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—Deja el dinero en el mostrador —le advirtió.

La grapa no se abría, y Billy se rompió una uña sacando el dinero de su sandalia. Desenrolló uno de los billetes y lo empujó a través de la arañada madera. Sujetó fuertemente el otro billete, cogió la tablilla y salió apresuradamente, deteniéndose con la espalda contra la pared en cuanto estuvo fuera de la vista de la oficina. El letrero luminoso proyectaba la claridad suficiente para leer la dirección:

Michael O'Brien

Chelsea Park North

W. 82 St.

Conocía la dirección y, aunque había pasado por delante de los edificios un incontable número de veces, nunca había estado en el interior del macizo bloque de apartamentos de lujo que había sido construido en 1976, después de que una espectacular ola de corrupción había permitido a la ciudad convertir el Parque de Chelsea en zona edificable. El bloque era de estilo neo-feudal, con murallas, azoteas y torreones, lo cual encajaba perfectamente con su función de mantener a las masas lo más lejos posible. Había una entrada de servicio en la parte trasera, débilmente iluminada por una bombilla —semioculta en una especie de hornacina de piedra, y Billy apretó el botón que había debajo.

«Esta entrada está cerrada hasta las cinco de la mañana», le informó una voz metálica —una grabación—, y Billy apretó la tablilla contra su pecho en un súbito espasmo de temor. Ahora tendría que dirigirse a la entrada principal con sus luces, el portero, la gente entrando y saliendo; inclinó la mirada hacia sus piernas desnudas y trató de eliminar algunas de las manchas más rebeldes. Iba bastante limpio ahora, pero no podía remediar el estado de su ropa remendada. Normalmente era algo que no le preocupaba, porque toda la gente con la cual se encontraba iba vestida del mismo modo, pero aquí las cosas eran distintas, lo sabía. No deseaba enfrentarse a la gente en este edificio, lamentó haber buscado aquel empleo, y dobló la esquina hacia la entrada brillantemente iluminada.

Un ancho foso, ahora un receptáculo seco para escombros, estaba cruzado por una pasarela construida de modo que pareciera un puente levadizo, con cadenas oxidadas y un rastrillo de puntiagudas barras de metal protegiendo un grueso cristal. Avanzar por el sendero brillantemente iluminado del puente era como avanzar hacia las fauces del infierno. La voluminosa figura del portero estaba silueteada al otro lado de las barras, con las manos detrás de la espalda, y no se movió ni siquiera cuando Billy se paró a menos de un metro de distancia de él, limitándose a mirarle fríamente sin cambiar de expresión. La puerta no se abrió. No atreviéndose a decir nada, Billy sostuvo en alto la tablilla-mensaje de modo que pudiera ser visto el nombre que figuraba en el exterior. Los ojos del portero lo miraron fugazmente y, de mala gana, tocó una de las espirales decorativas y una sección de barras y cristal se deslizó a un lado con un ahogado suspiro.

Traigo un mensaje… —Billy se sentía lamentablemente consciente de la inseguridad y el temor que se reflejaban en su voz.

—Newton, en frente —dijo el portero, haciendo un gesto a Billy con el pulgar para que entrara.

Una puerta se abrió al otro extremo del vestíbulo, y se oyó una risa masculina, interrumpida bruscamente cuando un hombre salió y cerró la puerta tras él. Llevaba un uniforme como el del portero, negro con botones dorados, pero con una simple trencilla roja en cada hombrera, en vez de los resplandecientes alamares del otro.

—¿Qué pasa, Charlie? —preguntó.

—Un chico con un telegrama. Nunca le había visto.

Charlie se volvió de espaldas a ellos y reasumió su postura de perro guardián delante de la puerta, cumplida su obligación.

—La tablilla es auténtica —dijo Newton, arrancándola de las manos de Billy antes de que éste se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo y deslizando sus dedos por encima de la marca de la Western Union tallada en la tablilla. Se la devolvió a Billy y, cuando éste la cogió, Newton palpó rápidamente su camisa y su pantalón corto, debajo de los brazos y entre los muslos.

—Está limpio —rió—, pero yo tendré que lavarme las manos.

—De acuerdo, muchacho —dijo el portero, sin volverse, de espaldas a Billy—. Sube a entregarlo, y preséntate otra vez aquí. Rápidamente.

El guardián se habla vuelto también de espaldas mientras se alejaba, dejando a Billy solo en el centro del vestíbulo, sin saber qué hacer ni hacia dónde ir. Deseaba pedir instrucciones pero no podía, los aires de superioridad de aquellos dos hombres le habían desarmado, desmoralizándole hasta el punto de que lo único que quería era encontrar un lugar donde ocultarse. Un sonido siseante procedente del extremo más apartado del vestíbulo llamó su atención, y vio la puerta de un ascensor abriéndose en la base de lo que él había tomado por un órgano gigantesco. El ascensorista le estaba mirando y Billy avanzó hacia él, sosteniendo la tablilla levantada como si fuera un escudo contra la hostilidad del entorno.

—Traigo un mensaje para el señor O'Brien —su voz temblaba como si estuviera a punto de romperse. El ascensorista, un muchacho aproximadamente de su misma edad, dejó oír una risa burlona; era joven, pero estaba aprendiendo con rapidez cómo había que tratar a los que estaban por debajo de uno.

—O'Brien, 41-E, que está en el quinto piso, por si no sabes nada acerca de las casas de apartamentos. —Se irguió, bloqueando la entrada del ascensor, y Billy se quedó una vez más sin saber qué hacer.

—¿Puedo…? Me refiero al ascensor…

—¿Pretendes dejarlo apestoso para que no puedan utilizarlo los inquilinos? La escalera está allí, al fondo.

Billy notó los ojos furiosos siguiéndole mientras se dirigía a la otra parte del vestíbulo, y se sintió enfurecido a su vez. ¿Por qué tenían que comportarse de aquella manera? El hecho de que trabajaran en un lugar como este no significaba que vivieran aquí. Sería de risa: ellos viviendo en un lugar como este. Incluso aquel portero gordinflón. Cinco rellanos… Billy jadeaba ya antes de llegar al segundo, y tuvo que pararse y secarse parte del sudor cuando alcanzó el quinto. El rellano se extendía en ambas direcciones, con puertas artesonadas a lo largo del mismo, y ocasionales juegos de armaduras montando guardia en los espacios vacíos. Billy estaba empapado en sudor; el aire era cálido y casi irrespirable. Echó a andar en la dirección equivocada y tuvo que retroceder cuando descubrió que los números descendían hacia el cero. La puerta del número 41-E era igual que las demás, sin timbre ni llamador, con sólo una pequeña placa en la que figuraba la palabra O'Brien en letras doradas. La puerta se abrió cuando Billy la tocó y, después de asomar la cabeza, penetró en un pequeño vestíbulo con las paredes y el techo revestidos de madera de color oscuro; una especie de cámara de descompresión medieval, con otra puerta delante de él. Experimentó una sensación de pánico cuando la primera puerta se cerró detrás de él y una voz habló, al parecer surgida del aire.

—¿Qué deseas?

—Un telegrama, Western Union —dijo Billy, mirando a uno y otro lado del vacío cubículo en busca de la fuente de la voz.

—Déjame ver tu tablilla.

Entonces se dio cuenta de que la voz procedía de una rejilla situada encima de la puerta interior, junto al vidriado ojo de un objetivo de TV. Levantó la tablilla de modo que pudiera ser vista a través del aparato. El invisible mirón debió quedar satisfecho, ya que se oyó el chasquido del circuito al ser desconectado, y poco después la puerta se abrió delante de Billy, dejando salir una oleada de aire frío.

—Veamos eso —dijo Michael O'Brien, y Billy le entregó el mensaje y esperó mientras el hombre rompía el precinto con su pulgar y abría las dos mitades de la tablilla.