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Entretanto, el escenario ha cambiado. El árbol orlado y el alto montón de nieve con su hueco amarillento han sido retirados por un silencioso atrecista. Altas nubes que escalan el cielo avivan la tarde de primavera. Sombras oculares se agitan en los senderos del jardín. Terminan por fin las clases y Mademoiselle nos lee en la terraza, donde las esteras y las sillas de mimbre desprenden bajo el calor un penetrante aroma a galleta. En los blancos alféizares, en los alargados asientos de las ventanas, cubiertos de descolorido calicó, el sol se rompe en geométricas gemas después de atravesar los romboides y cuadrados de las cristaleras de colores. Esta es la época en la que Mademoiselle se encontraba más en forma.

¡Qué enorme cantidad de volúmenes nos leyó en esa terraza! Su tenue voz leía velozmente, sin debilitarse jamás, sin el menor tropiezo ni vacilación, pues era una formidable máquina lectora que actuaba con absoluta independencia de sus enfermos tubos bronquiales. Hubo de todo: Les Malheurs de Sophie, Le Tour du Monde en Quatre Vingt Jours, Le Petit Chose, Les Miserables, Le Comte de Monte Cristo, y otros muchos. Se sentaba allí, y destilaba su voz lectora desde la quieta prisión de su persona. Aparte de los labios, lo único que se movía en su búdico bulto era una de sus sotabarbas, la más pequeña pero también la más auténtica. Los quevedos de montura negra reflejaban la eternidad. De vez en cuando alguna mosca se posaba en su severa frente y al instante saltaban sus tres arrugas juntas, como tres atletas sobre tres vallas. Pero no había nada capaz de cambiar la expresión de su cara, esa cara que tan a menudo he pretendido dibujar en mi cuaderno, pues su impasible y simple simetría ofrecían a mi vacilante lápiz una tentación mucho mayor que el ramo de flores o el cimbel que reposaban ante mí sobre la mesa, y que eran el modelo que se suponía que yo estaba dibujando.

Mi atención erraba después más lejos incluso, y era entonces, quizá, cuando la rara pureza de su rítmica voz lograba su verdadero propósito. Me quedaba mirando un árbol, y el temblor de sus hojas tomaba prestado aquel ritmo. Egor cuidaba de las peonías. Una cauda trémula daba unos pasos, se detenía como si de repente se hubiese acordado de algo, y después seguía su camino, haciendo honor a su nombre. Salida de ninguna parte, una c blanca se posaba en el umbral, se tostaba al sol con sus angulosas alas anaranjadas completamente abiertas, las cerraba luego de repente para mostrar la diminuta letra escrita con tiza en su oscuro dorso, y remontaba el vuelo con la misma brusquedad. Pero la más constante fuente de hechizo de aquellos ratos de lectura era el dibujo arlequinado de los cristales de colores incrustados en el blanco armazón que había a ambos extremos de la terraza. Visto a través de estos cristales mágicos, el jardín adquiría un aspecto extrañamente quieto y distante. Mirando por el cristal azul, la arena mudaba su color a un tono ceniza, mientras que unos árboles de tinta nadaban en un cielo tropical. El amarillo creaba un mundo ambarino empapado de un brebaje especialmente intenso de luz solar. El rojo hacía que el follaje se convirtiera en un goteo rubí oscuro que colgaba sobre un sendero rosa. El verde empapaba el verdor de un verde más verde. Y cuando, después de tanta intensidad, pasaba a un cuadrado de cristal corriente e insípido, con su mosquito solitario o su segador cojo, era como tomarse un trago de agua cuando no se siente sed, y sólo veía el vulgar banco blanco bajo unos árboles normales. Pero, de todas las ventanas, éste es el cristal a través del que, más adelante, siempre preferí mirar la sedienta nostalgia.

Mademoiselle no llegó nunca a saber cuán potente había sido el regular flujo de su voz. Sus declaraciones posteriores se referían a otras cosas. «Ah —suspiraba—, comme on s'aimait: ¡cómo nos queríamos! ¡Aquellos días felices en el château! ¡La muñeca de cera que enterramos aquel día bajo el roble! [No: era un Golliwogg relleno de lana.] Y aquella vez que tú y Sergey os escapasteis y me dejasteis perdida y gritando en la espesura del bosque! [Exageración.] Ah, la fessée que je vous ai flanquée: ¡Los azotes que os di! [Una vez trató de darme un cachete, pero jamás volvió a intentarlo.] ¡ Votre tante, la Princesse, a la que diste un puñetazo con tu manita porque se había comportado mal conmigo! [No lo recuerdo.] ¡Y tu costumbre de susurrarme al oído tus problemas infantiles! [¡Jamás!] ¡Y el rincón de mi cuarto en el que te encantaba refugiarte porque allí te sentías tranquilo y seguro!»

La habitación de Mademoiselle, tanto en el campo como en la ciudad, era para mí un lugar misterioso: algo así como un invernadero que cobijaba una planta de gruesas hojas empapadas de un pesado olor a incontinencia mingitoria. Aunque, cuando éramos pequeños, estaba al lado de las nuestras, no parecía formar parte de nuestra agradable y aireada casa. En aquella nauseabunda neblina empapada de, entre otros efluvios más confusos, el pardo olor de la piel de manzana oxidada, la llama de la lámpara permanecía siempre baja, y en el escritorio centelleaban extraños objetos: una caja lacada donde guardaba la regaliz, de la que cogía negros segmentos que troceaba con su navaja para ponerlos luego a fundir debajo de la lengua; una postal de un lago y un castillo cuyas ventanas eran lentejuelas de nácar; una amorfa pelota de papel de plata procedente de los bombones de chocolate que solía consumir por las noches; fotografías de un difunto sobrino suyo, de su madre, que había firmado el retrato con las palabras Mater Dolorosa, y de un tal Monsieurde Marante, a quien su familia le obligó a contraer matrimonio con una rica viuda.

Presidiendo todas las demás, se encontraba otra foto colocada en un marco de fantasía con incrustaciones de granates; mostraba, de tres cuartos, a una joven morena y delgada con un vestido muy ajustado, y de mirada valiente y cabello abundante. «¡Una trenza gruesa como mi brazo, que me llegaba a los tobillos!», era el melodramático comentario de Mademoiselle. Porque ésta había sido ella; pero en vano trataron mis ojos de escrutar su forma conocida en un intento de localizar en ella al bello ser que albergaba en su interior. Esta clase de descubrimientos realizados por mi hermano y por mí no hicieron más que aumentar las dificultades de esa tarea; porque los adultos que durante el día contemplaban a una densamente vestida Mademoiselle jamás vieron lo que nosotros, los niños, veíamos cuando, levantada de su cama por los gritos que soltaba uno de nosotros en medio de una pesadilla, despeinada, con la vela en la mano, un destello de encaje dorado bordeando el salto de cama rojo sangre que no conseguía envolver del todo sus estremecidas carnes, convertida en la cadavérica Jezabel de la absurda obra de Racine, irrumpía con las fuertes pisadas de sus pies descalzos en nuestra habitación.

Toda mi vida me ha costado mucho ir-a-acostarme. Esos pasajeros de los trenes que dejan a un lado el periódico, cruzan sus estúpidos brazos, e inmediatamente, con una actitud de ofensiva familiaridad, empiezan a roncar, me dejan tan perplejo como el tipo desinhibido que defeca cómodamente en presencia de cualquier parlanchín usuario de la bañera, o que participa en grandes manifestaciones, o que ingresa en algún sindicato con intención de disolverse en él. El sueño es la más imbécil de todas las fraternidades humanas, la que más derechos reclama y la que exige rituales más ordinarios. Es una tortura mental que a mí me parece envilecedora. Las tensiones y agotamientos de la escritura me obligan a menudo, ay, a tragarme una fuerte píldora que me produce una o dos horas de temibles pesadillas, o incluso a tener que aceptar el cómico alivio de una siesta, de la misma manera que un libertino senil podría ir trotando al eutanasio más próximo; pero me resultaba sencillamente imposible acostumbrarme a esa cotidiana traición nocturna a la razón, a la humanidad, al talento. Por muy agotado que me encuentre, el dolor que siento al despedirme de la conciencia me parece indeciblemente repulsivo. Aborrezco a Somnus, ese verdugo de negro antifaz que me ata al tajo; y si, con el paso de los años, a medida que se acerca una desintegración más completa y risible incluso, que, lo confieso, les resta últimamente gran parte de sus méritos a los terrores rutinarios del sueño, he acabado por acostumbrarme tanto a mi ordalía nocturna que casi avanzo contoneándome hacia ella mientras el hacha familiar sale de su gran caja de contrabajo forrada de terciopelo, inicialmente carecía de este consuelo o defensa: no tenía nada, excepto un indicio de luz en el potencialmente luminoso candelabro de la habitación de Mademoiselle, cuya puerta, por orden del médico de la familia (¡Yo te saludo, doctor Sokolov!), permanecía un poco abierta. Su débil línea de suave luminosidad vertical (que las lágrimas de un niño podían transformar en deslumbrantes rayos de misericordia) era algo a lo que aferrarme, ya que en la oscuridad completa mi cabeza navegaba y mi mente se derretía en una travestida versión de la lucha con la muerte.