altura de nuestras cabezas; las de Mademoiselle eran desagradables, debido al lustre de rana de su tensa piel, que estaba además salpicada de pardas manchas equimosas. Antes de su llegada, ningún desconocido me había acariciado la cara. En cuanto se presentó, Mademoiselle me dejó desconcertado con aquellos golpecitos en la mejilla con los que pretendía demostrar su espontáneo afecto. En cuanto pienso en sus manos recuerdo sus peculiares costumbres. Su forma de pelar, más que afilar, los lápices, con la punta dirigida hacia su estupendo y estéril pecho enfundado en lana verde. Su costumbre de insertarse el meñique en la oreja, y hacerlo vibrar con gran rapidez. El ritual que observaba cada vez que me entregaba un nuevo cuaderno. Jadeando siempre un poco, con los labios entreabiertos y emitiendo en rápida sucesión una serie de resoplidos asmáticos, abría el cuaderno para marcarle el margen; a saber, grababa una profunda vertical con la uña del pulgar, doblaba el borde de la página, lo presionaba, lo soltaba, lo alisaba con el canto de la mano y, después de todo esto, daba media vuelta al cuaderno y me lo colocaba delante de mí para que empezara a usarlo. Después venía lo de la plumilla nueva; antes de dármela humedecía su brillante punta con sus susurrantes labios y luego la sumergía en el tintero bautismal. A continuación, deleitándome en cada uno de los trazos de cada una de las límpidas letras (debido sobre todo a que el anterior cuaderno había sido terminado con el mayor de los descuidos), yo inscribía con exquisito cuidado la palabra Dictéemientras Mademoiselle buscaba en su colección de pruebas ortográficas algún fragmento especialmente difícil.