Y entonces entrará volando
Una colorida mariposa vestida de seda
Que aleteará, rumoreará y latirá
En el azul techo...
más el soliloquio «Mariposa» de Fet:
De dónde he venido y a dónde me lleva mi prisa
No preguntes;
Ahora en una graciosa flor me he posado
Y ahora respiro.
En la poesía francesa sorprenden los conocidos versos de Musset (en Le Saule):
La phalétie doré dans sa course légére
Traverse les prés embaumés
que es una descripción absolutamente exacta del vuelo crepuscular del macho de una geométrida que en Inglaterra es conocida por el nombre de Orange moth; y también encontramos esa frase fascinantemente adecuada de Fargue (en Les Quatre Journées) acerca de un jardín que, al anochecer, se glace de bleu comme l'aile du grand Sylvain(la ninfa mayor). Y entre las escasísimas imágenes auténticamente lepidoptéricas de la poesía inglesa, mi favorita es la de Browning:
On our other side is the straight-up rock;
And a path is kept 'twixt the gorge and it
By boulder-stones where lichens mock
The marks of a moth, and small ferns fit
Their teeth to the polished block.
(«By the Fire-side»)
«Y al otro lado está la pared vertical de roca; / Y entre ella y la garganta discurre un sendero / Junto a cantos rodados donde los líquenes imitan burlones / Las marcas de las polillas, y pequeños helechos encajan / Sus dientes en el bruñido bloque.» («Junto al fuego».)
Es pasmoso que las personas corrientes se fijen tan poco en las mariposas. «Ninguna», me contestó tranquilamente el fuerte autostopista suizo con un Camus en la mochila cuando le pregunté aposta, y para beneficio de mi incrédulo acompañante, si había visto alguna mariposa mientras bajaba por el sendero en el que mi compañero y yo habíamos disfrutado viéndolas a enjambres. También es verdad que cuando evoco la imagen de cierto camino recordado con todo detalle pero perteneciente a un verano anterior a aquel de 1906, es decir anterior a la fecha de mi primera etiqueta de localización, y al que no he vuelto a regresar nunca, no consigo distinguir ni un ala o un aleteo o un destello añil o una sola flor perlada de mariposas, como si un hechizo maligno hubiese castigado la costa adriática convirtiendo en invisibles todos sus «leps» (como solemos decir los que tenemos propensión al argot). Exactamente esto mismo puede llegar a sentir un entomólogo al caminar algún día junto a un jubiloso y ya desencasquetado botánico por entre la espantosa flora de un planeta paralelo, y sin un solo insecto a la vista; y así (a modo de singular prueba del singular fenómeno consistente en la repetida utilización del escenario de nuestra infancia por parte de un austero director de escena como ambiente prefabricado para nuestros sueños de adulto) la ladera de una costa que aparece en cierta pesadilla que sueño con frecuencia, y en la que cuelo de contrabando el cazamariposas plegable de mis estados de vigilia, muestra alegres matas de tomillo y meliloto, pero está incomprensiblemente desprovista de todas las mariposas que deberían encontrarse allí.
También averigüé muy pronto que cuando un «lepist» se dedica a su tranquila búsqueda puede provocar las más extrañas reacciones en otros seres. Muy a menudo, cuando, al realizarse los preparativos de una excursión por el campo, intentaba tímidamente guardar mis humildes utensilios en el charabón de alquitranados aromas (se utilizaba un preparado a base de alquitrán para impedir que las moscas molestaran a los caballos) o en el «Opel» descapotable con olor a té (hace cuarenta años, la bencina olía así), siempre aparecía alguno de mis primos o tías que comentaba:
—¿Tienes que llevarte forzosamente ese cazamariposas? ¿No podrías entretenerte como los niños corrientes? ¿No te parece que estás fastidiando a todo el mundo?
Cerca de un cartel que decía NACH BODENLAUBE, en Bad Kissingen (Baviera), cuando estaba a punto de iniciar con mi padre y con el majestuoso y anciano Muromtsev (que, cuatro años atrás, en 1906, había sido presidente del primer Parlamento ruso), un paseo, este último volvió su marmórea testa hacia mí, apenas un niño de once años, y me dijo con su famosa solemnidad:
—Puedes acompañarnos, desde luego, pero no caces mariposas, niño. Interrumpe el ritmo del paseo.
En un camino que se elevaba sobre el mar Negro, en la península de Crimea, y entre matorrales de flores que parecían de cera, en marzo de 1918, un estevado centinela bolchevique intentó arrestarme por haberle hecho señales (con mi cazamariposas, dijo) a un buque de la Armada británica. En verano de 1929, cada vez que atravesaba andando un pueblo del Pirineo oriental, y volvía casualmente la cabeza, veía detrás de mí a los campesinos congelados en las diversas poses en las que mi paso les había encontrado, como si yo fuese Sodoma y ellos la mujer de Lot. Un decenio después, en los Alpes marítimos, noté una vez que la hierba se ondulaba de forma serpentina a mi espalda, porque un gordo policía rural se arrastraba sobre su barriga tras de mí para asegurarse de que no intentaba cazar pajarillos. Norteamérica me ha mostrado más ejemplos incluso que otros países de este interés morboso por mis actividades rederas, quizá porque cuando llegué aquí ya era cuarentón, y cuanto más viejo sea el cazador de mariposas, más ridículo parece con un cazamariposas en la mano. Severos granjeros me han señalado los carteles que decían PROHIBIDO PESCAR; desde los coches que pasaban por la carretera me han lanzado aullidos de burla; perros adormilados que hacían caso omiso hasta de los vagabundos de peor aspecto se han reanimado para acercárseme gruñendo; diminutos críos me han señalado con el dedo a sus desconcertadas mamás; veraneantes de mentalidad tolerante me han preguntado si cazaba chinches para usarlas como cebo; y una mañana, en un erial iluminado por altas yucas en flor, cerca de Santa Fe, una enorme yegua negra estuvo siguiéndome casi dos kilómetros.
4
Cuando, después de haberme sacado de encima a todos mis perseguidores, tomaba la desigual y roja carretera que partía de nuestra casa de Vyra para internarse en los sembrados y los bosques, la animación y lustre de la jornada parecía rodearme de un estremecimiento de simpatía.
Recentísimas y oscurísimas erebias ligeas, que aparecían sólo cada dos años (oportunamente, el recuerdo se ha puesto aquí en fila), cruzaban fugaces por entre los abetos o revelaban sus manchas anaranjadas y sus bordes ajedrezados cuando tomaban el sol entre los helechos de los márgenes. Saltando por encima de la hierba una pequeña ninfa, la ninfa morena, burló mi red. Varias polillas rondaban también por allí: chillonas hembras amantes del sol volando de flor en flor como moscas coloreadas, o machos insomnes buscando hembras ocultas, como esa herrumbrosa lasio-campa quercusque atravesó velozmente el follaje. También llamó mi atención (y éste fue uno de los mayores misterios de mi infancia) un ala verde pálido atrapada en una telaraña (para entonces ya sabía de qué se trataba: parte de una geómetra esmeralda. La tremenda larva del coso, ostentosamente segmentada, de cabeza chata, color carne y brillo rojizo, una extraña criatura, «desnuda como una lombriz» por utilizar una comparación francesa, se cruzó en mi camino mientras buscaba frenéticamente un lugar en donde crisalidar (los terribles apremios de La Metamorfosis, el aura de un ataque vergonzoso en un lugar público). En la corteza de un abedul, ese tan robusto que crece junto al portillo del parque, había encontrado la primavera anterior a una oscura aberración de la Carmelita de Sievers (para el lector, otra polilla gris). En la cuneta, bajo el puentecillo, un zapatero se codeaba con una libélula (para mí, una simple libélula azul). De una flor salieron volando hasta una altura tremenda un par de lycaenas macho, peleándose mientras se remontaban por los aires, para después, pasado un rato, bajar como un rayo una de ellas a su cardo. Todos estos eran insectos conocidos, pero en cualquier momento podía aparecer alguno mejor que me forzaría a detenerme con una rápida inspiración. Recuerdo un día en el que acercaba cautelosamente mi red a una strymonidia poco común que se había posado delicadamente en una ramita. Podía ver claramente la W blanca sobre el envés color chocolate. Tenía las alas cerradas, y las inferiores se frotaban la una contra la otra en un curioso movimiento circular, produciendo posiblemente una levísima y alegre crepitación de tono demasiado elevado como para que pudiera captarlo un oído humano. Hacía mucho tiempo que anhelaba poseer esta especie en particular, y, cuando me situé a la distancia adecuada, lancé mi cazamariposas. Todo el mundo ha escuchado el gemido del campeón de tenis tras haber fallado un golpe fácil. Todo el mundo ha visto el rostro del mundialmente famoso maestro Wilhelm Edmundson cuando, durante una exhibición de partidas simultáneas celebrada en un café de Minsk, perdió su torre, por un absurdo descuido, ante un aficionado local, el pediatra doctor Schach, que finalmente le ganó. Pero no hubo nadie aquel día (excepto yo mismo de mayor) que pudiera verme sacudir el cazamariposas para hacer saltar la ramita que era su único contenido, y quedarme mirando pasmado el agujero de la tarlatana.