Выбрать главу

Hay un apéndice para la historia de Mademoiselle. Cuando la escribí por vez primera no tenía noticia de ciertas asombrosas supervivencias. Así, en 1960, mi primo de Londres, Peter de Peterson, me contó que su niñera inglesa, que cuando yo la vi en Abbazia, en 1904, me había parecido vieja, tenía más de noventa años y gozaba de buena salud; tampoco sabía que la institutriz de las dos hermanas pequeñas de mi padre, Mlle. Bouvier (posteriormente Mme. Conrad), sobrevivió casi medio siglo a mi padre. Entró al servicio de la familia en 1889 y se quedó durante seis años, y fue la última de una serie de institutrices. Un bonito álbum de recuerdos, con dibujos realizados en 1895 por Ivan de Peterson, el padre de Peter, muestra, en forma de viñetas, varios acontecimientos de la vida en Batovo. Al pie hay una inscripción de mi padre: A celle qui a toujours su se faire aimer et qui ne saura jamais se faire oublier; cuatro pequeños varones de la familia Nabokov añadieron luego sus firmas, y lo mismo hicieron tres de sus hermanas, Natalia, Elizaveta y Nadezhda, así como el esposo de Natalia, su hijito Mitik, dos primas, e Ivan Aleksandrovich Tihotski, el preceptor ruso. Al cabo de sesenta y cinco años, mi hermana Elena descubrió en Ginebra a Mme. Conrad, que estaba viviendo entonces su décimo decenio. La anciana dama, saltándose una generación, confundió ingenuamente a Elena con nuestra madre, la joven de dieciocho años que acostumbraba a llevar a Mlle. Golay de Vyra a Batovo, en aquellos lejanos tiempos cuyos potentes focos encuentran tan numerosos e ingeniosos caminos para alcanzarme.

CAPITULO SEXTO

1

Las mañanas de verano, en la legendaria Rusia de mi adolescencia, mi primera mirada al despertar estaba reservada al resquicio que dejaban los blancos postigos de la ventana. Si permitían entrever una palidez acuosa, lo mejor era no abrirlos, para librarse así de la contemplación de un día gris posando para su retrato en un charco. ¡Con qué resentimiento deducía, a partir de una línea de luz apagada, el cielo plomizo, la arena mojada, la pegajosa confusión de pardas flores caídas al pie de las lilas, y esa aplanada hoja muerta (la primera víctima de la estación) pegada a la superficie de un húmedo banco del jardín!

Pero si la grieta era un alargado destello de luminosidad perlada de rocío, me apresuraba a forzar a la ventana a que me entregase su tesoro. De golpe, la habitación quedaba dividida en luz y sombra. El follaje de los abedules acunándose al sol adquiría el verde translúcido de los viñedos, y en contraste con éste aparecía el oscuro terciopelo de los abetos recortándose contra un azul de extraordinaria intensidad, que muchos años después volví a encontrar, muy parecido, en la zona montañosa de Colorado.

A partir de la edad de siete años, todo lo que sentía en relación con los rectángulos de luz solar enmarcada estuvo dominado por una única pasión. Si mi primera mirada de la mañana buscaba el sol, mi primer pensamiento estaba dedicado a las mariposas que éste engendraría. El acontecimiento originario fue bastante trivial. En la mata de madreselva que colgaba sobre el respaldo tallado de un banco que se encontraba justo enfrente de la entrada principal, mi ángel de la guarda (cuyas alas, con la sola excepción de la ausencia de la aureola florentina, recuerdan las del Gabriel de Fra Angélico) me señaló un raro visitante, una espléndida criatura de color amarillo pálido con manchas negras, almenados azules, y un ojo cinabrio en cada una de sus negras colas orladas de amarillo. Mientras exploraba la flor inclinada de la que pendía, levemente doblado, su empolvado cuerpo, sacudía incansablemente sus grandes alas, y mi deseo de conseguirla fue uno de los más intensos que haya experimentado jamás. Agile Ustin, el conserje de nuestra casa de la ciudad, que, debido a un motivo muy cómico (explicado en otro capítulo) había venido con nosotros al campo aquel verano, consiguió atraparla con mi gorra, tras lo cual la llevamos, gorra incluida, a un armario, en donde Mademoiselle confiaba que la naftalina casera la matara en una noche. A la mañana siguiente, sin embargo, cuando ella misma abrió el armario para sacar alguna prenda, mi macaón, con un potente susurro, voló hacia su cara, y luego se dirigió hacia la abierta ventana, para no ser al poco rato más que un punto dorado que se abatía y fintaba y planeaba hacia levante, por encima de los bosques y la tundra, camino de Vologda, Viatica y Perm, y más allá de las severas crestas de los Urales, hacia Yakutsuk y Verkhne Kolymsk, y de Verkhne Kolymsk, en donde perdió una cola, a la bella Isla de St. Lawrence, y a través de Alaska hasta Dawson, y en dirección sur, siguiendo las Rocosas, hasta ser finalmente capturada, después de una carrera de cuarenta y seis años, sobre un diente de león inmigrante situado al pie de un álamo endémico cerca de Boulder. En una carta de Mr. Burne a Mr. Rawlins, fechada el 14 de junio de 1735, y que se encuentra en la colección Bodleian, aquél afirma que un tal Mr. Vernon estuvo persiguiendo a una mariposa durante trece kilómetros antes de poder cazarla ( The Recreative Review or Eccentricities of Literature and Life, vol. 1, p. 144, Londres, 1821).

Poco después del caso del armario localicé una espectacular polilla, aislada en un rincón de una ventana del vestíbulo, y mi madre la despachó con éter. Posteriormente, utilicé muchos agentes letales, pero el más mínimo contacto con el primero de ellos siempre hizo que el porche del pasado se iluminase y me devolviera aquella cegata preciosidad. Una vez, ya de mayor, estuve bajo los efectos del éter durante una apendectomía, y con la viveza de una calcomanía pude verme a mí mismo en trajecito de marinero colocando sobre una tabla el recién aparecido pequeño pavón de noche, de acuerdo con las instrucciones de una dama china que yo sabía que era mi madre. Todo estaba allí, brillantemente reproducido en mi sueño, mientras mis partes vitales quedaban expuestas: el empapado algodón absorbente, frío como el hielo, apretado contra la cabeza lemuroide del insecto; los espasmos cada vez menos intensos de su cuerpo; el satisfactorio crujido que producía el alfiler al penetrar en la dura corteza de su tórax; la cuidadosa inserción de la punta del alfiler en el surco forrado de corcho de la tabla de secado; la disposición simétrica de las gruesas alas venosas bajo pulcramente fijadas tiras de papel semitransparente.