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Cerca de la intersección de dos caminos carreteros (uno de ellos, muy cuidado, que unía, en dirección norte-sur, nuestro parque «viejo» con el «nuevo», y el otro, enfangado y lleno de baches, que conducía, torciendo hacia el oeste, a Batovo), en un punto donde se amontonaban los álamos temblones a ambos lados de una pendiente, estaba seguro de encontrar en la tercera semana de junio grandes ninfálidas negroazuladas con listas de blanco purísimo, deslizándose y volando en círculos bajos sobre la rica arcilla cuyo color hacía juego con el de la cara inferior de sus alas cuando al posarse las cerraban. Eran los machos, tan amantes del estiércol, de aquella mariposa que los antiguos coleccionistas llamaban Poplar Admirable; más exactamente, pertenecían a su subespecie bucovínica. Yo era entonces un niño de nueve años, y no conocía esta raza, pero noté hasta qué punto eran diferentes nuestros especímenes rusos de la forma centroeuropea ilustrada de Hofmann, y cometí la temeridad de escribirle una carta a Kuznetsov, uno de los grandes lepidopterólogos rusos, e incluso mundiales, de todos los tiempos, bautizando mi subespecie con el nombre de «Limenitis populi rossica». Al cabo de un largo mes me devolvió mi descripción y mi acuarela de la «rossica Nabokov» con sólo un par de palabras garabateadas en la otra cara de mi carta: «bucovinensis Hormuzaki». ¡Cuánto detesté a Hormuzaki! ¡Y qué ofendido me sentí cuando en uno de los posteriores artículos de Kuznetsov localicé una malhumorada referencia a «esos colegiales que se empeñan en bautizar con su nombre ligerísimas variaciones de la ninfa mayor». Sin dejarme arredrar por el fracaso de la populi, al año siguiente «descubrí» una «nueva» mariposa nocturna. Aquel verano había estado cazando asiduamente todas las noches sin luna, en un claro del parque, a base de extender sobre la hierba y sus fastidiadas luciérnagas una sábana, sobre la que proyectaba la luz de una linterna de acetileno (que, seis años después brillaría sobre Tamara). Procedentes de la sólida oscuridad que me rodeaba, las mariposas nocturnas se lanzaban hacia este circo de luminosidad, y fue así, en esa sábana mágica, donde cacé una preciosa Plusia (actualmente Phytometra) que, según pude observar inmediatamente, se diferenciaba de su pariente más próximo por sus alas anteriores de colores malva y marrón (en lugar de pardodorado), una marca más estrecha en la bráctea, y que no estaba representada de forma reconocible en ninguno de mis libros. Envié su descripción y dibujo a Richard South, para que los publicara en The Enthomologist. El tampoco la conocía, pero con la mayor amabilidad del mundo fue a comprobar su existencia en la colección del Museo Británico, y averiguó que había sido descrita hacía mucho tiempo, y bautizada con el nombre de Plusia excelsapor Kretschmar. Encajé, con el mayor estoicismo, la triste noticia, redactada con enormes dosis de simpatía («... debe ser felicitado por haber obtenido... rarísimo espécimen del Volga... su admirable dibujo...»); pero al cabo de muchos años, gracias a un feliz azar (ya sé que no debería comentar públicamente estas cosas), ajusté mis cuentas con el primer descubridor de mi polilla dando su nombre a un ciego en una de mis novelas.
Permítaseme también evocar a las esfinges, esos aviones a reacción de mi adolescencia. En los atardeceres de junio los colores tenían una prolongada agonía. Las lilas en plena floración ante las que, cazamariposas en mano, yo aguardaba, mostraban en el crepúsculo sus arracimamientos de esponjoso gris, con un levísimo tinte purpúreo. Una húmeda y joven luna colgaba sobre la neblina de un prado vecino. A lo largo de los años posteriores me he encontrado también en muchos jardines como éste, aguardando en la misma actitud —Atenas, Antibes, Atlanta—, pero jamás he esperado con un deseo tan ardiente como cuando lo hacía junto a esas lilas que iban oscureciéndose poco a poco. Y de repente me llegaba un débil zumbido que avanzaba de flor en flor, un halo de vibraciones circundando el cuerpo aerodinámico, verde oliva y rosa, de una esfinge colibrí detenida en el aire sobre la corola en la que había introducido su larga lengua. Su bella larva negra (que parece una cobra diminuta cuando hincha sus ocelados segmentos delanteros) podía ser localizada un par de meses más tarde sobre las húmedas adelfillas. De este modo, cada hora y cada estación tenían sus encantos. Y, finalmente, en las frías noches de otoño, incluso cuando llegan las primeras heladas, se podían cazar mariposas nocturnas con trampas dulces, untando los troncos de los árboles con una mezcla de melaza, cerveza y ron. A través de la borrascosa negrura, la lámpara iluminaba los pegajosamente brillantes pliegues de la corteza, y las dos o tres mariposas nocturnas que bebían su dulzor con sus nerviosas alas semiabiertas, al estilo de la diurnas, dejaban ver en las inferiores la increíble seda carmesí parcialmente oculta por el gris liquen de las primarias. Y cuando, tropezando en la oscuridad, regresaba a casa para mostrarle las piezas cobradas a mi padre, gritaba en son de triunfo hacia las ventanas iluminadas:
—¡Catocala adultera!
6
El parque «inglés» que separaba la casa de los campos de heno era muy extenso y complicado, con senderos laberínticos y bancos turguenevianos, y robles de importación que se alzaban entre los abetos y abedules endémicos. Desde los tiempos de mi abuelo no había cesado la lucha por impedir que este parque regresara al estado salvaje, pero jamás se había alcanzado un éxito completo. Ningún jardinero era capaz de hacer frente a los montículos de rizada tierra negra que las manos rosadas de los topos se empeñaban en ir amontonando en la pulcra arena de la avenida central. Las malas hierbas y los hongos, y también algunas raíces de árboles, a modo de gruesas venas, cruzaban en todos los sentidos los senderos moteados por la luz del sol. En los años ochenta fueron eliminados los osos, pero de vez en cuando todavía visitaba estos terrenos algún que otro alce. Un pequeño fresno de montaña y un álamo temblón más pequeño incluso se habían encaramado, cogidos de la mano, como un par de torpes niños tímidos, a un pintoresco canto rodado. También había otros invasores más esquivos —excursionistas extraviados o alegres campesinos— que enloquecían a Ivan, nuestro canoso guardabosques, dejando dibujadas en los bancos y portales palabras obscenas. El proceso de desintegración continúa hoy en día, aunque en un sentido diferente, porque cuando trato ahora de seguir en mis recuerdos los serpenteantes senderos desde un punto dado a otro, noto alarmado que aparecen muchas lagunas, debidas al olvido o la ignorancia, semejantes a esos blancos correspondientes a zonas de tierra incógnita que los cartógrafos llamaban «bellas durmientes».