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1

Voy a pasar algunas transparencias, pero permítaseme que antes indique el dónde y el cuándo de la cuestión. Mi hermano y yo nacimos en San Petersburgo, capital de la Rusia Imperial, él a mitad de marzo de 1900, y yo once meses antes. Las institutrices inglesas y francesas que tuvimos en nuestra infancia fueron con el tiempo ayudadas, y finalmente suplantadas, por preceptores de lengua rusa, que en su mayor parte eran alumnos de la universidad de la capital. Esta época de los preceptores comenzó alrededor de 1906 y duró casi todo un decenio, superponiéndose, a partir de 1911, con nuestros años de la segunda enseñanza. Todos esos preceptores se alojaban con nosotros: en la casa de San Petersburgo durante el invierno, y el resto del tiempo en nuestra finca del campo, a setenta y cinco kilómetros de la ciudad, o en los centros extranjeros de reposo que solíamos visitar en otoño. Tres años fue lo máximo que necesité (en estas cosas, yo solía aventajar a mi hermano) para conseguir que, por agotamiento, estos tenaces jóvenes acabaran abandonándonos.

Se diría que, en la elección de nuestros preceptores, mi padre tuvo la ingeniosa idea de contratar en cada ocasión a un representante de una nueva clase o raza, a fin de exponernos a todos los vientos que barrían el imperio ruso. Dudo que fuera un plan completamente deliberado por su parte, pero volviendo la vista atrás me encuentro con un patrón curiosamente claro, y las imágenes de aquellos preceptores aparecen en el disco luminoso de la memoria como si se tratara de otras tantas proyecciones de la linterna mágica.

El admirable e inolvidable maestro de pueblo que en el verano de 1905 nos enseñó ortografía rusa venía sólo unas pocas horas al día y no está incluido por lo tanto en esta serie. Pero sirve para unir su punto de partida con su final, pues mi último recuerdo de él data de las vacaciones de Pascua de 1915, que mi hermano y yo pasamos con mi padre y un tal Volgin —el último y el peor de los preceptores— esquiando en los terrenos asfixiados de nieve que rodeaban nuestra finca, y bajo un cielo intenso, casi violeta. Nuestro viejo amigo nos invitó a sus habitaciones del edificio de la escuela, con aleros festoneados de carámbanos, para tomar lo que él llamó un tentempié; de hecho se trataba de un complejo y cariñosamente organizado almuerzo. Todavía puedo ver su rostro resplandeciente y el maravillosamente simulado júbilo con que mi padre dio la bienvenida a un plato (liebre asada en salsa amarga) que yo sabía que él detestaba. En la habitación hacía un calor insoportable. Mis botas de esquiar, que empezaron a deshelarse, resultaron no ser tan impermeables como se suponía. Mis ojos, que aún me escocían de tanto mirar la deslumbrante nieve, estaban empeñados en descifrar, en la pared más próxima a mí, un retrato de los llamados «tipográficos» de Tolstoy. Como la cola de la rata de cierta página de Alicia en el País de las Maravillas, estaba completamente formado por letra impresa. Todo un relato de Tolstoy («Amo y siervo») había sido utilizado para formar la barbuda cara de su autor, a la que, por cierto, se parecían un poco los rasgos de nuestro anfitrión. Estábamos a punto de atacar la desafortunada liebre, cuando se abrió de golpe la puerta y Hristofor, un lacayo de nariz azulada envuelto en un chal de lana, entró de lado, con una sonrisa imbécil, una enorme cesta de comida rebosante de viandas y vinos que, con gran falta de tacto, mi abuela (que pasaba el invierno en Batovo) había creído necesario enviarnos, por si las provisiones del maestro resultaban insuficientes. Antes de que nuestro anfitrión tuviera tiempo de sentirse ofendido, mi padre hizo devolver el cesto sin abrirlo, con una breve nota que seguramente dejó desconcertada a la bienintencionada anciana, tal como solía ocurrir con casi todo lo que hacía mi padre. Envuelta en un batín de seda y con guantes de tul, no tanto ser vivo como mueble de época, la abuela se pasaba la mayor parte del tiempo tendida en un diván, agitando un abanico de marfil. Siempre tenía a su alcance una caja de boules de gomme, o un vaso de leche de almendras, así como un espejito de mano, pues solía empolvarse la cara una y otra vez, cada hora aproximadamente, con una gran borla rosa, y el pequeño lunar de su pómulo despuntaba por encima de toda esa cantidad de harina, como una pasa de Corinto. A pesar de lo lánguido que era su aspecto corriente, seguía siendo una mujer de extraordinaria resistencia física y se empeñaba en dormir todo el año junto a una ventana abierta. Una mañana, después de una ventisca que se había prolongado toda la noche, su doncella la encontró bajo una capa de nieve centelleante que había cubierto toda su cama, sin turbar el saludable placer de su sueño. Si amaba a alguien, ese alguien era solamente su hija menor, Nadezheda Vonlyarlyarski, y fue por complacerla a ella por lo que vendió Batovo en 1916, en una operación que no benefició a nadie en aquella crepuscular marea baja de la historia imperial. Se quejó ante todos nuestros parientes de las fuerzas oscuras que sedujeron a su dotado hijo hasta arrastrarle a despreciar el tipo de carrera «brillante» al servicio del Zar que todos sus antepasados habían seguido. Lo que más le costaba comprender era que mi padre, que, como bien sabía ella, apreciaba plenamente todos los placeres de la riqueza, pudiese jugarse su disfrute convirtiéndose en un liberal, y contribuyendo de este modo a provocar una revolución que, a la larga, tal como ella supo prever correctamente, le dejaría muy empobrecido.

2

Nuestro profesor de ortografía era hijo de un carpintero. En la sesión de linterna mágica que ahora empieza, mi primera transparencia muestra a un joven al que llamábamos Ordo, y que era el ilustrado hijo de un diácono ortodoxo griego. Para sus paseos con mi hermano y conmigo del frío verano de 1907 solía ponerse una byroniana capa negra cerrada con un broche de plata en forma de S. En la espesura de los bosques de Batovo, cerca de un riachuelo donde contaban que solía aparecerse el fantasma de un ahorcado, Ordo nos hacía una representación notablemente sacrílega y chiflada que, cada vez que pasábamos por allí, mi hermano y yo pedíamos por aclamación que repitiera. Dejando caer la cabeza, y haciendo aletear su capa de manera horripilante y vampírica, se ponía a dar brincos junto a un álamo de lúgubre aspecto. Una húmeda mañana, y en el curso de este ritual, perdió su pitillera, y mientras le ayudábamos a buscarla descubrí dos especímenes recién aparecidos de la esfinge del Amur, una mariposa nocturna rara en esa región —son unos adorables, aterciopelados seres de color gris morado—, dedicándose tranquilamente a la copulación, agarradas con sus patas forradas de chinchilla a la hierba del pie de un árbol. En otoño de ese mismo año, Ordo nos acompañó a Biarritz, y algunas semanas después partió con notable brusquedad, dejándose un regalo que le habíamos hecho, una maquinilla de afeitar Gillette, sobre su almohada, junto a una nota prendida con un alfiler. Sólo raras veces me ocurre que no sepa del todo si un recuerdo es mío o me ha llegado de segunda mano, pero en este caso vacilo, especialmente debido a que, mucho más tarde, mi madre, en sus días reminiscentes, solía hacer divertidas referencias a la llama que sin ella saberlo había encendido. Me parece recordar unas puertas abiertas de par en par hacia un salón, y allí en medio, en el suelo, Ordo, nuestro Ordo, puesto de rodillas y retorciéndose las manos delante de mi joven, bella y pasmada madre. El hecho de que me parezca ver, por el rabillo del ojo de mi mente, las ondulaciones de una capa romántica sobre los hombros estremecidos de Ordo, hace pensar que transferí algún elemento de esa anterior danza del bosque a la desdibujada habitación de nuestro apartamento de Biarritz (bajo cuyas ventanas, en un sector de la plaza cercado por unas cuerdas, un aeronauta de aquella localidad, Sigismond Lejoyeux, estaba hinchando un enorme globo color natillas).

Luego tuvimos a un ucraniano, un exuberante matemático de bigote moreno y centelleante sonrisa. Pasó parte del invierno 1907-1908 con nosotros. También él tenía sus habilidades, entre las cuales me resultó especialmente atractivo un número de malabarismo en el que hacía desaparecer una moneda. Una moneda, colocada sobre una hoja de papel, desaparece después de haber sido tapada por un vaso. Tómese un vaso corriente. Péguese cuidadosamente sobre su boca un pedazo redondo de papel. El papel debe ser rayado (o bien pautado); esto servirá para realzar el efecto. Coloqúese una moneda pequeña (una de veinte kopecs, de las plateadas, irá la mar de bien) sobre una hoja con el mismo rayado o pautado. Con un rápido ademán, coloqúese el vaso sobre la moneda, cuidando que encajen los rayados. La coincidencia de dibujos es una de las maravillas de la naturaleza. Las maravillas de la naturaleza ya empezaban a impresionarme a esa temprana edad. Durante uno de sus domingos libres, el pobre mago se desplomó en la calle y fue arrojado por la policía a una fría celda con una docena de borrachos. De hecho, padecía una afección cardíaca de la que murió pocos años después.