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Conseguía dormirme gracias al simple acto de identificarme con el maquinista. Una sensación de amodorrado bienestar invadía mis venas en cuanto conseguía tenerlo todo bien organizado: los despreocupados pasajeros disfrutando en sus asientos del paseo que yo les daba, fumando, intercambiando sonrisas de complicidad, dando cabezadas, dormitando; los camareros y cocineros y revisores (a los que tenía que situar en algún lugar), de parranda en el vagón restaurante; y yo, tiznado y con los ojos desorbitados, asomándome desde la cabina de la locomotora para mirar las ahusadas vías, o el punto esmeralda o rubí que brillaba a lo lejos en medio de la negrura. Y luego, una vez dormido, veía una cosa completamente distinta: una canica de cristal rodando bajo un gran piano o una locomotora de juguete caída de costado, con las ruedas girando todavía resueltamente.

A veces mi sueño quedaba interrumpido por los cambios de velocidad del tren. Lentas luces acechaban de cerca; cada una investigaba al pasar la misma hendedura, y luego un arco luminoso medía las sombras. Al cabo de un rato el tren se detenía con un prolongado suspiro westinghousesco. Una cosa (las gafas de mi hermano, según se pudo comprobar al día siguiente) cayó de arriba. Resultaba maravillosamente emocionante gatear hasta los pies de la cama, arrastrando parte de las mantas, para soltar con cautela el fiador de la cortinilla, que sólo subía hasta la mitad porque quedaba trabada en el extremo de la litera superior.

Al igual que las lunas que giran en torno a Júpiter, pálidas mariposas nocturnas revoloteaban alrededor de una solitaria farola. Un periódico desmembrado se agitaba sobre un banco. Procedentes de algún rincón del tren, se oían voces sofocadas, la tranquila tos de alguien. No había nada especialmente interesante en la porción de andén que tenía delante de mí, y sin embargo me sentía incapaz de desprenderme de ella hasta que se alejaba por propia decisión.

A la mañana siguiente, unos sembrados húmedos con deformes sauces alineados a lo largo de una zanja o una lejana hilera de álamos ceñidos por una faja de lechosa neblina, te decían que el tren caía en barrena sobre Bélgica. Llegaba a París a las cuatro de la tarde, e incluso si la estancia allí era solamente de una noche, siempre me quedaba tiempo suficiente para comprar alguna cosa —por ejemplo, una pequeñita Tour Eiffel de latón recubierto por una tosca capa de pintura plateada— antes de subir, al mediodía siguiente, al Sud-Express que, de paso para Madrid, nos depositaba alrededor de las diez de la noche en la estación de Biarritz, La Négresse, a pocos kilómetros de la frontera española.

2

Biarritz todavía conservaba en aquellos tiempos su más pura esencia. Polvorientos matorrales de zarzamora y terrains a vendreinvadidos por las malas hierbas bordeaban el camino que conducía a nuestra villa. El Carlton estaba todavía en obras. Tendrían que transcurrir unos treinta y seis años antes de que el general de brigada Samuel McCroskey se instalara en la suite real del Hotel du Palais, que ocupa el solar de un antiguo palacio en el que, en los años sesenta del siglo pasado, Daniel Home, aquel médium increíblemente ágil, fue, según los rumores, sorprendido cuando estaba golpeando suavemente con su pie descalzo (como si se tratara de la mano de un fantasma) el amable y confiado rostro de la emperatriz Eugénie. En el paseo que hay cerca del casino, una anciana florista con cejas de carbonilla y sonrisa pintarrajeada introducía diestramente el rollizo émbolo de un clavel en el ojal de un interceptado paseante cuya papada izquierda acentuaba sus regios repliegues al bajar la vista lateralmente para observar la tímida inserción de la flor.

Las intensamente coloreadas Quercus Eggarque buscaban su alimento por entre la maleza eran completamente diferentes de las nuestras (que, de todos modos, tampoco crían en los robles), y las Speckled woods (moteadas de los bosques)no rondaban aquí los bosques sino los setos, y no tenían las manchas de color amarillo claro, sino leonado. La cleopatra, una gonepteryxde aspecto tropical y colores limón y anaranjado, que revoloteaba lánguidamente por los jardines, me había asombrado en 1907 y seguía siendo uno de los blancos preferidos de mi cazamariposas.

A lo largo del margen superior de la plage, varias tumbonas y taburetes plegables sostenían a los padres de los niños con sombrero de paja que jugaban en la arena, junto al mar. A mí se me podía ver de rodillas, tratando de prenderle fuego por medio de una lente de aumento a un peine encontrado allí. Los varones lucían pantalones cortos que para las miradas actuales parecería que se hubieran encogido al lavarlos; las damas llevaban, aquella temporada, americanas ligeras con solapas forradas de seda, sombreros de alta copa y anchas alas, densos velos blancos con bordados, blusas con la pechera de volantes, y más volantes en las muñecas y en las sombrillas. La brisa empapaba los labios de sal. A tremenda velocidad, una coliascomún extraviada atravesó como un rayo la palpitante playa.

Por si faltaran movimientos y sonidos, estaban además los que proporcionaban los vendedores ambulantes que anunciaban a gritos sus cacahuetes, almendras garapiñadas, helados de pistacho de un verde celestial, pastillas de cachú, y enormes pedazos convexos de una cosa reseca, arenosa, parecida a una galleta, que llevaban en un bidón rojo. Con una claridad que ninguna superposición posterior ha podido velar, veo a ese vendedor de galletas hundiendo sus pesados pasos en la profunda y harinosa arena con el pesado bidón cargado sobre su encorvada espalda. Cuando le llamaban, se lo descolgaba del hombro dándole un brusco giro a la correa, lo dejaba caer sin miramientos sobre la arena, en donde quedaba inclinado como la Torre de Pisa, se secaba la cara con la manga, y pasaba a manipular un mecanismo a modo de brújula provisto de unos números y situado en la tapa del bidón. La flecha giraba repiqueteando y zumbando. Se suponía que la suerte decidía el tamaño de la galleta que te vendía por un sou. Cuanto mayor era, más lo sentía yo por él.

El proceso del baño se desarrollaba en otra zona de la playa. Allí había bañistas profesionales, hoscos vascos con bañador negro, que ayudaban a las damas y a los niños a disfrutar de los terrores del oleaje. Uno de esos baigneurscolocaba a su cliente de espaldas a la ola que comenzaba a acercarse y le sostenía de la mano cuando la creciente masa giratoria de agua verde y espumosa caía violentamente desde detrás, levantándole los pies por los aires con su potente golpe. Tras una docena de volteretas como ésta, el baigneur, reluciente como una foca, conducía a la jadeante, temblorosa y húmedamente gangueante persona que estaba bajo su responsabilidad hacia tierra, camino de la zona plana de la orilla en donde una inolvidable anciana con la barbilla poblada de pelos canos elegía rápidamente uno de los albornoces que colgaban de una cuerda. En la seguridad de una caseta pequeñita, otro empleado te ayudaba a quitarte el empapado bañador, tan pesado ahora que estaba cargado de arena. El traje de baño caía con un golpe seco sobre las tablas, y, temblando aún, levantabas primero un pie y luego el otro para luego pisar sus borrosas listas azuladas. La caseta olía a pino. El empleado, un jorobado de arrugadas sonrisas resplandecientes, te acercaba una palangana llena de agua humeante en la que sumergías los pies. El me enseñó, y su lección se ha conservado desde entonces en una célula de cristal de mi memoria, que, en vasco, mariposa se dice misericoletea, o así fue al menos como me sonó a mí (entre las siete palabras que he encontrado en los diccionarios, la que más se le aproxima es micheletea).