Выбрать главу

3

En la parte más oscura y húmeda de la plage, esa zona que durante la bajamar proporcionaba el mejor barro para hacer castillos, me encontré, un día, cavando al lado de una niña francesa que se llamaba Colette.

Ella iba a cumplir los diez años en noviembre, yo había cumplido diez años en abril. Llamé su atención sobre un mellado fragmento de concha violeta que había pisado ella con el desnudo talón de su pie de largos dedos. No, yo no era inglés. Sus ojos verdosos parecían estar moteados por un rebosamiento de las pecas que salpicaban su cara de rasgos afilados. Vestía lo que actualmente llamaríamos prendas deportivas: un jersey azul arremangado y pantalones azules de punto. Yo la había tomado al principio por un chico, pero después me desconcertaron el brazalete de su delgada muñeca y los castaños rizos de sacacorchos que colgaban bajo el borde de su gorra de marinero.

Hablaba con estallidos de rápido gorjeo de pajarillo, mezclando inglés de institutriz con francés parisiense. Dos años antes, en esta misma plage, yo había sentido gran afecto por Zina, la encantadora, bronceada y malhumorada hijita de un médico naturista servio: ella tenía, lo recuerdo (absurdamente, porque ambos contábamos apenas ocho años en aquel momento), un grain de beautéen su piel de albaricoque, justo debajo del corazón, y había una horrible colección de orinales, llenos del todo o hasta la mitad, y uno de ellos con burbujas en la superficie, en el piso del vestíbulo de la pensión en donde su familia se alojaba, que visité una vez a primera hora de la mañana para que ella me diese, mientras la vestían, una esfinge colibrí muerta que había encontrado un gato. Pero cuando conocí a Colette, supe inmediatamente que esta vez la cosa iba en serio. ¡Colette me parecía muchísimo más extraña que todas mis demás accidentales compañeras de juego de Biarritz! No sé de qué modo llegué a adquirir la convicción de que ella era menos feliz que yo, menos querida. Un morado en su frágil y aterciopelado antebrazo provocó espantosas conjeturas.

—Da unos pellizcos peores que los de mamá —dijo, refiriéndose a un cangrejo.

Hice varios planes para salvarla de sus padres, que eran «des bourgeois de París», según oí que alguien le decía a mi madre con un ligero ademán despectivo. Yo interpreté el desdén a mi modo, pues sabía que la familia había venido desde París en su limusina azul y amarilla (una aventura que en aquellos tiempos estaba de moda) pero que habían enviado a Colette con el perro y la institutriz en un aburrido y vulgar tren de pasajeros. El perro era una hembra fox terriercon campanitas en el collar y unos cuartos traseros muy meneones. Sus entusiastas coletazos salpicaban a todo el mundo con el agua salada del cubito de Colette. Recuerdo el velero, el crepúsculo y el faro pintados en ese cubito, pero no me acuerdo del nombre del perro, y eso me fastidia.

Durante los dos meses de nuestra estancia en Biarritz, mi pasión por Colette casi superó mi pasión por Cleopatra. Como mis padres no ardían en deseos de conocer a los suyos, sólo la veía en la playa; pero pensaba constantemente en ella. Si notaba que había estado llorando, sentía una oleada de desesperada angustia que hacía que también a mí se me saltaran las lágrimas. No podía destruir los mosquitos que le habían dejado aquellas mordeduras en su delicado cuello, pero podía pelearme, y así lo hice, a puñetazos con un chico pelirrojo que la trató mal; gané yo. Ella acostumbraba a darme amables puñados de caramelos. Un día, cuando estábamos agachados mirando una estrella de mar, y los ricitos de Colette me hacían cosquillas en la oreja, se volvió de repente hacia mí y me besó en la mejilla. Sentí una emoción tan grande que lo único que se me ocurrió decirle fue:

—¡Serás pillastre!

Yo tenía una moneda de oro que suponía sería suficiente para financiar nuestra fuga. ¿A dónde quería llevarla? ¿A España? ¿A América? ¿A las montañas que hay al norte de Pau? «Là-bas, la-bas, dans la montagne», como le había oído cantar a Carmen en la ópera. Una noche extraña, me encontraba despierto, escuchando el recurrente y sordo golpear del océano y planeando nuestra huida. Parecía que el océano se elevase y avanzase a tientas en la oscuridad, para luego caer pesadamente de bruces.

Respecto a nuestra fuga real casi no puedo contar nada. Mi memoria conserva un vislumbre del momento en que ella se pone obedientemente unas alpargatas de lona con suela de esparto, al socaire de una aleteante tienda, mientras yo guardo un cazamariposas en una bolsa de papel pardo. El siguiente vislumbre corresponde al intento que hicimos de burlar a nuestros perseguidores entrando en la oscurísima sala de un cinema próximo al casino (que, naturalmente, estaba fuera de los límites prescritos). Nos sentamos allí, con las manos cogidas por encima del perro, que de vez en cuando tintineaba en el regazo de Colette, y nos proyectaron una espasmódica y lluviosa, pero emocionantísima, corrida de toros en San Sebastián. En mi vislumbre final aparezco yo mismo siendo conducido por el paseo por Linderovski. Sus largas piernas caminan con paso ominosamente ligero, y veo los músculos de su ominosamente apretada mandíbula tensándose bajo la prieta piel. El gafas de mí hermano, que tiene nueve años, y que va cogido de su otra mano, se adelanta trotando una y otra vez para asomarse y mirarme con espantada curiosidad, como una pequeña lechuza.

Entre los triviales recuerdos adquiridos en Biarritz antes de partir, mi preferido no era el torito de piedra negra ni la sonora concha sino otra cosa que ahora parece simbólica: un portaplumas de espuma de mar que llevaba como adorno una diminuta mirilla de cristal. Acercándola mucho al ojo, y cerrando bien fuerte el otro, en cuanto te librabas del reflejo de las pestañas podías contemplar en su interior una milagrosa vista fotográfica de la bahía, y el perfil de los acantilados con el faro en su extremo.

Y ahora ocurre una cosa deliciosa. El proceso de recreación de ese portaplumas y del microcosmos de su ojete anima a mi memoria a hacer un último esfuerzo. Intento de nuevo recordar el nombre del perro de Colette, y, triunfalmente, corriendo por esas remotas playas, por esas satinadas playas crepusculares del pasado en las que cada huella se va llenando lentamente con el agua del ocaso, se me acerca, se me acerca, repetido como un eco brillante: ¡Floss, Floss, Floss!

Colette ya estaba de regreso en París cuando nosotros nos detuvimos allí para permanecer un día antes de continuar nuestro viaje de regreso a casa; y allí, en un parque color cervato, bajo un cielo de fría tonalidad azul, la veo (creo que debido a un previo acuerdo entre nuestros mentores) por última vez. Ella llevaba un aro que conducía con un palito corto, y todo en su aspecto era extraordinariamente correcto y elegante, según una concepción otoñal, parisién, tenue-de-ville-pour-fillettes. Lo primero que hizo fue tomar de la mano de su institutriz, y deslizar en la de mi hermano, un regalo de despedida, una caja de almendras garapiñadas, destinadas, lo supe, únicamente para mí; y al instante se fue, dándole golpecitos a su reluciente aro por las sombras y las zonas iluminadas, dando vueltas y más vueltas a una fuente asfixiada bajo las hojas muertas, cerca de la cual yo permanecía. Las hojas se entremezclaban en mi memoria con la piel de sus zapatos y sus guantes, y había, me parece, algún detalle de su atavío (quizás una cinta en su gorra escocesa, o el dibujo de sus calcetines) que en aquel momento me recordó la espiral irisada de una canica de cristal. Todavía me parece estar sosteniendo ese jirón de iridiscencia sin saber en dónde encajarlo exactamente, mientras ella corre cada vez más aprisa con su aro y finalmente se desvanece por entre las tenues sombras proyectadas sobre el camino de gravilla por los arcos entrelazados de su baja cerca.

CAPITULO OCTAVO