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La noche del sábado solía ser o hubiera debido ser una perspectiva agradable, porque esa era la noche en la que Mademoiselle, que pertenecía a la escuela higiénica clásica y pensaba que nuestras toquades anglaisesno servían más que para pillar resfriados, se concedía el peligroso lujo de su baño semanal, proporcionando así una vida más prolongada a mi tenue luz. Pero después empezaba un tormento más sutil.

Ahora nos hemos desplazado a nuestra casa de la ciudad, una construcción italianizante de granito finlandés, construida por mi abuelo alrededor de 1885, con frescos florales encima del tercer piso (el último) y un mirador en el segundo, situada en el número 47 de la calle Morskaya (actualmente calle Hertzen) de San Petersburgo (actualmente Leningrado). Los niños ocupábamos el tercer piso. En 1908, año elegido aquí, seguía compartiendo con mi hermano el cuarto de los niños. El baño asignado a Mademoiselleestaba al final de un pasillo en forma de Z, a unos veinte latidos de distancia de mi cama, y entre el temor de su prematuro regreso del baño a su iluminada habitación contigua a la nuestra, y la envidia que sentía al oír los regulares silbidos de la respiración que mi hermano emitía desde el otro lado del biombo japonés que nos separaba, jamás pude sacarle provecho, durmiéndome, al rato adicional en el que un resquicio de luz en la oscuridad seguía dando testimonio de una motita de mí mismo en medio de la nada. Finalmente empezaban a acercarse aquellos pasos inexorables, avanzando trabajosamente por el pasillo y haciendo que algún frágil objeto de cristal, que había estado compartiendo secretamente conmigo la vigilia, vibrara desesperanzado en un estante.

Ahora ya ha entrado en su habitación. Un rápido intercambio de valores luminosos me dice que la vela de su mesilla de noche ha sustituido al grupo de bombillas del techo, las cuales, tras haber recorrido con un par de secos chasquidos dos pasos adicionales de luminosidad, primero natural y luego sobrenatural, se apagan del todo. Mi línea de luz sigue ahí, pero ahora es vieja y macilenta, y se estremece cada vez que Mademoiselle hace crujir su cama al moverse. Porque sigo oyéndola. Ahora es un crujido metálico que dice «Suchard»; luego el trk-trk-trk de un cuchillo de postre abriendo las páginas de La Revue des Deux Mondes. Ha comenzado una fase decadente: ahora lee a Bourget. Ni una sola palabra del testamento de ese escritor le sobrevivirá. El fin está cerca. Siento una intensa angustia mientras intento engatusar al sueño, mientras abro cada pocos segundos los ojos a fin de comprobar que el deslucido brillo sigue ahí, mientras imagino el paraíso, que para mí es un lugar en donde un vecino insomne lee un libro inacabable a la luz de una vela eterna.

Ocurre lo inevitable: la caja de los quevedos se cierra con un chasquido, la revista golpea el mármol de la mesilla de noche, y los fruncidos labios de Mademoiselle emiten una ráfaga; fracasa el primer intento, la llama queda grogui pero se retuerce y finta; luego llega la segunda arremetida, y la luz cede. En esa negrura total me desoriento, mi cama parece ir lentamente a la deriva, el pánico me fuerza a sentarme y mirar; hasta que mis ojos, adaptados a la oscuridad, disciernen, por entre flotadores entópticos, ciertos contornos imprecisos pero valiosos que vagan en una amnesia sin rumbo hasta que, gracias a un vago recuerdo, adquieren la solidez de los borrosos pliegues de las cortinas de la ventana, al otro lado de la cual las farolas de la calle conservan una vida remota.

¡Qué profundamente ajenas a estas turbadas noches eran aquellas mañanas de San Petersburgo en las que, fiera y tierna, húmeda y deslumbrante, la primavera ártica facturaba lejos de nosotros los bloques de hielo que arrastraba con su corriente aquel Neva tan luminoso como el mar! Esa primavera hacía brillar los tejados. Pintaba la enlodada nieve de las calles de una intensa tonalidad morada del azul que luego no he vuelto a ver en ningún lugar. En aquellos días espléndidos on allait se promener en équipage, una expresión europea corriente en nuestro mundo. Puedo volver a sentir fácilmente la jubilosa sustitución de aquel polushubokacolchado que me llegaba hasta las rodillas —con su caliente cuello de castor—, por la corta chaqueta azul marino con unos botones de latón que llevaban grabada una áncora. En el landó abierto, el valle de una manta de viaje me une a los ocupantes del interesantísimo asiento posterior: la majestuosa Mademoiselle, y el triunfal y enlagrimado Sergey, con quien acabo de tener una pelea en casa. Voy dándole pataditas, de vez en cuando, por debajo de la manta compartida, hasta que Mademoiselle me dice con severidad que pare. Nos deslizamos por delante de los escaparates de Fabergé, cuyas monstruosidades minerales, enjoyadas troikas apoyadas en marmóreos huevos de avestruz, y otros engendros, tan apreciadísimos por la familia imperial, eran para nosotros emblemas de grotesca horterada. Doblan las campanas de las iglesias, la primera mariposa limonera vuela por encima del Arco de Palacio, dentro de un mes regresaremos al campo; y al alzar la vista puedo contemplar, colgando de unas cuerdas tendidas de fachada a fachada, elevadas por encima de la calle, grandes estandartes semitransparentes, tensamente lisos, con tres anchas franjas —rojo pálido, azul pálido y simplemente pálido—, desprovistos por culpa del sol y de las errantes sombras de las nubes de toda conexión demasiado directa con una fiesta nacional, pero que celebran sin duda ahora, en la ciudad del recuerdo, la esencia de ese día primaveral, el crujido del barro, los primeros indicios de las paperas, el rizado pájaro exótico con un ojo inyectado en sangre del sombrero de Mademoiselle.

6

Estuvo siete años con nosotros, y sus lecciones fueron haciéndose más aisladas y su carácter empeorando poco a poco. De todos modos, parecía una roca sombríamente duradera en comparación con el flujo y reflujo de institutrices inglesas y preceptores rusos que se sucedieron en nuestra amplia familia. Mademoiselle tenía malas relaciones con todos sus miembros. En verano eran raras las ocasiones en las que éramos menos de quince a la mesa, y cuando, en los cumpleaños, este número aumentaba hasta treinta o más, el asunto de la colocación de los comensales resultaba muy candente para Mademoiselle. Tíos y tías y primos llegaban en esas ocasiones de las fincas vecinas, y venía el médico en su dogcart, y se oía al maestro del pueblo sonándose las narices en el fresco vestíbulo, en donde pasaba de espejo en espejo llevando en la mano su verdoso, húmedo y rumoroso ramito de muguete, o de quebradizos acianos azul celeste.

Si Mademoiselle creía que la habían puesto en un asiento excesivamente apartado hacia uno de los extremos de la enorme mesa, y especialmente si alguna pariente pobre casi tan gorda como ella ( «Je suis une sylphide a côté d'elle», decía Mademoiselle con un despectivo encogimiento de hombros) estaba mejor situada, la ofensa que sentía le hacía torcer el gesto en una sonrisa pretendidamente irónica, y cuando un ingenuo vecino le devolvía la sonrisa, ella sacudía la cabeza de forma brusca, como si acabara de salir de cierta reflexión muy profunda, y decía:

—Excusez-moi, je sonriáis à mes tristes pensées.

Y como si la naturaleza no hubiese querido perdonarle ninguna de las circunstancias que nos hacen especialmente susceptibles, era dura de oído. A veces, sentados a la mesa, los niños captábamos de repente la presencia de un par de lagrimones que se deslizaban por las anchas mejillas de Mademoiselle. «No os preocupéis por mí», decía con su vocecita, y seguía comiendo hasta que las no secadas lágrimas la cegaban; entonces, con un hipo que expresaba lo destrozado que tenía el corazón, se ponía en pie y abandonaba a tientas el comedor. Poco a poco acababa sabiéndose la verdad. La conversación general había girado, por ejemplo, en torno al tema del buque de guerra que comandaba mi tío, y ella había percibido en esto una malévola indirecta contra su Suiza natal, que carecía de Armada. O bien era debido a que imaginaba que cada vez que se hablaba en francés, el juego consistía en impedirle deliberadamente que ella llevara y adornara la conversación. Pobre mujer, siempre tenía unas prisas tan nerviosas por hacerse con el control de cualquier conversación inteligible de sobremesa, antes de que recayera de nuevo en el ruso, que no era de extrañar que, al llegarle el turno de intervención, siempre metiera la pata.