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—¡Sí, es una monada!

Todavía puedo ver su alta figura en aquel traje azul marino. Su ancho sombrero de terciopelo quedaba transmutado por un deslumbrante alfiler. Por motivos evidentes, decidí que se llamaba Louise. Por las noches me quedaba despierto en cama e imaginaba toda clase de situaciones románticas, y pensaba en su cimbreña cintura y su blanca garganta, y me preocupaba el sentir una peculiar incomodidad que hasta ese momento sólo había notado cuando me irritaban los calzoncillos. Una tarde la vi en el vestíbulo de la pista, y el más deslumbrante de los profesores, un lustroso rufián perteneciente a la misma caterva de Calhoun, la tenía cogida de la muñeca y la interrogaba con una falsa sonrisa de delincuente, y ella desviaba la mirada y retorcía infantilmente la muñeca hacia uno y otro lado, y la noche siguiente él fue alcanzado por un balazo, atrapado con el lazo, enterrado vivo, alcanzado por otro balazo, estrangulado, corrosivamente insultado, fríamente situado en el punto de mira, perdonado, y finalmente condenado a arrastrar para siempre su deshonra.

Lenski, hombre de elevados principios pero notable simplicidad, y que salía por primera vez en su vida al extranjero, tuvo dificultades para conciliar los placeres del turismo con sus deberes pedagógicos. Nosotros nos aprovechamos de la circunstancia y le guiamos hacia lugares que nuestros padres no nos hubieran permitido visitar. No pudo resistirse, por ejemplo, a ir al Wintergarten, y así, una noche, nos encontramos instalados en un palco de platea, bebiendo chocolate helado. El espectáculo seguía el esquema tradicionaclass="underline" un malabarista en traje de etiqueta; luego una mujer, en cuyo pecho lanzaban destellos los brillantes de imitación, que gorjeó un aria en efusiones de luces alternativamente verdes y rojas; después un cómico montado en unos patines. Entre éste y un número con bicicletas (más adelante hablaré de él con detalle), el programa incluía la actuación de «The Gala Girls», y casi con la misma demoledora e ignominiosa conmoción física que experimenté cuando me pegué aquel trompazo en la pista, reconocí a mis damas norteamericanas en aquella guirnalda de «girls» entrelazadas, chillonas y desvergonzadas que ondulaban por el escenario de izquierda a derecha y luego de derecha a izquierda, con una rítmica elevación de diez piernas idénticas que salían disparadas hacia arriba desde diez corolas de volantes. Localicé la cara de mi Louise, e inmediatamente supe que jamás la perdonaría por cantar tan a voz en grito, por tener una sonrisa tan roja, por disfrazarse de aquella manera tan ridícula y tan diferente del encanto de una «orgullosa criolla» o del de las «señoritas de dudosa reputación». Me resultaba imposible dejar de pensar en ella de golpe, desde luego, pero parece que la conmoción liberó en mi interior cierto proceso inductivo, pues noté pronto que cualquier evocación de la forma femenina iba acompañada de esa desconcertante incomodidad con la que ya me había familiarizado. Interrogué a mis padres al respecto (habían venido a Berlín para ver qué tal nos iba), y mi padre arrugó el periódico alemán que acababa de abrir y contestó en inglés (con la parodia de una posible cita: una forma de expresarse que adoptaba a menudo para salir del paso):

—Esa, hijo mío, no es más que otra de las absurdas combinaciones de la naturaleza, como la de la vergüenza y el sonrojo, o el dolor y el enrojecimiento de los ojos. Tolstoy vient de mourir—añadió de repente, en otro tono de voz, pasmado, volviéndose hacia mi madre.

— Da chto ñ[algo así como «Santo Cielo»]! —exclamó ella abrumada, entrelazando las manos sobre su regazo—. Pora domoy[Habrá que regresar a casa] —concluyó, como si la muerte de Tolstoy fuera presagio de algún desastre apocalíptico.

4

Y ahora viene el número de las bicicletas, o al menos mi versión del mismo. El verano siguiente, Yuri no vino a visitarnos a Vyra, y tuve que hacerle frente solo a mi agitación romántica. Los días lluviosos, agachado al pie de una estantería poco utilizada, con una paupérrima luz que hacía todo lo posible por impedir que prosiguieran mis investigaciones, me ponía a buscar oscuras palabras oscuramente tentadoras y enervantes en la versión rusa en dos volúmenes de la Encyclopedia Brockhaus, en la cual, a fin de ahorrar espacio, la palabra que encabezaba los artículos quedaba reducida, a lo largo de su detallado análisis, a su inicial en mayúscula, de modo que sus densas columnas impresas con tipos miñona no solamente absorbían toda mi atención sino que adquirían la frívola fascinación de un baile de disfraces en el que la abreviación de una palabra no muy conocida jugaba al escondite con mi ávida mirada: «Moisés intentó abolir la P., pero fracasó... En la era contemporánea floreció en Austria, durante el reinado de Maria Theresa, una hospitalaria forma de P... En muchas partes de Alemania los beneficios de la P., iban a manos del clero... En Rusia, la P., fue tolerada oficialmente a partir de 1843... Seducidas a los diez o doce años por el amo, los hijos de éste o algunos de sus criados, las huérfanas terminan casi invariablemente convirtiéndose en P.», y así sucesivamente, todo lo cual no sirvió para elucidar sobriamente, sino más bien para enriquecer de misterio, las alusiones al amor meretriz que encontré en el curso de mis primeras inmersiones en Chekhov o Andreev. La caza de mariposas y algunos deportes me ocuparon las horas de sol, pero por mucho ejercicio que hiciese no encontré modo de evitar la inquietud que, cada noche, me lanzaba hacia vagos viajes de descubrimiento. Después de haberme pasado casi toda la tarde montando a caballo, salir en bicicleta durante los coloridos atardeceres me producía una sensación curiosamente sutil, casi descarnada. Para transformarla en lo que yo entendía por un modelo de carreras, había puesto del revés el manillar de mi bicicleta Enfield, tras haberlo bajado hasta situarlo en un nivel casi inferior al del sillín. Por los senderos del parque me deslizaba siguiendo las recién dibujadas huellas de mis neumáticos Dunlop; evitando limpiamente los bultos de las raíces de los árboles; eligiendo una ramita caída y partiéndola con mi sensible rueda delantera; serpenteando por entre dos hojas planas y luego por entre una piedrecita y el agujero de donde había sido desalojada la tarde anterior; disfrutando de la breve suavidad de un puente sobre un riachuelo; rozando, sin llegar a tocarla, la valla metálica de la pista de tenis; abriendo con un suave empujón de la rueda la pequeña puerta blanca que había al final del parque; y luego, en pleno éxtasis melancólico de libertad, acelerando por los endurecidos y agradablemente aglutinados márgenes de largas carreteras de campo.

Aquel verano me iba siempre a pasear en bicicleta a cierta isba dorada por el bajo sol, en cuyo umbral Polenka, hija de Zahar, nuestro cochero mayor, que era una chica de mi edad, permanecía en pie, apoyada contra la jamba, cruzados sobre el pecho sus desnudos brazos a la suave y cómoda manera característica de la Rusia rural. Cuando me aproximaba me miraba con una maravillosa expresión radiante, pero cuando pedaleaba más cerca ya de ella, su gesto se iba apagando gradualmente, convirtiéndose primero en una sonrisa a medias, luego en una débil chispa en las comisuras de sus comprimidos labios, hasta que, finalmente, también esta luz se desvanecía de modo que al llegar junto a ella no asomaba expresión alguna a su bonito rostro redondo. En cuanto yo pasaba de largo, no obstante, y después de que por un instante hubiese vuelto la cabeza para echarle una última ojeada antes de esprintar cuesta arriba, reaparecían los hoyuelos y se encendía otra vez la enigmática luz sobre sus queridos rasgos. Jamás le dirigí la palabra, pero mucho después de que yo hubiese dejado de pasar por allí en bicicleta a esa hora, nuestra relación ocular se renovó de vez en cuando durante un par de veranos. La muchacha aparecía de repente, viniendo no se sabía de dónde, siempre un poco retirada, siempre descalza, frotándose el empeine izquierdo contra el gemelo derecho o rascándose con el dedo anular la raya de su pelo castaño claro, y siempre apoyada en alguna cosa: la puerta de las caballerizas cuando estaban ensillando mi caballo, el tronco de un árbol cuando toda la muchedumbre de criados salía a despedirnos cuando partíamos hacia la ciudad una fría mañana de septiembre. Parecía que cada vez su pecho se hubiese suavizado un poco más que la anterior, que sus antebrazos se hubiesen fortalecido, y una o dos veces llegué a discernir, justo antes de que desapareciese, yéndose de mi alcance (a los dieciséis años se casó con un herrero de una aldea lejana), un destello de amable burla en sus separados ojos color avellana. Resulta extraño, pero ella fue la primera persona que tuvo el dolorosamente agudo poder, por el simple método de no permitir que se desvaneciera su sonrisa, de perforar un agujero en mi sueño y devolverme con un sobresalto a mi acalambrada vigilia, cada vez que soñaba con ella, aunque en la vida real me daba mucho más miedo la posibilidad de sentirme repelido por la repugnancia que podían inspirarme sus pies cubiertos de barro seco y el olor rancio de su ropa que la de insultarla con la vulgaridad de unos requerimientos amorosos casi-señoriales.