Выбрать главу

—¿Y su Parlamento, señor, qué tal marcha? —estallaba de golpe y porrazo desde su extremo de la mesa, desafiando a mi padre, que, tras una jornada llena de preocupaciones, no estaba precisamente ansioso por discutir asuntos de estado con una persona singularmente irreal que ni los conocía ni sentía verdadero interés por ellos. Creyendo que alguien había hablado de música, podía por ejemplo borbotear:

—Pero el Silencio también puede ser muy bello. De hecho, una tarde, en un desolado valle de los Alpes, recuerdo haber oído el Silencio.

Esta clase de salidas, sobre todo cuando la sordera empezó a inducirla a contestar preguntas que nadie había formulado, no disparaba los cohetes de una animada causeriesino que solía provocar una dolorosa mudez generalizada.

Aunque, la verdad, su francés era realmente encantador.

¿Hubiera debido importarnos la superficialidad de su cultura, la acritud de su carácter, la trivialidad de su mente, cuando susurraba y centelleaba aquel perlado lenguaje tan suyo, tan inocente de sentido como los aliterativos pecados del pío verso de Racine? Fue la biblioteca de mi padre, y no el limitado saber popular de Mademoiselle, lo que me enseñó a apreciar la poesía auténtica; no obstante, algún elemento de la limpidez y lustre de su verbo ha producido un efecto singularmente vigorizante en mí, a la manera de esas sales efervescentes que se usan para purificar la sangre. Esta es la razón por la que siento tanta tristeza cuando imagino ahora la angustia que debió de sentir Mademoiselle al ver cómo se perdía, cómo se subvaloraba la vocecita de ruiseñor que salía de su cuerpo de elefante. Estuvo con nosotros mucho, demasiado tiempo, confiando obstinadamente en que tarde o temprano ocurriría algún milagro que la transformaría en algo así como Madame de Rambouillet, y le permitiría reunir en torno a sí un dorado y satinado salón de poetas y estadistas congregados por su brillante hechizo.

Y hubiera seguido albergando esas esperanzas de no ser por la llegada de un tal Lenski, un joven preceptor ruso de blanda mirada miope y radicales opiniones políticas, que había sido contratado para que nos impartiera diversas enseñanzas y participara en nuestras actividades deportivas. Había tenido varios predecesores, ninguno de los cuales gustó a Mademoiselle, pero éste fue «le comble», por decirlo con sus propias palabras. Aunque veneraba a mi padre, Lenski no fue capaz de digerir algunos elementos de nuestra vida doméstica, tales como los lacayos y los franceses, que eran según él una convención aristocrática impropia de un hogar liberal. Por otro lado, Mademoiselle llegó a la conclusión de que si Lenski sólo contestaba a sus preguntas a bocajarro con breves gruñidos (que, a falta de un idioma más próximo, él intentaba cargar de acento alemán), no se debía a que no entendiese el francés, sino a que quería insultarla delante de todos.

Puedo ver todavía a Mademoiselle pidiéndole, en tono amable pero con un ominoso temblequeo de su labio superior, que le pasara el pan; y, del mismo modo, puedo oír y ver a Lenski seguir tomando, desafrancesada e impávidamente, su sopa; por fin, con un cortante «Pardon, Monsieur», Mademoiselle se lanzaba bruscamente por encima del plato de él, agarraba la cesta del pan, y se enroscaba de nuevo en su asiento con un «Merci!» tan cargado de ironía que las peludas orejas de Lenski se ponían del color de los geranios. «¡El muy bruto! ¡El muy sinvergüenza! ¡El muy nihilista!», sollozaba luego ella en su habitación, que ahora ya no era contigua a la nuestra sino que estaba algo más apartada pero aún en el mismo piso.

Si por casualidad Lenski bajaba trotando la escalera mientras, con una pausa asmática cada diez pasos aproximadamente, ascendía ella penosamente los peldaños (porque el pequeño ascensor hidráulico de nuestra casa de San Petersburgo se negaba, constante y ofensivamente, a funcionar), Mademoiselle afirmaba que Lenski había chocado a posta contra ella, o que la había empujado y derribado, y que nosotros casi habíamos podido verle cuando pisoteaba su postrado cuerpo. Con frecuencia cada vez mayor, Mademoiselle abandonaba la mesa, y el postre que se había perdido le era diplomáticamente enviado a su habitación. Desde su lejano cuarto le escribía entonces una carta de dieciséis hojas a mi madre, la cual, cuando subía apresuradamente a verla, la encontraba dedicada a montar el número de que estaba preparando el equipaje. Hasta que, un día, nadie le impidió que siguiera preparándolo.

7

Mademoiselle regresó a Suiza. Empezó la Primera Guerra Mundial, y luego llegó la Revolución. En los primeros años de la década de los veinte, mucho después de que nuestra correspondencia se desvaneciese, visité Lausana con un compañero de universidad, debido a un casual desplazamiento de mi vida de exiliado, y pensé que podía aprovechar la circunstancia para ir a ver a Mademoiselle, suponiendo que siguiera con vida.

Y así era. Más robusta que nunca, bastante canosa y completamente sorda, me recibió con un tumultuoso estallido de cariño.

En lugar del cuadro del Château de Chillon tenía ahora la imagen de una abigarrada troika. Hablaba fervorosamente de su vida en Rusia, como si aquel país fuera su patria perdida. Y la verdad es que encontré en aquel vecindario toda una colonia de ancianas institutrices suizas. Amontonadas en una constante ebullición de competitivos recuerdos, formaban una pequeña isla situada en medio de un ambiente que ahora les resultaba extraño. La amiga del alma de Mademoiselle era la casi momificada Mlle. Golay, la que fuera ama de llaves de mi madre, tan estirada y pesimista como siempre a sus ochenta y cinco años; siguió viviendo con nuestra familia muchos años después de la boda de mi madre, y su regreso a Suiza sólo había precedido en un par de años al de Mademoiselle, con la que apenas había tenido trato cuando ambas vivían bajo nuestro techo. En nuestro propio pasado siempre nos encontramos como en casa, lo cual explica en parte el amor póstumo de aquellas patéticas damas por un país remoto y, si hay que ser francos, bastante espantoso, que ninguna de las dos había conocido realmente y en el que ni la una ni la otra había estado nunca del todo a gusto.

Como, debido a la sordera de Mademoiselle, no era posible conversar, mi amigo y yo decidimos llevarle al día siguiente el aparato que dedujimos que ella no se podía costear. Al principio no supo colocarse bien aquella cosa tan incómoda pero, en cuanto lo consiguió, volvió hacia mí una mirada de pasmo, húmedo asombro y felicidad celestial. Juró que oía todas las palabras que yo pronunciaba, cada uno de mis murmullos. Cosa que no pudo hacer ya que, como tenía mis dudas, yo no había dicho nada. De haberlo hecho, le hubiera dicho que le diera las gracias a mi amigo, que era quien había pagado el aparato. ¿Era, pues, el silencio lo que oía, aquel Silencio Alpino del que nos había hablado años atrás? En aquel entonces se mentía a sí misma; ahora me mentía a mí.

Antes de partir camino de Basilea y Berlín, una noche neblinosa y fría salí a pasear por la orilla del lago. Llegado a cierto lugar, una solitaria farola diluyó débilmente la oscuridad y transformó la niebla en una llovizna visible. «II pleut tojours en Suisse» era una de aquellas frases sin importancia que, antaño, hacían llorar a Mademoiselle. A mis pies, una onda muy ancha, casi una verdadera ola, y cierta cosa vagamente blanca que estaba unida a ella, atrajeron la atención de mi vista. Cuando me acerqué al borde mismo de la chapaleteante agua, vi de qué se trataba: un viejo cisne, una criatura grande y torpe que recordaba a un dodó, estaba haciendo ridículos esfuerzos por subirse a un bote amarrado. No lo conseguía. Sus pesados e impotentes aleteos, el resbaladizo sonido con que golpeaba las rocas y el cabeceante bote, el brillo de goma arábiga que adquiría el oleaje allí en donde le daba la luz, todo aquello pareció momentáneamente cargado de esa extraña significación que a veces atribuimos en sueños a ese dedo aplicado sobre unos labios mudos que después señala alguna cosa que quien está soñando no tiene tiempo de distinguir antes de despertar sobresaltado. Pero aunque olvidé muy pronto esta lúgubre noche, fue, curiosamente, esa noche, esa imagen compuesta —temblor y cisne y oleaje— la primera que me vino a la mente cuando un par de años más tarde me enteré de la muerte de Mademoiselle. Se había pasado toda la vida sintiéndose desdichada; esta desdicha era su elemento; sólo sus fluctuaciones, sus diversos espesores, le daban la impresión de estar viva, en movimiento. Lo que me preocupa es el hecho de que un sentimiento de desdicha, y nada más, sea insuficiente para formar un alma permanente. Mi enorme y morosa Mademoiselle funciona en la tierra, pero resulta imposible en la eternidad. ¿La he salvado en realidad de la ficción? Justo antes de que el ritmo que oigo titubee y desaparezca, me sorprendo preguntándome si, durante los años en que la traté, no estuve echando terriblemente de menos alguna cosa de ella que era mucho más ella que sus papadas o sus manías o incluso que su francés; algo emparentado quizá con ese último vislumbre que tuve de ella, el radiante engaño que utilizó para conseguir que yo me fuera satisfecho de mi propia amabilidad, o con ese cisne cuya agonía estaba mucho más próxima de la verdad artística que esos pálidos brazos que deja caer la bailarina; algo, en pocas palabras, que pudiera ser apreciado por mí sólo después de que las cosas y los seres más queridos en la seguridad de mi infancia se hubiesen convertido en cenizas o recibido un balazo en el corazón.