Cuando, en la primavera de 1914, Lenski nos dejó definitivamente, tuvimos a un joven procedente de una de las provincias del Volga. Era un tipo encantador, de buena cuna, magnífico jugador de tenis y excelente jinete; y experimentó el gran alivio de poder confiar en estas dotes, ya que, en fechas tan adelantadas, ni mi hermano ni yo necesitábamos apenas la ayuda formativa que un optimista mecenas del joven les prometió a mis padres que podría proporcionarnos. Durante nuestro primer coloquio me informó, como sin darle importancia, que Dickens había escrito La cabaña del tío Tom, lo cual me precipitó a hacerle una apuesta con la que gané su puño de hierro. Después de esto procuró no hablar de ningún personaje o asunto literario en mi presencia. Era muy pobre, y su desteñido uniforme universitario emanaba un olor extraño, polvoriento y etéreo, no del todo desagradable. Tenía unos modales maravillosos, carácter dulce, caligrafía inolvidable, con enorme profusión de espinas y cerdas (comparables solamente a la letra de las cartas de locos que, por desgracia, me llegan desde el año de gracia de 1958), y una ilimitada provisión de anécdotas obscenas (que me transmitió de ocultiscon ensoñada voz de terciopelo, sin utilizar ninguna expresión malsonante) referidas a sus compinches y sus poules, y también acerca de diversos conocidos de la familia, con uno de los cuales, una dama de la buena sociedad que casi le doblaba la edad, se casó muy pronto aunque sólo para librarse de ella —durante su posterior carrera en la administración de Lenin— facturándola a un campo de trabajos forzados, en donde ella pereció. Cuanto más pienso en este tipo, más creo que estaba absolutamente loco.
No perdí del todo la pista de Lenski. Aprovechando un préstamo de su suegro, inició, cuando todavía estaba con nosotros, un fantástico negocio relacionado con la adquisición y explotación de diversos inventos. No sería amable ni justo por mi parte afirmar que fingía que esos inventos eran suyos; pero los adoptaba, y hablaba de ellos con un cariño y una ternura que hacían pensar en la paternidad naturaclass="underline" una actitud emocional que no se basaba en realidades pero que tampoco era fraudulenta. Un día nos invitó con actitud orgullosa a que probáramos nuestro coche en una nueva clase de pavimento del que él era responsable, y que estaba compuesto (hasta donde puedo distinguir ese extraño brillo a través de la semioscuridad del tiempo) de un extraño entrelazamiento de tiras metálicas. El resultado fue un pinchazo. Pero él se consoló comprando otro invento sensacionaclass="underline" el anteproyecto de lo que él llamaba el «electroplano», que tenía el mismo aspecto que un Blériot anticuado, pero que llevaba —y aquí vuelvo a citarle— un motor «voltaico». No voló más que en sus sueños..., y en los míos. Durante la guerra intentó vender un pienso milagroso para caballos, en forma de pastelitos aplastados, como galettes(él mismo masticaba pedacitos y ofrecía bocados a sus amigos), pero la mayoría de los caballos prefirieron su avena de siempre. Traficó con cierto número de otras patentes, a cual más chiflada, y estaba endeudadísimo cuando heredó una pequeña fortuna tras la muerte de su suegro. Esto debió de ocurrir a comienzos de 1918 porque, lo recuerdo, nos escribió (nosotros estábamos aislados en la región de Yalta) ofreciéndonos dinero y cualquier clase de ayuda que necesitáramos. Invirtió prontamente esa herencia en un parque de atracciones situado en la costa oriental de Crimea, y no ahorró esfuerzos por contratar una buena orquesta y construir una pista de patinaje sobre ruedas de una madera especial, y puso cascadas y fuentes iluminadas por bombillas rojas y verdes. En 1919, llegaron los bolcheviques y apagaron las luces, y Lenski huyó a Francia; la última noticia que tuve de él me llegó en los años veinte, cuando según los rumores se ganaba bien la vida en la Riviera pintando paisajes en conchas y piedras. No sé —y prefiero no imaginármelo— qué fue de él durante la invasión nazi de Francia. A pesar de algunas de sus rarezas, era, en realidad, un ser humano muy puro y muy honesto, con unos principios tan estrictos como su gramática, y con unos difíciles diktatique aún recuerdo con alegría: kolokololiteyshchiki pere-kolotili víkarabkavshishya vihuholey, «los vaciadores de las campanas de la iglesia mataron a los desmanes que salieron de estampida». Muchos años después, en el Museo de Historia Natural de Nueva York, cité este trabalenguas ante un zoólogo que me había preguntado si el ruso era tan difícil como se suele creer, y el hombre me dijo:
—Sabe una cosa, he estado pensando mucho en esos desmanes moscovitas: ¿por qué se dice de ellos que salieron de estampida? ¿Habían estado en hibernación, se habían escondido, o qué?
5
Cuando pienso en mis sucesivos preceptores, lo que me interesa no es tanto la serie de extrañas disonancias que introdujeron en mi joven vida, como la estabilidad e integridad de esa vida. Soy feliz testigo del supremo logro de la memoria, que es el de la magistral utilización que hace de las armonías innatas cuando recoge en sus repliegues las tonalidades suspendidas y errantes del pasado. Me gusta imaginar, para consumación y resolución de esos acordes disonantes, una cosa tan perdurable, retrospectivamente, como la mesa alargada que en los cumpleaños y santos del verano solían poner, para el chocolate al aire libre de las tardes, en el lugar donde una avenida de abedules, tilos y arces desembocaba en el espacio enarenado del jardín propiamente dicho que separaba el parque de la casa. Veo el mantel y las caras de las personas sentadas a la mesa, unidas en la animación del juego de luces y sombras bajo un móvil y fabuloso follaje, exagerado, sin duda, por la misma facultad de apasionada celebración, de incensante retorno, que hace que siempre me acerque a esa mesa desde fuera, desde las profundidades del parque —y no desde la casa—, como si el pensamiento, para poder regresar allí, tuviera que hacerlo con los pasos silenciosos de un hijo pródigo, casi desmayándome de pura excitación. A través de un trémulo prisma, distingo los rasgos de parientes y familiares, mudos labios que se mueven serenamente en olvidados discursos. Veo el vapor del chocolate y las bandejas de pasteles de arándanos. Me fijo en el pequeño helicóptero de una sámara que, girando sobre sí misma, desciende con suavidad sobre el mantel, y, apoyado en la mesa, el desnudo brazo de una chica extendido indolentemente en toda su longitud, con su envés veteado de turquesa vuelto hacia el escamoso sol, abierta la palma en perezosa espera de alguna cosa, quizás el cascanueces. En el lugar donde está sentado mi preceptor del momento hay una imagen cambiante, una sucesión de graduales apariciones y desapariciones; la pulsación de mis pensamientos se combina con la de las sombras y convierte a Ordo en Max y a Max en Lenski y a Lenski en el maestro de escuela, y luego se vuelve a repetir toda la serie en temblorosas transformaciones. Y después, de repente, justo cuando los colores y los perfiles se estabilizan, dedicándose cada uno de ellos a su tarea específica —sonrientes, frívolas tareas— alguien pulsa un botón y cobra vida un verdadero torrente de sonidos: voces que hablan todas a la vez, el ruido de una nuez al ser partida, el chasquido de un cascanueces pasado descuidadamente, treinta corazones humanos que ahogan al mío con sus latidos regulares; los susurros y rumores de mil árboles, la concordia local de vociferantes pájaros veraniegos, y, al otro lado del río, detrás de los rítmicos árboles, el confuso y entusiasta alboroto de los jóvenes bañistas del pueblo, como un fondo de entusiastas aplausos.
CAPITULO NOVENO
1
Tengo ante mí un cuaderno grande y gastado, con una encuademación en tela negra. Contiene viejos documentos entre los que se encuentran diplomas, bocetos, diarios, tarjetas de identidad, notas tomadas a lápiz, y algunas páginas impresas, todo ello meticulosamente conservado en Praga por mi madre, hasta su muerte, pero que luego, desde 1939 hasta 1961, sufrió diversas vicisitudes. Con la ayuda de estos documentos y de mis propios recuerdos, he redactado esta breve biografía de mi padre.