2
Debía de tener yo unos ocho años cuando, en un desván de nuestra casa de campo, entre una enorme variedad de objetos polvorientos, descubrí unos libros maravillosos adquiridos en la época durante la que la madre de mi madre se interesó por las ciencias naturales e hizo que un ilustre catedrático universitario de zoología (Shimkevich) le diera clases particulares a su hija. Algunos de esos libros eran simples rarezas, como los cuatro enormes volúmenes pardos en folio de la obra de Albertus Seba ( Locupletissimi Rerum Naturalium Thesauri Accurata Descriptio...) impresos en Amsterdam en torno a 1750. En sus páginas, toscas y granulosas, encontré xilografías de serpientes y mariposas y embriones. El feto de la niña etíope colgada del cuello en un frasco de cristal solía producirme una horrible conmoción cada vez que me lo encontraba; tampoco me interesó apenas la hidra disecada de la lámina CU, con sus siete cabezas de tortuga provistas de dentaduras de león y situadas al final de otros tantos cuellos serpentinos, con aquel extraño cuerpo hinchado en cuyos costados le crecían unos tubérculos abotonados, y que terminaba en una nudosa cola.
Entre los herbarios repletos de aguileñas alpinas, valerianas azules y flores de Júpiter, y rojo-anaranjadas azucenas silvestres, y otras flores de Davos, también encontré en ese altillo otros libros más próximos a mis temas preferidos. Bajé en mis brazos maravillosos cargamentos de volúmenes superlativamente interesantes: las maravillosas láminas de insectos de Surinam realizadas por Maria Sibylla Merian (1647-1717), y el noble Die Schmetterlinge de Esper(Erlangen, 1777), y los Icones Historiques de Lépidoptères Nouveaux ou Peu Connusde Boisduval (París, a partir de 1832). Más emocionantes incluso eran los productos de la segunda mitad del siglo: la Natural History of British Butterflies and Moths de Newman, Die Gross-Schmetterlinge Europasde Hofmann, las Mémoiresdel gran duque Nikolay Mihailovich sobre lepidópteros asiáticos (con ilustraciones incomparablemente bellas debidas a Kavrigin, Rybakov, Lang), y la maravillosa obra sobre Butterflies of New Englandde Scudder.
Retrospectivamente, el verano de 1905, aunque muy vívido en otros sentidos, no se ve todavía animado por un solo veloz y colorido aleteo en los paseos con el maestro del pueblo: el macaón de junio de 1906 se encontraba aún en su fase de larva en alguna umbelífera de las que crecen junto a los caminos; pero en el transcurso de ese mes conocí un buen montón de cosas corrientes, y Mademoiselle ya mencionó cierto camino de bosque que terminaba en un prado encharcado donde abundaban pequeñas ajedrezadas con bordes gris perla ( Small Pearl-Bordered Fritillaries, como las designaba mi primer, inolvidable y permanentemente mágico manual, The Butterflies of the British Isles, de Richard South, que acababa de publicarse por aquel entonces), y al que ella llamaba le chemin des papillons bruns. Al año siguiente comprendí que la mayor parte de nuestras mariposas no se daban en Inglaterra ni Europa Central, pero pude determinarlas gracias a la ayuda de atlas más completos. Una grave enfermedad (pulmonía, con temperaturas que alcanzaron hasta los 41° centígrados), a comienzos de 1907, destruyó de forma misteriosa el relativamente monstruoso talento para los números que me había convertido en un niño prodigio durante unos cuantos meses (hoy en día no puedo multiplicar 13 por 17 sin papel y lápiz; sí puedo sumar esas cifras en un santiamén, haciendo encajar limpiamente los dientes del tres); pero las mariposas sobrevivieron. Mi madre acumuló una biblioteca y un museo en torno a mi cama, y el deseo de describir alguna nueva especie reemplazó por completo al de descubrir un nuevo número primo. Un viaje a Biarritz, en agosto de 1907, añadió nuevas maravillas (aunque no tan luminosas y abundantes como las que vería en 1909). En 1908 ya tenía un control absoluto de los lepidópteros europeos de las listas de Hofmann. En 1910 ya había recorrido como en sueños los primeros volúmenes del prodigioso libro ilustrado de Seitz, De Gross-Schmetterlinge der Erde, había comprado algunos ejemplares raros descritos recientemente, y leía vorazmente revistas entomológicas, sobre todo inglesas y rusas. Se estaban produciendo grandes cataclismos en el desarrollo de la sistematización. A partir de la mitad del siglo pasado, la lepidopterología europea había sido, en general, un mundo simple y estable, controlado sin mayores problemas por los alemanes. Su sumo sacerdote, el doctor Staudinger, era también el director de la principal empresa del comercio de insectos. Incluso ahora, medio siglo después de su muerte, los lepidopterólogos alemanes no han conseguido librarse completamente del hipnótico hechizo de su autoridad. Aún vivía cuando su escuela empezó a perder terreno como fuerza científica en todo el mundo. Mientras que él y sus seguidores se aferraban a unos nombres específicos y genéricos sancionados por su prolongado uso, y creían que bastaba con clasificar a las mariposas por los caracteres visibles a simple vista, los autores de lengua inglesa comenzaban a introducir cambios de nomenclatura debidos a la aplicación estricta de la ley de la prioridad, así como ciertos cambios taxonómicos basados en el estudio microscópico de los órganos. Los alemanes hicieron todo cuanto estuvo en su mano por ignorar las nuevas tendencias, y siguieron cultivando la vertiente filatélica de la entomología. La solicitud con que cuidaban de «el coleccionista medio, a quien nadie puede obligar a que haga disecciones», puede compararse con la de esos asustadizos editores de novelas populares que hablan en defensa del «lector medio», a quien nadie puede obligar a que piense.
Hubo otro cambio más amplio, que coincidió con mi ardiente interés adolescente por las mariposas y las polillas. La especie victoriana y staundegeriana, hermética y homogénea, con «variedades» (alpina, polar, insular) de tipo misceláneo adscritas con criterios exteriores, a modo, por así decirlo, de apéndices accesorios, fue reemplazada por una nueva forma de especie multiforme y fluida, que consistía orgánicamente en sus razas o subespecies geográficas. Los aspectos evolutivos fueron de este modo destacados con mayor claridad, por medio de métodos clasificatorios más flexibles, y las investigaciones biológicas establecieron nuevos vínculos entre las mariposas y los problemas esenciales del estudio de la naturaleza.
A mí me atrajeron en especial los misterios del mimetismo. Sus fenómenos mostraban una perfección artística que sólo se relaciona generalmente con las cosas hechas por el hombre. Considérese por ejemplo la imitación de los jugos venenosos que realizan las máculas en forma de burbuja que poseen las alas de algunas mariposas (en la que no falta ni la semi-refracción), o la producida por sus lustrosos botones amarillos en el caso de las crisálidas («No me comas: ya me han aplastado, observado y rechazado»). Considérense los trucos de ciertas orugas acrobáticas (las del guerrero del haya) que en su infancia tienen aspecto de excremento de pájaro pero que después de su metamorfosis presentan unos apéndices ásperos de tipo himenopteroideo, así como otras características no menos barrocas, que permiten a estos extraordinarios individuos interpretar dos papeles a la vez (como el actor del teatro oriental que se convierte en una pareja de inextricables luchadores): el de serpenteante larva y el de la enorme hormiga que la ha capturado. Cuando cierta polilla se parece a cierta avispa, también camina y mueve sus antenas a la manera de las avispas en lugar de hacerlo como una mariposa. Cuando una mariposa tiene que parecer una hoja, no solamente reproduce de forma bellísima todos los detalles de la hoja, sino que tiene, además, numerosas marcas que imitan los agujeros perforados por los gusanos. La «selección natural», en el sentido darwiniano de la expresión, no bastaba para explicar la milagrosa coincidencia de la apariencia imitativa y el comportamiento imitativo; tampoco me parecía suficiente apelar a la teoría de la «lucha por la vida» cuando comprobaba hasta qué extremos de sutileza, exuberancia y lujo miméticos podía ser llevado un mecanismo defensivo, que en cualquier caso va muchísimo más lejos de de lo que pueda apreciar ningún predador. Descubrí así en la naturaleza los placeres no utilitarios que buscaba en el arte. En ambos casos se trataba de una forma de magia, ambos eran un juego de hechizos y engaños complicadísimos.