5
Hay dos aspectos especialmente vívidos de ella que quisiera alzar simultáneamente ante mis ojos para completar su obsesiva imagen. El primero de ellos vivió durante largo tiempo en mi interior, pero muy separado de la Polenka que yo relacionaba con los umbrales y las puestas de sol, como si hubiese vislumbrado una encarnación ninfática de su conmovedora belleza que conviniese mantener aislada. Un día de junio, en el año en que tanto ella como yo teníamos trece años, estaba yo ocupado en los márgenes del Oredezh coleccionando mariposas de las llamadas parnasanas —para ser exacto, las Parnassius mnemosyne—, que son seres extraños y de antiguo linaje, con susurrantes alas glaseadas y semitransparentes, y abdómenes sedosos en forma de amento. Mi búsqueda me había conducido a un denso sotobosque de racemosas de color blanco lechoso y de oscuros alisos que crecían justo al borde del frío y azul río, cuando de repente se oyó un estallido de chapoteos y gritos, y, desde detrás de un aromático matorral, capté la imagen de Polenka y de otros tres o cuatro jóvenes, todos desnudos, que se bañaban en las ruinas de una antigua caseta de baños situada a escasos metros de distancia. Mojada, jadeante, con uno de los orificios de su chata nariz goteando, arqueadas las costillas de su cuerpo adolescente bajo su pálida carne de gallina, salpicadas sus pantorrillas de barro negro, una peineta curvada ardiendo en su cabello oscurecido por el agua, trataba a duras penas de escabullirse del restallar y sisear de los tallos de nenúfares que una muchacha de tensa tripa y cabeza afeitada, y un mozo desvergonzadamente excitado, que ceñía sus partes con esa suerte de cinta que en aquella región se utilizaba para combatir el mal de ojo, arrancaban a tirones de la orilla para luego acosarla con ellos; y durante un par de segundos —antes de que yo me alejara reptando de allí, en una desdichada confusión de asco y deseo— vi a una extraña Polenka temblar y ponerse en cuclillas sobre las tablas del semidestruido amarradero, protegiendo sus pechos del viento de levante con los brazos cruzados mientras, sacando la punta de la lengua, se burlaba de sus perseguidores.
La otra imagen está referida a un domingo de las vacaciones de Navidad de 1916. Desde el silencioso andén alfombrado de nieve de la pequeña estación de Siverski en la línea férrea de Varsovia (la más próxima a nuestra casa de campo), estaba yo contemplando una lejana arboleda plateada que, bajo el cielo del atardecer, viraba hacia el gris plomo, en espera de que emitiese el humo violeta apagado del tren que me devolvería a San Petersburgo después de haberme pasado el día esquiando. La humareda apareció, dócilmente, y en ese mismo momento ella y otra chica pasaron andando a mi lado, bien envueltas en sus pañuelos, con enormes botas de fieltro y espantosos, amorfos y larguísimos chaquetones acolchados cuyo relleno asomaba por cada uno de los puntos en donde la tosca tela negra se había rasgado, y cuando pasaba junto a mí, con un morado debajo de un ojo y un labio hinchado (¿solía pegarle los sábados su marido?), Polenka comentó, sin dirigirse a nadie en especial, y en un tono melancólico y melodioso:
— A barchuk-to menya ne prizna![Mira, el joven amo no me reconoce] —y esa fue la única ocasión en que la oí hablar.
6
Los atardeceres veraniegos de aquella época de mi adolescencia, en la que solía pasar en bicicleta junto a su casa me hablan ahora con la voz de Polenka. En un camino que atravesaba unos sembrados, precisamente donde desembocaba en la desolada carretera, solía bajarme de la bicicleta y apoyarla en un poste del telégrafo. Una puesta de sol, casi formidable por su esplendor, se resistía a concluir en el plenamente expuesto cielo. De entre sus imperceptiblemente cambiantes amasamientos, se podían escoger ciertos detalles muy iluminados de los organismos celestiales, o refulgentes hendeduras de oscuras acumulaciones, o planas playas etéreas que parecían espejismos de islas desiertas. Por aquel entonces aún no sabía qué hacer (ahora sí lo sé) con esas cosas: cómo librarme de ellas, cómo transformarlas en otras cosas que pueden ser entregadas al lector en caracteres impresos de modo que sea él quien tenga que habérselas con ese bendito estremecimiento: y esta incapacidad intensificó mi opresión. Una sombra colosal empezaba a invadir los campos, y los postes del telégrafo emitían su zumbido en la quietud, y los comensales nocturnos ascendían por los tallos de sus plantas. Ñam, ñam, ñam iba haciendo una bella oruga listada, no representada en Spuler, sin soltarse del tallo de una campanilla, avanzando con sus mandíbulas a lo largo del borde de la hoja más próxima en la que estaba recortando un amplio semicírculo, para después extender el cuello y doblarlo gradualmente otra vez, a medida que iba haciendo más profunda la pulcra concavidad. Automáticamente, hubiera podido introducirla, con un pedacito de su planta, en una caja de cerillas para luego llevármela a casa y hacer que al año siguiente produjese una Sorpresa Espléndida, pero mis pensamientos estaban en otro lugar: Zina y Colette, mis amigas de la playa; Louise, la ágil bailarina; todas las sofocadas y enfajadas niñas de sedoso cabello de las fiestas infantiles; la lánguida condesa G., amante de mi primo; Polenka sonriendo en el tormento de mis nuevos sueños; todas ellas se fundían para formar a alguien que yo no conocía pero que por fuerza conocería pronto.
Recuerdo una puesta de sol en particular. Produjo un brillo ambarino en el timbre de mi bicicleta. Arriba, por encima de la música negra de los cables telegráficos, unas cuantas nubes alargadas de color violeta oscuro con adornos rosa flamenco pendían inmóviles, dispuestas en forma de abanico; el conjunto parecía una prodigiosa ovación de colores y configuraciones. Pero estaba agonizando, y también todo lo demás iba oscureciéndose; sin embargo, justo encima del horizonte, en una franja luminosa de color turquesa, debajo de un estrato negro, el ojo encontró una imagen que sólo un necio hubiera podido confundir con las piezas sueltas de tal o cual otro crepúsculo. Ocupaba un sector pequeñísimo del enorme cielo y poseía la peculiar limpieza de líneas de un objeto visto a través de un telescopio usado del revés. Allí yacía, esperando, toda una familia de serenas nubes en miniatura, toda una acumulación de brillantes circunvoluciones, anacrónicas debido a su cremosidad, y extremadamente remotas; remotas pero perfectas en cada uno de sus detalles; fantásticamente reducidas pero inmaculadamente dibujadas; mi mañana maravilloso a punto de serme entregado.