Más allá del parque comenzaban los sembrados, con un continuo temblor de alas de mariposas flotando sobre el temblor de las flores —margaritas, campánulas, escabiosas y otras— que actualmente pasan aprisa junto a mí en una calina coloreada, comparable a esos maravillosos y lujuriantes prados que vemos desde el vagón restaurante que nos lleva de un extremo a otro del continente, y que jamás podremos explorar. Al final de este herboso país de las maravillas se alzaba, como una muralla, el bosque. Por allí vagaba yo, escrutando los troncos (la parte encantada, silenciosa, de los árboles) para ver si encontraba ciertas polillas diminutas, que en Inglaterra llaman Pugs, delicadas criaturas que de día se cuelgan de superficies moteadas con las que se confunden sus alas planas y sus abdómenes doblados hacia arriba. Allí, en las profundidades de ese mar de verdor asaeteado de sol, giraba yo lentamente en torno a los más gruesos troncos. Nada del mundo me hubiera parecido tan maravilloso como poder añadir, gracias a un golpe de suerte, alguna notable especie nueva a la larga lista de Pugs bautizadas por otros. Y mi alborotada imaginación, humillándose ostensible y casi grotescamente ante mi deseo (pero, en todo momento, conspirando fantasmalmente entre bastidores, planeando fríamente los acontecimientos más remotos de mi destino), se empeñaba en proporcionarme ejemplos alucinatorios de textos en pequeña letra impresa: «... el único espécimen conocido hasta ahora...»«... el único espécimen conocido de la Eupithecica petropolitanafue obtenido por un colegial ruso...» «... por un joven coleccionista ruso...» «... por mí mismo en la región de San Petersburgo, distrito Tsarskoe Selo, en 1910... 1911... 1912... 1913...». Y luego, al cabo de treinta años, aquella maravillosa noche negra en Wasatch Range.
Al principio —cuando tenía, más o menos, ocho o nueve años— jamás erraba más allá de los campos y bosques que había entre Vyra y Batovo. Posteriormente, cuando me dirigía a cierto lugar especial situado a nueve o diez kilómetros, me iba en bicicleta hasta allí, con el cazamariposas atado al cuadro; pero no abundaban los senderos forestales que permitiesen el paso sobre dos ruedas; se podía penetrar hasta allí, naturalmente, a caballo, pero, debido a nuestros feroces tabánidos rusos, no se podía dejar a un caballo arrendado en un bosque ni un minuto: mi animoso bayo a punto estuvo un día de encaramarse a la copa de un árbol tratando de eludirlos: grandes energúmenos de sedosos y húmedos ojos y atigrados cuerpos, y otros más pequeños dotados de trompas más potentes incluso, pero mucho más lentos; cargarme a un par de estos sombríos borrachos con un golpe de mi mano enguantada mientras estaban pegados al cuello de mi montura suponía para mí un maravilloso alivio empático (que quizá no sabrían apreciar los dipterólogos). Fuera como fuese, en mis cacerías de mariposas, caminar era mi medio de locomoción preferido (con la excepción, claro está, de una silla voladora capaz de deslizarse agradablemente sobre las alfombras vegetales y las rocas de una montaña inexplorada, o flotar justo por encima del florido techo de un bosque tropical); porque al andar, sobre todo en las regiones que has estudiado a fondo, encuentras un placer exquisito cuando te alejas de tu itinerario para visitar, aquí y allá, a la vera del camino, tal claro, cual arboleda, esta o aquella combinación de tierra y flora, para hacerle una visita inesperada, por así decirlo, a una mariposa conocida en su habitat particular, a fin de comprobar si ya ha aparecido, y, suponiendo que sea así, ver qué tal le van las cosas.
Hubo una vez un día de julio —supongo que de 1910 aproximadamente— en el que sentí el impulso de explorar la vasta zona pantanosa que se encontraba en la otra orilla del Oredezh. Después de seguir los márgenes del río a lo largo de cinco o seis kilómetros, encontré un cimbreante puentecillo. Mientras lo cruzaba pude ver las chozas de un villorrio a mi izquierda, manzanos, hileras de rojizos troncos de pino yaciendo sobre una orilla verde, y las brillantes manchas de color que formaban sobre el césped las esparcidas ropas de unas muchachas campesinas que, completamente desnudas, en aguas poco profundas, alborotaban y chillaban, haciéndome tan poco caso como si yo fuera el descarnado portador de mis actuales reminiscencias.
Al otro lado del río, una densa multitud de pequeñas mariposas macho azul brillante que se embriagaban de una rica y pisoteada mezcla de barro con estiércol de vaca alzó conjuntamente el vuelo cuando yo pasé, y volvió a posarse en cuanto me fui.
Después de haberme abierto camino a través de algunas arboledas de pinos y matorrales de alisos, llegué a la ciénaga. En cuanto mi oído captó el zumbido de los dípteros a mi alrededor, el grito gutural de una agachadiza sobre mi cabeza y el gorgoteo del pantano bajo mis pies, supe que encontraría aquí esas especialísimas mariposas árticas cuyas imágenes o, mejor aún, cuyas descripciones no ilustradas, había venerado yo durante varias estaciones. Y al momento siguiente ya me rodeaban por todas partes. Sobre las bajas matas de arándanos que exponían sus frutos de tenue azul ensoñado, sobre el pardo ojo del agua estancada, sobre los musgos y los fangos, sobre los tallos floridos de la fragante orquídea palustre (la nochnaya fialkade los poetas rusos), una oscura y diminuta fritilaria bautizada con el nombre de una diosa noruega pasó en vuelo bajo, rasante. La bonita cordígera, una mariposa nocturna que parece una gema, zumbaba en torno a la planta pantanosa de la que se alimentaba. Perseguí coliasde rosados bordes, sátirosde jaspeados grises. Sin preocuparme por los mosquitos que cubrían mis antebrazos como un pelaje, me agaché con un gruñido de placer para extinguir la vida de cierto lepidóptero de alas tachonadas de plata que latía entre los pliegues de mi red. A través de los aromas del pantano, me llegó el sutil perfume de las alas de las mariposas en mis dedos, un perfume que varía según las especies: vainilla, o limón, o almizcle, o un olor dulzón y rancio que no es fácil definir. Lejos de sentirme saciado, seguí adelante. Finalmente vi que había llegado al final del pantano. La cuesta que se elevaba delante de mí era un paraíso de altramuces, aguileñas y pentstemons. Mariposa liliesbajo pinos ponderosa. A lo lejos, veloces sombras de nubes moteaban las laderas de tono verde deslustrado que se elevaban por encima del límite del bosque y del gris y blanco del Longs Peak.
Confieso que no creo en el tiempo. Me gusta plegar mi alfombra mágica, tras haberla usado, de forma que una parte del dibujo quede superpuesta a la otra. Que tropiecen las visitas, no importa. Y el mayor placer de la atemporalidad —en un paisaje elegido al azar— es el que encuentro cuando me veo rodeado de mariposas poco frecuentes y de las plantas con que se alimentan. Eso es el éxtasis, y más allá del éxtasis hay otra cosa que me resulta difícil de explicar. Es como un vacío momentáneo en el que se precipita todo lo que amo. Un sentimiento de unidad con el sol y la roca. Un estremecimiento de gratitud para con aquel a quien pueda interesar, al contrapuntístico genio del destino humano o a los tiernos fantasmas que miman a este afortunado mortal.
CAPITULO SÉPTIMO
1
En los primeros años de este siglo, una agencia de viajes de la Avenida Nevski tenía expuesta una reproducción a escala, de sesenta centímetros, de un coche-cama internacional color castaño claro. Era tanta su delicada verosimilitud que dejaba en completo ridículo la hojalata pintada de mis trenes de cuerda. Por desgracia, no estaba en venta. Se llegaba a distinguir el tapizado azul de su interior, el revestimiento de cuero repujado de los compartimientos, sus bruñidos paneles, espejos empotrados, lámparas de lectura con tulipas, y otros enloquecedores detalles. Unas ventanas espaciosas se alternaban con otras más estrechas, simples o geminadas, y algunas de éstas eran de vidrio deslustrado. En unos pocos compartimientos estaban hechas las camas.