Выбрать главу

– No los asustarás… Se están volviendo más agresivos – dijo Nell-. ¡Apártate, Otto!

– Allí. -Otto señaló mientras una de las crías retrocedía sobre su cola doblada debajo del cuerpo.

Un sonido parecido al disparo de una escopeta los hizo saltar hacia atrás cuando la pequeña criatura atacó la mano de Otto a la velocidad del rayo.

– ¡Maldita sea! -gritó Otto.

Retiró violentamente las manos del interior de los guantes.

– ¡Mi puto pulgar!

– Quentin, cierra las trampillas de los guantes. -Nell se movió de prisa mientras los demás parecían haberse quedado paralizados.

– ¡Esa pequeña mierda me ha rajado el jodido pulgar! ¡ Joder, joder, joder, joder, jodeeeeer!

– Muy bien, narración terminada -dijo Andy.

Quentin miraba la mano de Otto en estado de choque, de modo que Nell se acercó y cerró herméticamente las trampillas de los guantes golpeando el botón con el costado del puño.

– Esas bestias se están comiendo a su madre -musitó Andy, inclinándose sobre el abrevadero.

– ¡Quentin! -gritó Nell, sacudiéndolo por el hombro-. ¡Sección de Radio Tres! Llama al Enterprise. ¡Diles que tenemos una emergencia médica y necesitamos un transporte inmediatamente! Hasta dentro de seis horas, al menos, no sabremos a partir de los cultivos de sangre con agar si estas cosas son portadoras de bacterias hemolíticas. De modo que pregúntales si tienen gentamicina, vancomicina y ceftriaxona. Creo que necesitamos tratarlo como si fuese un caso de Staphylococcus aureus resistente a la meticilina hasta que sepamos con certeza qué bacterias tienen estas criaturas. ¡AHORA!

– ¡Oh, Dios mío! -gritó Andy al ver el pulgar de Otto. Tenía el aspecto de haber sido cortado por la mitad con un par de tenazas.

– Andy, dame tu corbata -dijo Nell.

– ¿Qué? * Nell levantó el cuello de la camisa multicolor de Andy, le quitó la corbata de cuero con la mano izquierda y enlazó con ella la mano de Otto. Luego la deslizó hacia arriba del brazo y la sujetó con fuerza por encima del codo.

– ¿Qué te han dicho, Quentin?

– ¡Están enviando unos tíos hacia aquí y llamando al Enterprise para conseguir un transporte!

– Buen trabajo. Muy bien, Otto, ahora sentémonos, cariño.

Otto tenía los ojos vidriosos. Se desplomó sobre uno de los bancos sin dejar de murmurar una ristra de obscenidades. La sangre roja y brillante formaba un pequeño charco en el suelo blanco entre sus zapatillas salpicadas.

– Andy, busca unas toallas -dijo Nell-. Y el botiquín de primeros auxilios. Quentin, esteriliza el abrevadero.

Quentin se resistió.

– ¿Por qué tendríamos que esterilizar el abrevadero?

Nell se volvió bruscamente y le gritó:

– ¡Hazlo!

– Está bien, está bien… Quentin pulsó un botón.

La cámara se vio envuelta de inmediato por una nube de gas verde amarillento.

16.35 horas

Mientras el Trident se mecía anclado en la cala de la isla, rodeado por los sonidos de las olas que chocaban contra las paredes de roca desnuda del acantilado, Cynthea se paseaba por cubierta como un animal enjaulado.

No podía soportar el hecho de encontrarse tan cerca de la historia del siglo sin ser capaz de documentar el momento. Si no hacía algo pronto, se volvería loca.

El resto del equipo del programa tampoco saltaba de alegría precisamente al encontrarse en cuarentena, o prisioneros, en el Trident.

La marina estadounidense se había mostrado lo bastante amable como para llevarles suministros, incluidas revistas y DVD, pero tenían terminantemente prohibido bajar a tierra.

Poco más de dos horas después de que se hubo emitido el último episodio de «SeaLife», el gobierno de Estados Unidos les ordenó de manera oficial que no se movieran de allí o fueran a tierra, ni tampoco transmitieran ninguna clase de comunicación desde la isla Henders.

Su programa estaba oficial e irrevocablemente cancelado. Cynthea estaba furiosa ante esa demostración de autoridad, que en ese lugar no tenía otra base más que los enormes cañones que empleaban para respaldarla. No había tenido más alternativa que cederles el mando. Era evidente que habían superado a cualquier ejecutivo de la cadena en el departamento del juego de poder.

Zero estaba tendido en una tumbona en la cubierta, absorbiendo algunos rayos de sol en su cuerpo largo y delgado de atleta con los ojos cerrados.

Cynthea se paseaba a su alrededor mientras hablaba, preguntándose de vez en cuando si él siquiera escuchaba lo que le estaba diciendo.

– ¡Tienes que ir a esa isla, Zero! Una hora de metraje es más de lo que necesitamos para que ambos nos retiremos, ¿Me estás escuchando, gilipollas?

Zero abrió un ojo y la miró.

– Sí.

– ¿Y bien?

– No tengo ninguna intención de volver allí -dijo, y cerró el ojo de nuevo.

– Yo puedo llegar a la isla.

Dante, el ayudante del cocinero, había estado holgazaneando en los alrededores y escuchando su conversación.

Nacido en Palo Alto, California, Dante había aprendido a escalar en las High Sierras, conquistando El Capitán en solitario a los diecinueve años. Durante un ascenso en grupo, cuando tenía dieciséis, había sido alcanzado, dos veces, por un rayo mientras dormía suspendido bajo la lluvia a unos cuatrocientos metros del suelo entre un risco y la cumbre de granito del Lost Arrow. Las cuerdas mojadas que lo sostenían habían actuado parcialmente de conexión a tierra de la descarga eléctrica, pero aun así había pasado tres semanas en la cama de un hospital antes de poder volver a caminar.

Dante señaló la fisura que se abría en la pared del acantilado.

– Yo podría subir por esa grieta, por donde nadie pudiera verme.

Zero abrió un ojo y luego volvió a cerrarlo.

– No sabes lo que estás diciendo, chico. -¡Vi la filmación! Eso que los atacó apareció desde abajo, en tierra. Yo podría escalar el risco hasta la cima por el interior de esa grieta.

Zero se sentó.

– Se trata de una ascensión de casi trescientos metros si es a pie. ¿Es que te has vuelto loco, muchacho?

– ¿Qué me dice? -le preguntó Dante a Cynthea-. ¿Quiere que lo haga?

Zero la fulminó con la mirada y el brillo en los ojos de Cynthea destelló brevemente antes de apagarse.

– No. No, eso suena demasiado peligroso. -Apretó los dientes y miró a Zero con la misma fiereza-. Pero tiene que haber alguna manera de llegar allí. ¡Zero, venga, cariño! Si puedes encontrar una manera más segura de hacerlo, te garantizo que haré de ti el hombre más feliz de la Tierra. El trato que podría conseguir para nosotros…

Zero se recostó en la tumbona y volvió a cerrar los ojos.

– Te escucho.

– Puedo llevar una cámara conmigo -dijo Dante.

Cynthea se volvió hacia él.

– Eso es…

– Cynthea -gruñó Zero.

– …demasiado peligroso, Dante. ¡Gracias de todos modos por el ofrecimiento, cariño! ¡Hoy eres mi héroe!

Cynthea se volvió para contemplar la gigantesca pared agrietada de la isla que los rodeaba en la pequeña cala.

– ¡Maldita sea! ¿Qué voy a hacer? -Miró duramente a Zero, quien aparentemente había vuelto a dormirse-. ¡Mierda! ¡Y Nell ni siquiera quiso llevar consigo mi videocámara, esa aprendiz de científica esnob y chiflada!

Zero sonrió.

– ¿Qué es lo que se necesitará, Zero? ¡Venga! ¡Consígueme algunas imágenes de la isla!

– Sigo escuchando.

Zero se dio media vuelta y se apoyó sobre el estómago mientras Dante abandonaba la cubierta con cara de pocos amigos.

Cynthea miró con furia la grieta de la isla. Durante millones de años, la erosionada pared de la isla Henders había derrotado tsunamis, hielos flotantes y a todos los navegantes que pasaron por allí. Sin embargo, derrotarla a ella no le resultaría tan fácil.