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– Fotosíntesis en acción -dijo Ángel-. El hombre se crece cuando es el centro de atención.

– Venga ya, Ángel -dijo Geoffrey jocosamente-. El doctor Redmond lo sabe todo.

Thatcher sonrió, exhibiendo una fila de dientes recién blanqueados en su rostro rubicundo. Llevaba su chaleco de explorador de marca y lucía su famoso bigote rojo y unas exuberantes patillas.

– ¡Gracias! Bueno, Sandy sólo espero que la vida en esa isla sea capaz de resistir el descubrimiento por parte de seres humanos, para ser totalmente honesto.

– En eso lleva razón -musitó una de las investigadoras mientras mordía un trozo de su bocadillo.

Thatcher continuó:

– La llamada vida inteligente es la mayor amenaza para cualquier medioambiente. No envidio a ningún ecosistema que entre en contacto con ella. Ésa es precisamente la tesis que expongo en mi libro, The human effect, y me temo que si este «SeaLife» no es alguna especie de montaje, pronto tendré otro capítulo trágico que añadir para ilustrar mi argumento.

– ¡Joder! -exclamó Geoffrey.

– Caramba, me pregunto si habrá escrito un libro o algo así -masculló Ángel.

– Pero ¿cree usted que se trata de un montaje? ¿O es algo real? -insistió el presentador.

– Bueno -dijo Thatcher-, yo desearía que fuera verdad, por supuesto, como científico quiero decir, pero precisamente como científico debo decir que probablemente se trate de un montaje, Sandy.

– Gracias, doctor Redmond.

El presentador se volvió mientras la cámara se apartaba de Thatcher.

– Imposible -insistió Ángel-. ¡No es un montaje!

El resto de los presentes siguieron comentando la controversia mientras se llevaban los almuerzos a sus respectivas oficinas.

– Muy bien, Geoffrey, tienes que ver esto. Tengo las imágenes grabadas aquí mismo.

– Vale, vale.

Sentado junto a Ángel en su atestada oficina que dominaba Great Harbor, Geoffrey contempló las caóticas imágenes del último minuto de «SeaLife» que Ángel había grabado.

Si alguien estuviera tratando de escenificar una película de terror con un presupuesto muy bajo, el resultado probablemente sería algo así, decidió Geoffrey. Realmente se parecía a esa película, El proyecto de la bruja de Blair, como si los cámaras estuvieran intentando evitar deliberadamente echar un vistazo a los burdos efectos especiales.

– En realidad, no puedo distinguir mucho en esas imágenes -dijo Geoffrey.

– Espera. -Ángel pulsó el botón de pausa en el mando a distancia y luego hizo avanzar la imagen-. ¡Allí!

Ángel congeló el encuadre cuando un grupo de sombras ennegrecían casi por completo la pantalla. Luego señaló con un lápiz una forma que parecía la pata de un cangrejo.

– Muy bien -dijo Geoffrey-. ¿Y?

– ¡Eso es una langosta marina! ¡Es la pinza de un estomatópodo!

Geoffrey se echó a reír.

– Eso es un test de Rorschach, Ángel. Y estás viendo las especies que has estado estudiando durante los últimos cinco años porque las ves en tus sueños, en tus cereales del desayuno y en las manchas de humedad del techo.

Ángel frunció el ceño.

– Tal vez. Pero no lo creo.

Entonces Geoffrey detectó algo. Mientras Ángel avanzaba las imágenes, unas gotas rojas salpicaron el objetivo de la cámara, luego apareció una única gota azul celeste justo un instante antes de que la cámara quedara a oscuras.

Ángel abrió una mininevera con un rótulo pegado en la puerta: sólo comida. Sacó un cartón de leche y lo olisqueó.

– ¿Piensas seguir adelante con tu Disertación Escupe Fuego de esta noche?

Geoffrey apartó la vista de la pantalla y apagó el aparato de vídeo.

– Sí. La Disertación Escupe Fuego se llevará a cabo a pesar de la intensa competencia de los reality shows.

La Disertación Escupe Fuego era una tradición que Geoffrey había mantenido desde sus días en Oxford. Se trataba de un foro para ideas heréticas con el que podía escandalizar a sus colegas de manera más o menos regular. Luego ellos podían atacarlo con sorna hasta quedar satisfechos. El público estaba invitado a disfrutar del espectáculo y unirse a él.

– Todo el mundo te preguntará por «SeaLife», ya lo sabes.

– Sí, probablemente tengas razón.

– Deberías darme las gracias por prepararte para la ocasión.

– Tomo nota de ello.

– ¿Realmente piensas seguir esta noche con ese asunto de que la ontogenia resume la filogenia?

– Así es. Abróchate el cinturón, Ángel, promete ser una noche movida.

– ¿Cuándo piensas llevarte a casa a una de tus admiradoras, Geoffrey? Todo el mundo piensa que eres un donjuán, de modo que podrías sacar provecho de tu reputación. Las chicas te esperan fuera después de cada charla, tío, pero tú, en cambio, prefieres compartir discusiones científicas con un puñado de vejestorios.

– Esta noche tal vez me meta en una absurda discusión científica con una de mis admiradoras. Ésa es la clase de juego erótico previo que realmente me excita.

Ángel frunció el ceño.

– Nunca te las llevarás a la cama, amigo mío.

– Eres un pesimista, Ángel. Y un chovinista también. No pienses en ello. Yo no lo hago.

– Pero yo sí. Y tú no. ¡La vida no es justa! Necesitas acostarte con una mujer incluso más que yo. En la vida hay más cosas aparte de la biología. Y en la biología hay más cosas que biología también.

– Tienes razón, tienes toda la razón.

Cualquiera que fuera la reputación de «donjuán» que Geoffrey tuviera, era algo totalmente inmerecido. No tenía la paciencia necesaria para la chanza amistosa y superficial. Seguía siendo incorregiblemente distraído ante las señales románticas tradicionales. Las ideas lo excitaban, pero pensaba que los rituales del flirteo eran degradantes e inexplicablemente obtusos.

A sus treinta y cuatro años había tenido nueve compañeras sexuales. Todos habían sido romances de corta duración, con grandes períodos de abstinencia entre ellos. El científico era un hombre que atraía a las presuntas rebeldes, pero cuando las mujeres inevitablemente intentaban obligarlo a algún tipo de ortodoxia, él seguía su camino.

Aunque a veces le preocupaba llegar solo al cabo del día, se negaba a negociar su cordura por un rato de compañía. No se trataba de vanidad y tampoco de algún noble sacrificio en nombre de sus principios. Era simplemente un hecho que había llegado a aceptar de sí mismo. Como consecuencia de ello, sabía que probablemente acabaría solo.

De modo que el amor era el único misterio al que tendría que acercarse con fe: fe en que llegaría a conocer a alguien, fe contra la evidencia, una necesaria irracionalidad que lo mantuviera en movimiento, mirando hacia el siguiente horizonte con una indefinida esperanza. Porque debía reconocer que era un solitario y Ángel tenía una manera irritante de recordárselo.

– ¿Cuál es la vestimenta ceremonial para lo de esta noche? -preguntó Ángel.

La tradición de la Disertación Escupe Fuego exigía que el disertante llevara una prenda elegida al azar, de procedencia histórica o exótica: un gorro de pescador portugués, un casco etrusco, un albornoz marroquí… La última vez, Geoffrey se había presentado con una toga bastante prosaica, y los asistentes a la disertación manifestaron ruidosamente su descontento.

– Esta noche creo que me pondré… una falda escocesa -dijo Geoffrey.

– Amigo mío -dijo Ángel-, creo que estás loco de remate.

– O eso, o todos los demás lo están. Aún no he decidido quién. ¿Por qué todo el mundo viste lo mismo en un lugar y un momento determinados? Todos tenemos mentes propias y, sin embargo, tememos no ir a la moda. Es un ejemplo de miedo y absoluta irracionalidad, Ángel.