Esos impertinentes volví a encontrarlos posteriormente en la mano de Madame Bovary, y luego los tuvo Anna Karenina, y después estuvieron en posesión de la Dama del Perrito Faldero de Chekhov, que los perdió en el embarcadero de Yalta. Cuando los sostenía Louise estaban enfocados hacia las moteadas sombras que había al pie de los mezquites, en donde el jinete de sus amores sostenía una inocente conversación con la hija de un rico hacendado, doña Isidora Covarubio de los Llanos («cuya melena rivalizaba por su exuberancia con la cola de un corcel salvaje»).
—Tuve la oportunidad una vez —le explicó más tarde Maurice a Louise, como si se tratase de una conversación entre dos jinetes— de rendirle un servicio a doña Isidora, rescatándola de unos brutales indios.
—¡Y lo llamas un pequeño favor! —exclamó la joven criolla—. Si algún hombre me hiciera ese favor a mí...
—¿Qué harías tú por él? —preguntó Maurice con vehemencia.
— Pardieu!¡Le amaría!
—En ese caso, daría la mitad de mi vida por verte en manos de Gato Salvaje y sus ebrios compañeros..., y la otra mitad por librarte del peligro.
Y aquí nos encontramos con que nuestro gallardo autor interpola una extraña confesión: «El beso más dulce que me han dado en mi vida fue el de una mujer —una bella criatura, con la que iba de cacería— que se inclinó hacia mí desde su silla y me lo dio mientras yo permanecía sentado en la mía.»
Ese «sentado», concedámoslo, prolonga y da cuerpo al beso que tan cómodamente recibió el capitán, pero, aun a mis once años, no pude impedir que se me ocurriera pensar que esa forma de amar tan propia de centauros debía tener por fuerza sus limitaciones. Es más, Yuri y yo conocíamos a un chico que había intentado practicarla, pero el caballo de la chica empujó al suyo y le hizo caer en una zanja. Agotados por nuestras aventuras en el chaparral, solíamos tendernos en la hierba y hablar de mujeres. Nuestra inocencia me parece ahora casi monstruosa, a la luz de esas variadas «confesiones sexuales» (que se encuentran en Havelock Ellis y otros autores) en las que aparecen niños y niñas copulando como locos. Nosotros desconocíamos los barrios bajos de la sexualidad. Si alguna vez nos hubiesen contado que había parejas de niños normales que se masturbaban como idiotas en presencia del otro (tal como queda descrito, con tanta simpatía por la escena y con todos los olores, en las novelas modernas que se escriben en Norteamérica), la sola idea de ese acto nos hubiese parecido tan cómica e imposible como la de acostarse con un amelo. Nuestros ideales eran la reina Ginebra, Isolda, alguna belle dameno del todo deprovista de merci, la esposa del prójimo, una mujer orgullosa y dócil, moderna y cachonda, de tobillos delgados y manos alargadas. Las niñas de pulcros calcetines y limpios zapatos con las que nosotros y otros chicos coincidíamos en las clases de baile o en fiestas en torno al árbol de Navidad, preservaban en sus iris salpicados de llamitas todos los encantos, todos los bombones y estrellas del árbol, y nos tomaban el pelo, nos lanzaban miradas, participaban divertidas en nuestros vagamente festivos sueños; pero estas pequeñas ninfas pertenecían a una clase de criaturas que no tenían nada que ver con las guapas adolescentes y vampiresas de anchos sombreros por las que en realidad suspirábamos. Después de hacerme jurar con sangre que lo mantendría en secreto, Yuri me habló de una casada de Varsovia de la que se había enamorado a los doce o trece años y con la cual al cabo de un par de años se acostó. Temí que por comparación le hubiese parecido insípido que yo le hablara de mis compañeras de juegos en la playa, pero no consigo recordar qué historia inventé para ponerme a la altura de su romance. Alrededor de esa época, sin embargo, se interpuso en mi camino una aventura verdaderamente romántica. Voy a realizar a continuación un ejercicio bastante difícil, algo así como un doble salto mortal acompañado de un welsh waggle(los viejos acróbatas sabrán a lo que me refiero), y necesito silencio absoluto, por favor.
3
En agosto de 1910 mi hermano y yo estuvimos en Bad Kissingen con nuestros padres y nuestro preceptor (Lenski); mi padre y mi madre se fueron después a Munich y París, y de regreso a San Petersburgo, y luego a Berlín, en donde los chicos, con Lenski, estábamos pasando el otoño y el comienzo del invierno a fin de que nos arreglasen la dentadura. Un dentista norteamericano —Lowell o Lowen, no recuerdo exactamente el nombre— nos arrancó algunos dientes y nos sujetó otros con bramante para posteriormente desfigurarnos con unas abrazaderas. Más infernales incluso que la acción de la pera de caucho que bombeaba ardiente dolor en las cavidades eran las bolitas de algodón —me resultaba insoportable su contacto y crujido, tan secos— que nos metían entre la encía y la lengua para mayor comodidad del manipulador; y allí, en el cristal de la ventana que quedaba enfrente de nuestros desamparados ojos, veíamos las transparencias, una triste marina o unas uvas grises, estremeciéndose con la sorda reverberación de lejanos tranvías bajo cielos grises. «In den Zelten achtzehn A»: regresan hacia mí las señas bailando con ritmo trocaico, seguidas inmediatamente por el susurrante avance del taxi eléctrico color vainilla que nos conducía hasta allí. En expiación de aquellas mañanas horribles esperábamos cualquier clase de compensación. A mi hermano le encantaba el museo de figuras de cera que se encontraba en la galería que daba a Unter den Linden: los granaderos de Friedrich, Bonaparte conversando con una momia, el Liszt joven que componía una rapsodia mientras dormía, y Marat, que moría en un zapato; y para mí (que aún no sabía que Marat había sido un apasionado lepidopterista) estaba, en una esquina de esa galería, la famosa tienda de mariposas de Gruber, un paraíso alcanforado en lo alto de una empinada y estrecha escalera por la que yo subía cada dos días para preguntar si por fin habían podido conseguir mi pedido de la nueva strymonidiade Chapman o la blanca recientemente redescubierta por Mann. Intentamos jugar al tenis en una pista pública; pero el ventarrón invernal se empeñaba en perseguir hojas muertas por toda su superficie y, además, Lenski no sabía jugar, por mucho que se empeñara en participar con nosotros, sin quitarse el sobretodo, en un imposible partido a tres. Posteriormente pasamos la mayor parte de las tardes en una pista de patinaje sobre ruedas que se encontraba en el Kurfürstendamm. Recuerdo a Lenski deslizándose inexorablemente hacia una columna a la que intentaba abrazarse mientras se desplomaba en medio de un espantoso estrépito; luego, tras haber perseverado un rato más, terminaba contentándose con sentarse en uno de los palcos que flanqueaban la afelpada barandilla y consumir allí tres pedazos seguidos de aquella torteligeramente salada de moka con nata batida, mientras yo, pavoneándome, adelantaba una y otra vez al pobre y cojeante Sergey, en una de esas mortificantes imágenes que dan vueltas y más vueltas en nuestra cabeza. Una banda militar (Alemania, en aquel entonces, era el país de la música), con un director de movimientos infrecuentemente espasmódicos, cobraba vida cada diez minutos más o menos, pero apenas podía ahogar el incesante y sordo rumor de las ruedas.
Antiguamente existía en Rusia, y sin duda todavía existe, un tipo especial de muchacho en edad escolar que, sin poseer necesariamente una apariencia atlética o una capacidad intelectual muy notable, y careciendo a menudo de energía en clase, y siendo más bien descarnado y hasta con, por ejemplo, una leve afección tuberculosa, destacaba como un fenómeno en el fútbol y el ajedrez, y aprendía con la mayor facilidad cualquier tipo de deporte o juego de destreza (Borya Shik, Kostya Buketov y vosotros, los famosos hermanos Sharabanov, ¿dónde estáis ahora, compañeros y rivales?). Yo patinaba bien sobre hielo, y para mí fue tan fácil pasar a los patines de ruedas como para un hombre cualquiera reemplazar la navaja tradicional por una maquinilla de afeitar. Aprendí rápidamente a hacer dos o tres pasos complicados en el piso de madera de la pista, y en ningún salón de baile he danzado con tanto disfrute ni habilidad (nosotros, los Shik y los Buketov, somos, por norma, malos bailarines de salón). Los diversos profesores de patinaje llevaban unos uniformes rojos, mitad de húsar, mitad de botones de hotel. Todos ellos hablaban inglés, de una u otra marca. De entre las personas que frecuentaban la pista, pronto me llamó la atención un grupo de jóvenes norteamericanas. Al principio se fundían todas ellas en un mismo trompo de luminosa belleza exótica. El proceso de diferenciación comenzó cuando, durante uno de mis bailes solitarios (y apenas unos segundos antes de que me pegara el mayor trompazo que jamás se haya visto en pista alguna), alguien hizo un comentario acerca de mí mientras yo continuaba con mis remolinos, y una encantadora y gangosa voz femenina contestó: