La siguiente foto parece que esté proyectada del revés en la pantalla. Muestra a nuestro siguiente preceptor haciendo la vertical. Era un enorme y formidablemente atlético letón, que caminaba sobre las palmas de sus manos, levantaba grandes pesos, hacía malabarismos con las pesas y era capaz de, en un santiamén, empapar toda una habitación del tufo a sudor de una guarnición entera. Cuando creía que tenía que castigarme por algún delito de menor cuantía (recuerdo, por ejemplo, haber soltado la canica de un niño desde un rellano alto de modo que cayera sobre su cabeza, atractiva y de aspecto consistente, cuando él estaba bajando la escalera), adoptaba la notablemente pedagógica medida de sugerirme que él y yo nos pusiéramos los guantes de boxeo para cruzar unos cuantos golpes. El solía alcanzarme la cara con hiriente precisión. Aunque yo prefería esto a que se me acalambrara la mano con los castigos inventados por Mademoiselle (por ejemplo, copiar doscientas veces el proverbio Qui aime bien, châtie bien), no eché de menos a aquel buen hombre cuando, al término de un tormentoso mes, nos dejó.
Después tuvimos a un polaco. Era un guapo estudiante de medicina, de húmedos ojos castaños y pulcro y lustroso pelo, que se parecía bastante a Max Linder, el popular actor cómico de cine. Max duró de 1908 a 1910 y conquistó mi admiración un día de invierno en San Petersburgo, con motivo de una repentina conmoción que vino a interrumpir nuestro paseo cotidiano de las mañanas. Unos cosacos armados con látigos y de expresiones feroces e imbéciles azuzaban a sus caracoleantes y encolerizados caballos contra una excitada muchedumbre. Había montones de gorras y al menos tres chanclos esparcidos como manchas negras por la nieve. Durante un momento pareció que uno de los cosacos se dirigiera hacia nosotros, y vi que Max empezaba a sacar de uno de sus bolsillos una pequeña automática de la que a partir de entonces me enamoré; afortunadamente, sin embargo, el alboroto se calmó. Nos llevó un par de veces a ver a su hermano, un demacrado sacerdote católico de gran distinción cuyas pálidas manos planeaban distraídamente sobre nuestras cabezas ortodoxas griegas, mientras él y Max discutían asuntos políticos o familiares con un río de sibilantes palabras polacas. Puedo visualizar a mi padre celebrando un día de verano en el campo un concurso de puntería con Max: acribillando de balas de pistola un herrumbroso cartel de VEDADO que había en nuestros bosques. Este agradable Max era un tipo vigoroso, y por esta razón yo solía llevarme una gran sorpresa cuando se quejaba de sus jaquecas y se negaba lánguidamente a venir conmigo a jugar un rato al balón o a darnos una zambullida en el río. Ahora sé que aquel verano era amante de una mujer cuya finca se encontraba a algo más de quince kilómetros de distancia. En los momentos más inesperados del día, Max se escabullía para ir a la perrera donde nuestros perros guardianes permanecían encadenados, para darles comida y jugar con ellos. Los soltaban a las once de la noche para que rondaran en torno a la casa, y él tenía que enfrentarse con ellos en plena oscuridad cuando salía a buscar entre los matorrales una bicicleta provista de todos los accesorios —timbre, mancha, bolsa de cuero con sus herramientas, y hasta las pinzas para los pantalones— que le había preparado en secreto un aliado suyo, el criado polaco de mi padre. Enfangados caminos con roderas e irregulares pistas de bosque conducían al impaciente Max hacia el remoto lugar de la cita, que era una cabaña de cazador, de acuerdo con la gran tradición del adulterio elegante. La helada neblina del amanecer y cuatro grandes daneses de breve memoria le veían regresar en bicicleta, y a las ocho de la mañana comenzaba un nuevo día. Me pregunto si no sintió cierto alivio cuando, en otoño de ese mismo año (1909), abandonó el escenario de sus hazañas nocturnas para acompañarnos en nuestro segundo viaje a Biarritz. Piadosa y penitentemente, se tomó un par de días libres para visitar Lourdes en compañía de la bonita y cachonda irlandesa que era la institutriz de Colette, mi preferida de entre todas mis compañeras de juego en la plage. Max nos abandonó al año siguiente, para trabajar en el departamento de rayos X de un hospital de San Petersburgo, y posteriormente, entre las dos guerras mundiales, llegó a ser, según tengo entendido, un médico bastante famoso en Polonia.
Tras el católico tuvimos a un protestante, un luterano de extracción judía. Aquí tendrá que figurar con el nombre de Lenski. Mi hermano y yo fuimos con él, a finales de 1910, a Alemania, y después de nuestro regreso en enero del año siguiente, y de que empezáramos a ir a colegio en San Petersburgo, Lenski se quedó unos tres años más para ayudarnos a hacer los deberes. Fue durante su reinado cuando Mademoiselle, que había estado con nosotros desde el invierno de 1905, abandonó su lucha contra los moscovitas que se entrometían en su mundo, y regresó a Lausana. Lenski había nacido en la pobreza y le gustaba recordar que entre la fecha de su graduación en el Gymnasium de su ciudad de origen, en el Mar Negro, y el momento de su ingreso en la Universidad de San Petersburgo, se había ganado la vida adornando con luminosas marinas piedras que cogía en la playa de guijarros, para después venderlas como pisapapeles. Tenía un rostro ovalado y sonrosado, pestañas cortas, unos ojos curiosamente desnudos que ocultaba tras un pince-nezsin aros, y una cabeza afeitada de color azul pálido. Inmediatamente descubrimos tres de sus características: era un excelente maestro; carecía por completo de sentido del humor; y, a diferencia de nuestros anteriores preceptores, necesitaba que le defendiéramos. La seguridad que sentía mientras nuestros padres rondaban por casa podía quedar hecha añicos durante sus ausencias, a causa de las pullas de nuestras tías. Para ellas, los feroces escritos de mi padre contra los pogromsy otras actuaciones gubernamentales no eran sino caprichos de un noble rebelde, y a menudo yo acertaba a escucharlas cuando comentaban horrorizadas los orígenes de Lenski así como los «lunáticos experimentos» de mi padre. Después de ocasiones como ésta, yo me mostraba muy maleducado con ellas y luego estallaba en ardientes lágrimas en la reclusión de un water closet. Y no es que Lenski me gustara especialmente. Me resultaban en cierto modo irritantes su voz seca, su excesiva meticulosidad, su manía de limpiarse continuamente las gafas con un trapo especial o de cortarse las uñas con un instrumento moderno, su forma pedantemente correcta de expresarse y, quizá sobre todo, su extravagante costumbre matutina de encaminarse (en apariencia nada más levantarse de la cama, pero ya calzado, con los pantalones puestos y sus rojos tirantes colgándole detrás, y con una extraña camiseta como de malla cubriendo su rollizo y velloso torso) al grifo más cercano para limitar una vez allí sus abluciones a un completo remojo de su sonrosado rostro, su azul cuero cabelludo y su grueso cuello, seguido de un vigorosamente ruso sonarse las narices, tras lo cual se encaminaba, con los mismos pasos determinados, pero ahora goteante y cegato, a su dormitorio, donde guardaba en un lugar secreto tres sacrosantas toallas (por cierto, era tan terriblemente brezgliv, en el intraducibie sentido ruso de la expresión, que se lavaba las manos cada vez que había tocado billetes de banco o pasamanos).
Se quejaba ante mi madre de que Sergey y yo fuéramos unos niños extranjeros, caprichosos, currutacos, snob'i, y «patológicamente indiferentes», como decía él, a Goncharov, Grigorovich, Korolenko, Stanyukovich, Mamin-Sibiryak, y otros estupefacientes palizas (comparables a los «autores regionales» norteamericanos) cuyas obras, según él, «cautivaban a los niños normales». Para mi oscuro fastidio, aconsejó a mis padres que hicieran que sus dos hijos —los tres más pequeños no entraban en su jurisdicción— vivieran de una forma más democrática, lo cual significaba, por ejemplo, abandonar en Berlín el Hotel Adlon para alojarnos en un enorme apartamento de una tenebrosa pensión situada en una calle carente de animación, y tomar, en lugar de los enmoquetados expresos internacionales, los bamboleantes y traqueteantes Schnelhugs, con sus pisos repugnantemente sucios y su olor rancio a cigarro puro. Tanto en las ciudades del extranjero como en San Petersburgo, se quedaba congelado ante las tiendas, maravillado ante cosas que a nosotros nos dejaban del todo indiferentes. Estaba pendiente de casarse, sólo contaba con su sueldo, y planeaba su futuro hogar con el mayor ingenio y detalle. De vez en cuando, ciertos impulsos incontenibles malograban sus cálculos. Un día se fijó en una empapada bruja que se relamía contemplando el sombrero adornado de plumas carmesíes del escaparate de una tienda de sombreros para señoras, y decidió comprarlo y regalárselo, y luego se lo pasó muy mal tratando de librarse de ella. En las adquisiciones propias intentaba actuar con la mayor prudencia. Mi hermano y yo habíamos escuchado pacientemente las detalladas ensoñaciones con que analizaba cada rincón del hogareño pero frugal apartamento que preparaba mentalmente para su esposa y para él. A veces su fantasía remontaba el vuelo. Una vez se posó en una cara lámpara que vio en Alexandre, un comercio de San Petersburgo que vendía bric-a-bractan burgueses como espantosos. Como no quería que los dependientes supieran cuál era el artículo que codiciaba, Lenski dijo que sólo nos llevaría a verlo si le jurábamos dominarnos y no llamar una innecesaria atención mirando directamente su lámpara. Con toda clase de precauciones, nos colocó debajo de un espantoso pulpo de bronce, y su única señal de que éste era el ansiado artículo fue un ronroneante suspiro. Utilizó las mismas precauciones —caminando de puntillas y hablando en susurros, a fin de no despertar al monstruo del destino (que, al parecer, Lenski creía que sentía cierto rencor personal contra él)— cuando nos presentó a su prometida, una joven dama bajita y graciosa con ojos de gacela asustada, y oculta tras un velo negro con aroma de violetas frescas. La conocimos, lo recuerdo, cerca de una farmacia, en la esquina de Potsdamerstrasse y Privatstrasse, una calleja alfombrada de hojas muertas, la misma en la que estaba situada nuestra pensión, y él nos apremió a que mantuviéramos en secreto ante nuestros padres la presencia de su novia en Berlín, y entretanto un maniquí mecánico de la farmacia imitaba los movimientos de un hombre que se está afeitando, y rechinaban los tranvías al pasar, y empezaba a nevar.